Museo Reverte Coma

Vida y Obra del Dr. Reverte Coma

Category: La mujer y el crimen

Doña Baldomera Larra “La madre de los pobres”

1876. Alfonso XII entra en Madrid a la cabeza de sus tropas tras vencer a los carlistas en la campaña del Norte de España. En Madrid el recibimiento fue apoteósico. Era la paz después de muchos años de guerra fratricida, paz deseada por la mayoría de los españoles que sólo anhelaban una vida mejor donde pudieran desarrollar sus capacidades adquiriendo un bienestar económico hasta entonces desconocido.

Por este motivo fue llamado “El Pacificador”. Había nacido en el Palacio Real de Madrid el 28 de noviembre de 1857, hijo de la Reina Isabel II y Francisco de Asís. Había llegado desde el exilio donde le empujó junto con el resto de la familia real a París, la revolución de 1868 que trajo a España la I República. Durante aquel tiempo que duró su exilio tuvo tiempo de prepararse bien en la Academia militar de París y después en Inglaterra en Sandhurst.

En 1870 su madre la Reina Isabel II abdicó en su favor. Mientras tanto un desastre tras otro tenía lugar en España: la guerra de Cuba y la III Guerra Carlista. El General Pavía dio un golpe de Estado que derrocó a la República y con Cánovas del Castillo se llevó a cabo la Restauración monárquica.

Alfonso juró la monarquía parlamentaria y en Sagunto el General Martínez Campos proclamaba a Alfonso XII como nuevo Rey de España. Se apoyó en las Cortes y fue un Rey liberal, restableciendo el prestigio de la Monarquía gracias a su prudencia. Tuvo un gran respaldo por parte de los poderes fácticos y el mismo pueblo veía en él a un salvador.

Su reinado se caracterizó por el fin de la guerra de Cuba, se aprobó la Constitución de 1876 y sobre todo dio fin a la guerra fratricida con los partidarios de Carlos VII.

Su primera esposa fué la popular Reina y prima suya de la que se enamoró profundamente, María de las Mercedes y Orleans, que murió seis meses después de tuberculosis. El desconsolado monarca estuvo al borde de la muerte, pero su obligación como Rey de España le exigió dejar herederos y casó en segundas nupcias con María Cristina Habsburgo-Lorena, Archiduquesa de Austria, con la que tuvo dos hijas y un varón quien sería el futuro Alfonso XIII y que nació seis meses después de la muerte de su padre que tuvo lugar en Madrid a causa de tuberculosis en 1885.

Doña Baldomera Larra

En este ambiente y época surgió el curiosos fenómeno de Doña Baldomera Larra y su famosa “Caja de imposiciones”, situada en la calle de la Greda, hoy llamada de Los Madrazo, que fueron unos famosos pintores santanderinos. La calle de la Greda estaba entre lo que hoy es la calle de Cedaceros y el Prado, pero hasta el s. XIX no tuvo comunicación con el Paseo del Prado. Antes de ser urbanizada aquella zona había un montecillo de terreno gredoso, arcilloso del que se fabricaban ladrillos y una serie de cuevas en las que vivía una tribu de gitanos.

Cerca del comienzo de esta calle en el nº 15 estuvo instalada algunos años la Academia de Medicina. El 14 de septiembre de 1894 se cambió el nombre por el de “Los Madrazo”.

Pues, en esta calle que estaba situada detrás de la calle de Alcalá tenía su oficina Doña Baldomera Larra. Muy modestamente instalada, el mobiliario consistía en unas pequeñas mesas llenas de carpetas y papeles, un viejo armario donde se guardaba el dinero de las “imposiciones” y en el invierno madrileño, una estufa para calentarse.

Ayudaban a Doña Baldomera un apoderado llamado D. Saturnino Iruega, y tres empleados llamados Enciso, Rojas y Casanova, además de un recadero llamado Nicanor.

Doña Baldomera Larra Wetoret era hija de Mariano José de Larra el famoso poeta madrileño. Había nacido después de suicidarse su padre. Estaba casada con un médico de la Casa Real, el Dr. Carlos de Montemayor con quien tuvo varios hijos.

Cuando llegó el Rey Alfonso XII, el marido de Doña Baldomera no quiso continuar en el cargo, y decidió marchar a las colonias de Ultramar, a Cuba. Doña Baldomera quedó un tanto desvalida, pero como era mujer de recursos un día se le ocurrió una brillante idea. Pidió prestada una onza de oro a una vecina prometiéndole que en un mes se la devolvería duplicada. Doña Baldomedra cumplió su promesa y al verlo, la vecina contó a otras amistades “el milagro que había realizado Doña Baldomera”.

No tardaron en llegar una serie de clientes atraídos por la ganancia fácil con su onza de oro y algunos con algunas más, rogando a Doña Baldomera que aceptase aquellos dineros y que hiciese el mismo milagro que a su vecina. Ella aceptó los dineros, entregándoles un recibo. Cumplió religiosamente devolviendo sus ganancias a sus “impositores”, lo que le proporcionó más clientela todavía al correrse la voz.

Así surgió “La Caja de imposiciones”. Y ella pagaba a los primeros que llegaban, con el dinero de los que seguían sin poner ella ni un duro. Acababa de descubrir “la pirámide”.

Tenía cola todos lo días para recibir los dineros que llegaban en grandes cantidades. Muchos recogían los intereses y dejaban el capital, y otros dejaban capital e intereses y la bola de nieve crecía y crecía. Fue tal la avalancha de gente que no tuvo más remedio que mudarse de vivienda. Aquella mujer, entrada en años, simpática y amable con todo el mundo tenía cada vez más clientela.

Muchos le pedían préstamos y a todos atendía la dama con su simpatía habitual y su arcas siempre estaban llenas. Y así fue como la llamaron “la madre de los pobres”, Sin embargo, muchos pensaron que había una trampa en aquel negocio. Era materialmente imposible que en un mes el dinero invertido produjese 30% de interés. Pues, así era, aunque ningun negocio de otra naturaleza produjese ese beneficio. Pero ella seguía una y otra vez pagando escrupulosamente a los impositores.

Muchos que tenían más confianza con ella llegaron a preguntarle cómo lo hacía, a lo que ella contestaba: “Es mi secreto”…”Algún día se sabrá y verán cómo es tan sencillo como el huevo de Colón”.

Algunos le preguntaban qué garantía ofrecía la “Caja de Imposiciones” a sus clientes pensando que podría declararse en quiebra en cualquier momento. A estos les sonreía y decía: “¿Garantía? ¿En caso de quiebra quiere usted decir? Una sola: “El Viaducto”.

Haremos aquí un inciso para que quienes no conozcan Madrid, puedan entender esta frase. Escuchemos a Pedro de Répide, en gran Cronista de Madrid.

“El viaducto que forma parte de la calle de Bailén, une la calle Mayor con el barrio de la Morería. Es un gran puente metálico que cruza la calle de Segovia a 27m de altura permitiendo el paso entre dos desniveles de esta zona madrileña.

“En el siglo XIX, siendo Gobernador el Marqués de la Vega de Armijo y Alcalde el Duque de Sesto, se hizo un empréstito de 80.000.000 para obras y se trató de la instrucción del Viaducto que no se emprendió hasta el año de la revolución de 1868. El 31 de enero se colocó la primera pieza de hierro. Se derribaron varias casas que estorbaban la construcción del Viaducto siendo éste inaugurado por fin el 13 de octubre de 1874.

Fue obra del arquitecto Eugenio Barrón y tiene una altura de 23 metros sobre el centro de la calle de Segovia. La inauguración fue muy sonada porque pasó sobre él una notable comitiva, el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde San Francisco el Grande hasta el Cementerio de la Sacramental de San Nicolás”.

Pero la frase de Doña Baldomera alude a la siniestra fama del Viaducto que durante muchos años fue el lugar elegido por los suicidas de la Capital para terminar con su vida. Se puso una barandilla para hacérselo más difícil y se puso un servicio de vigilancia permanente, pero no fue suficiente.

La primera suicida del Viaducto

Pedro de Répide, recuerda el caso de un hermosa joven que desesperada porque su familia se oponía a que se casara con el hombre que amaba, consiguió lanzarse por el Viaducto al vacío. Pero tuvo la suerte al caer que no lo hizo de cabeza. Y la falda que llevaba, a la moda que entonces se estilaba, ahuecada por ballenas o arcos de acero, sirvióla de paracaídas, con lo que no se mató, sino que solamente sufrió algunas lesiones de las que curó y entonces la familia viendo su decisión y para evitar mayores males le permitió casarse con el joven que amaba. Luego años más tarde moriría del parto nº 14 que tuvo con su bien amado”.

Como apuntamos más arriba, las colas de clientes eran cada vez más largas, de manera que Doña Baldomera tuvo que mudarse de casa, alquilando un piso mayor en las calle de La Paja.

Una razón social, Oliveira y Compañía quiso fundar un negocio como el de Doña Baldomera y se puso en contacto con ella, pero la inteligente dama no quiso revelar su “secreto”.

Ella no vivía en la oficina sino que tenía un suntuoso piso en la calle del Sordo (donde asesinaron al General Prim) que hoy se llama Marqués de Cubas, en el nº 19.

El 4 de diciembre, un modesto carbonero que tenía depositados sus ahorros en la Caja de Imposiciones fue a recoger sus intereses, recibiendo de los empleados una negativa.

Algo había sucedido el 2 de diciembre que obligó a Doña Baldomera a cambiar sus planes y misteriosamente desapareció de Madrid. Al saberse esto y la falta del pago mensual a finales del año 1876, vieron los “impositores” con alarma que los empleados de la Caja no habían podido pagarles porque no había dinero.

La consecuencia fue una serie de protestas de los clientes indignados. Así como la habían bendecido cuando todo iba bien, ahora la “madre de los pobres” les había jugado una mala pasada y comenzaron a maldecirla.

El escándalo que se organizó en las oficinas de la calle La Paja, obligó a intervenir a las autoridades, presentándose el propio Delegado de Orden Público rodeado de sus corchetes, varios guardias y el Juez de Instrucción del Distrito de la Latina.

La acción del Juez fue tajante. Ordenó el inmediato registro de las dependencias de la Caja de Imposiciones. Solamente encontraron 179 reales. Se incautaron de todos los documentos que allí había, se tomó declaración a los empleados, pero pronto el Juez descubrió que no eran más que simples escribientes y que no sabían nada ni tenían nada que ver con los negocios de Doña Baldomera, así que tuvieron que dejarlos en libertad sin cargos (a Enciso, Rojas y José Casanovas).

El Administrador fue sin embargo detenido como presunto cómplice de la presunta estafadora. El siguiente paso fue ordenar un registro de la casa de Doña Baldomera, calle del Sordo nº 19, no encontrando nada en el piso. Después de descerrajar puertas y cajones encontraron en una cómoda 5.000 reales en metálico a nombre de la madre de Doña Baldomera, la viuda del poeta Larra que figuraba como arrendataria del local de la calle de la Paja. Poco después se encontraban otros 4.500 reales en oro.

Sin embargo el piso daba la impresión de que había sido vaciado. No había objetos de valor, sólo aquellas cantidades en dinero en la desierta casa, con lo que el misterio se hizo mayor. No se hallaron libros de contabilidad ni documento alguno.

D. Saturnino Iruega declaró ante el Juez que durante los meses que venía funcionando la Oficina de la Caja de Imposiciones había entregado a Doña Baldomera la suma de 22.000.000 de reales (unos 12.000.000 de pesetas) lo que era una elevada cifra para aquellos tiempos. D. Saturnino declaró también que una tercera parte había sido entregada a los impositores en concepto de intereses.

La Prensa de entonces recogió toda clase de información sobre el caso.

El Gobernador expidió una orden de búsqueda y captura de Doña Baldomera. Pero ésta no aparecía por ninguna parte, ni viva ni muerta. Se pensó que había huido a América para reunirse con su esposo.

Durante dos años no se supo nada de ella, hasta que, de pronto, sorpresivamente se presentó en Madrid ante el Juzgado, confesando que los remordimientos no la dejaban vivir, pensando en cuántas personas se habían arruinado por su culpa.

La detención que tuvo lugar fue seguida de encarcelamiento por presunta estafadora.

Poco después enfermó gravemente. Y entonces tuvo lugar otro extraño fenómeno entre sus “estafados”. Aquellos mismos que primero la bendecían y luego la maldijeron, ahora, sabiéndola en prisión y enferma, comenzaron a moverse y el resultado fue que unos miles de personas firmaron un documento que enviaron a las autoridades.

Pero los Jueces determinaron que Doña Baldomera era culpable de “Alzamiento de Bienes” así como su Administrador D. Satunino Iruega y condenados a seis meses de prisión.

Doña Baldomera se resignó a sufrir la pena, pero D. Saturnino recurrió ante el Tribunal Supremo que dictó una sentencia revocando la de la Audiencia, considerando que no había existido delito de estafa y ambos fueron absueltos.

Una vez conocido el fallo Doña Baldomera regresó a América con su marido, que al poco tiempo fallecía, por lo que sintiéndose sola, regresó a España instalándose con su hermano Luis Mariano que fue un famoso comediógrafo de la época.

A partir de aquello, Doña Baldomera no volvió a intentar ningún negocio y desde entonces fue para la familia “la tía Antonia” que había llegado de América sin acordarse más del pasado.

Valerie Subra

Aunque no mató a nadie por su propia mano, fue cómplice de dos asesinatos con premeditación y ensañamiento.

Criada en un ambiente donde su madre se divorció dos veces y se casó tres, no quiso estudiar ni hacer nada que supusiera disciplina. A los 18 años se convirtió en amante de un joven de familia adinerada, Laurent Hattab, con quien vivía. Frecuentaban clubs nocturnos. El tampoco había querido seguir estudios ni soportar ninguna disciplina. Fue siempre un hijo único y mimado. Sin embargo, cuando su padre sufrió el desastre económico y él se vió reducido a un modesto sueldo, comenzó a pensar en hacer dinero por la vía criminal. Hizo amistad íntima con otro joven, Jean-Rémy Sarraud, que se crió abandonado por sus padres a los que no conoció, lo que le convirtió en un “duro” y le llevó por el camino peor que podía elegir.

Valérie, Laurent y Jean-Rémy se convirtieron en el “trío diabólico” como se les llamó en los periódicos. Planificaron sus crímenes cuyo fin fundamental era obtener dinero para irse a América, utilizando a Valérie que se dedicaba a entablar amistad con posibles clientes, solos y adinerados. Se dejaba invitar a cenar con ellos y cuando estaba en su casa, con cualquier pretexto dejaba abierta la puerta de entrada, momento que aprovechaban sus cómplices para entrar, atar de manos y pies al que iban a desvalijar y también a Valérie, para disimular.

Así hicieron varios intentos fallidos, pero en los dos asesinatos que cometieron, el del abogado La Salle y el del comerciante Pierre Zerbib, utilizaron el mismo sistema, torturando a sus víctimas para hacerles confesar dónde guardaban el dinero y apuñalándolos después hasta dejarlos sin vida. Pero se comportaron como lo que eran, unos aficionados, y en pocos días la policía detuvo al “trío diabólico”.

En uno de los juicios que más interés despertó en años recientes en Francia, fueron declarados culpables, sin reconocer atenuantes de ninguna clase y condenados los tres a cadena perpetua, pena que purgan actualmente en las correspondientes penitenciarías francesas.

Ruth Ellis

Encargada de un club nocturno, divorciada, de 28 años, convicta de la muerte de su amante, el corredor automovilista de 25 años, David Moffat Drummond Blakely.

El 10 de abril de 1955, domingo de Pascua, Ruth Ellis disparó seis tiros contra David Blakely a la puerta de la taberna de Hampstead, en Londres. Dos de ellos fallaron (atravesando uno la mano de un transeúnte), pero los otros cuatro alcanzaron a David en la espalda, muslos y brazo izquierdo, causándole la muerte instantánea. Ruth Ellis fue conducida al puesto de policía de Hampstead sin oponer ninguna resistencia: “Soy culpable. Estoy desconcertada” fue todo lo que dijo.

David y Ruth habían sido amantes durante dos años, aunque durante todo este tiempo ninguno de los dos había mostrado una fidelidad particular, recibiendo ella numerosos amigos en su departamento situado encima de “El Pequeño Club”, establecimiento que regentaba. Sin embargo, en febrero de 1955 la pareja se estableció en un piso de Egerton Gardens, Kensington.

Finalmente, Blakely, no pudiendo soportar por más tiempo las continuas peleas que provocaba su amante, la abandonó. A primeros de abril de 1955, Ruth sufrió un aborto y el 8 del mismo mes, Viernes Santo, sabiendo que David pasaba el fin de semana en casa de unos amigos de Hampstead, acudió allí y golpeó la puerta de la casa, obteniendo como respuesta que su amante telefonease a la policía para quejarse del escándalo.

El domingo por la noche volvió a intentar verle; de la casa salía ruido de música y voces y esperó junto a la puerta. A las nueve en punto salió David acompañado de una mujer, con la que entró en una taberna de las cercanías, “La Magnolia”.

Alan Thompson, agente de policía que se encontraba en el establecimiento, declaró más tarde… “mientras la pareja estaba bebiendo, se me ocurrió mirar a una ventana y vi a una mujer que se asomaba desde la calle. Cuando salió Blakely sonaron seis disparos”.

Durante la vista del juicio, Ruta Ellis mostró una gran calma y serenidad; al oir la sentencia de muerte, murmuró: “Gracias”. Fue ejecutada en la horca el 21 de julio de 1955.

El caso de Pelegrina Montuis y otros supuestos crímenes por vidrio molido

El origen de esta comunicación comienza en la lectura de una nota al pie de página del libro de VIBERT “Tratado de Medicina Legal y Toxicología” (t. II, p. 13). En ella el traductor, Dr. Luis Comenge, en el capítulo relativo a la definición de veneno, aclarando un párrafo de VOBERT, dice:

“El Tribunal Supremo de nuestra nación, en sentencia de 11 de julio de 1889, declaró que el polvo de vidrio molido debe ser considerado como veneno a los efectos legales, si por la forma y la cantidad de la dosis puede ser suficiente para producir la muerte de una persona. Motivó dicha sentencia el proceso contra Pelegrina Montús (sic) quien suministró dichos polvos de vidrio a su marido; los facultativos declararon que tal sustancia, alterando el aparato gastrointestinal, fue la causa determinante de la muerte de aquél”.

La sentencia del Tribunal Supremo al que se había elevado un recurso de casación contra la sentencia de pena de muerte por parricidio cometido por la citada Pelegrina Montuis (y no Montrús como dice la nota de Comenge, posible error de imprenta), que declarando “no haber lugar al recurso de casación admitido de derecho en beneficio de Pelegrina Montuis contra la pronunciada por la Audiencia de lo Criminal de Castellón de la Plana en causa seguida a la misma por el expresado delito”.

La sentencia dictada el 27 de abril de 1889 por el Juzgado de Lucena (Castellón de la Plana) contra Pelegrina Montuis por parricidio cometido en la persona de su esposo amplía las noticias y las circunstancias que rodearon a aquel sonado caso.

Pelegrina Montuis Saura, estaba casada con Manuel Porcar Palanqués, conocido por Joaquín, apodado “Maitenetes”. Vivían en Lucena, villa del Partido judicial de Lucena del Cid, situado a 33 Km. de Castellón de la Plana, que a finales del s. XIX tenía unos 4.000 habitantes, famosa por entonces por haber sido el escenario de una batalla que tuvo lugar el año 1839 (17 de julio) en la que el General O’Donnell derrotó al jefe carlista al pie del monte Gonzalvo. De las diligencias llevadas a cabo sobre los hechos, se pudo comprobar que en el citado matrimonio existían desde hacía muchos años, frecuentes desavenencias que dieron lugar más de una vez a que vivieran por algún tiempo separados. En el curso de algunas de las discusiones que tuvieron, ella le llegó a amenazar con envenenarle. Aquella amenaza hizo mella en Manuel Porcar quien vivía con desconfianza sospechando siempre de la comida que le preparaba su mujer. En cierta ocasión, notando mal gusto en una sopa, quiso que Pelegrina la probase primero, a lo cual se negó, lo que hizo aumentar más aún los recelos del marido.

Las diligencias señalaban que el año 1887, al parecer, habían llegado a cierta armonía, ya que el 11 de agosto, ambos cónyuges que no tenían herederos forzosos, otorgaron testamento ante el notario de la expresada villa de Lucena, D. Pascual Benages, por el cual se instituían mutuamente en usufructurarios de sus bienes durante su vida.

Sin embargo, la armonía debía ser tan sólo aparente porque por aquella misma fecha, Pelegrina como se demostró en la investigación, había ido a Alcora, y en la farmacia de Barrachina, regentada por D. Julio Igual Cabedo, había solicitado se le despachase “aunque costara seis u ocho reales”, un medicamento que necesitaba para adormecer a un pariente suyo, vecino de Araga, aldea anexa a dicho pueblo, que debía sufrir la amputación de una pierna. La petición pareció extraña al Sr. Igual quien se negó a suministrar a Pelegrina lo pedido mientras no le llevase una receta médica en la debida forma. Según se probó en el curso de la investigación, Pelegrina no tenía ningún pariente a quien hubiese que practicar tal operación.

Pocos días después, el 19 del mismo mes de agosto, se presentó en la farmacia de Lucena, que estaba a cargo de D. Ramón Monferrer, a quien presentó un papel que quiso hacer pasar por receta del veterinario del pueblo, pidiéndole “un veneno de lo más fuerte que tuviese” para curar una pata a su burra. El Sr. Monferrer se negó a ello e incluso dándose cuenta de que había querido engañarle, la reprendió. La investigación demostró por otra parte que Pelegrina no tenía enferma una pollina.

El 21 de agosto enfermó repentinamente Manuel Porcar, siendo llamado para atenderle el doctor D. Antonio Nebot, médico de la villa quien diagnosticó “fiebre reumática muscular” que atribuyó a un enfriamiento, acompañada de un ligero trastorno gástrico. Le prescribió un tratamiento y los síntomas gástricos desaparecieron. Pero dos días más tarde recayó volviendo el facultativo a visitarle, observando una gran irritabilidad en el aparato digestivo, acompañada de vómitos con los que salieron expulsados varios vermes (Ascaris lumbricoides). El Dr. Nebot cambió la prescripción, aliviándose de nuevo el enfermo, aunque persistió un estado nauseoso y tendencia al vómito. El día 26, es decir a los cinco de haber caído enfermo Manuel Porcar, presentó según señala la investigación “una ligera fluxión encefálica o cerebral”. Avisado de nuevo el Dr. Nebot, lo encontró casi cadáver, con un violento dolor en la parte izquierda del epigastrio ´a nivel del fondo del estómago”, acompañado de repetidos síncopes, pulso filiforme, respiración profunda, anhelosa y frecuente, gran adinamia, alternando con una serie de contracciones musculares generalizadas que le obligaban a retorcerse “por un movimiento adelante y de uno a otro lado”, estado patológico al que siguió la muerte que tuvo lugar a la una de la madrugada del 27 de agosto.

Sumamente extrañado el Dr. Nebot ante aquella para él desconocida patología, creyóse en el deber de dar conocimiento al juzgado, sospechando que podía haber una causa provocada. Aquello motivó que se procediera a incoar el correspondiente sumario e investigación.

Se procedió inmediatamente a la práctica de la autopsia, llevada a cabo por el propio Dr. Nebot y el Dr. Ramón Campos, encontrando el estómago e intestinos dilatados por gran cantidad de gases, notándose una coloración rojiza en los tercios superiores e inferiores y amarillenta en el centro, así como un líquido en el estómago de color café con leche inodoro y con algunos ascárides lumbricoides, la mucosa reblandecida y desprendida naturalmente sin huellas de cauterización ni úlcera. El intestino se presentaba tumefacto en su tramo superior y en las cercanías de la desembocadura del colédoco. La mucosa aparecía como inyectada y en su superficie una sustancia como cristalizada, que se extendía por todo el intestino delgado y parte del colon que estaban recubiertos de una mucosidad clara y fétida. El bazo aparecía inyectado, crepitante por la presión, con poco aumento de volumen. El páncreas congestivo, lo mismo que los riñones. Fueron tomadas las correspondientes muestras para remitirlas al Laboratorio de Medicina Legal de Madrid, no atreviéndose el Dr. Nebot a emitir un juicio definitivo hasta no saber los resultados de tales análisis. Así, fueron enviados a Madrid, la sustancia cristalizada observada en el intestino, el contenido líquido del estómago e intestinos, vísceras y fragmentos de la camisa y calzoncillos que vestía el cadáver en los que habían observado algunas manchas. Analizadas las muestras en Madrid, el informe reveló que la sustancia cristalizada era vidrio molido y que en el líquido contenido en el estómago había también fragmentos de vidrio en cantidad de medio gramo, concluyendo el informe diciendo que “por la forma y cantidad en que se ingirió, pudo ser suficiente para producir la muerte a consecuencia de las lesiones gástricas ocasionadas”. A la vista de este informe, el Dr. Nebot y su colega el Dr. Campos emitieron su dictamen que fue: “La causa de la muerte de Manuel Porcar fueron las lesiones o alteraciones del aparato gastrointestinal, ocasionadas por el vidrio quebrantado (molido) que debió dársele por la boca y en lavativas”.

La investigación realizada pudo determinar que: durante la enfermedad de Manuel Porcar, su esposa Pelegrina Montuis, que había oído decir que los polvos de cristal eran nocivos pensó dárselos a su marido y al efecto pidió a Antonio Navarrete, que con Venencia Salvador Guel se encontraba lavando en casa del juez de Primera Instancia de Lucena, le proporcionase algún objeto de cristal o vidrio, sin decir el uso que del mismo pensaba hacer, y como la Navarrete le manifestase que en un hueco de la escalera hallaría una base de una copa rota, la tomó y se la llevó a su casa en donde picó y molió el vidrio o cristal con dos piedras, preparando con parte de los polvos que obtuvo, agua y azúcar, un refresco que sirvió en la tarde del 23 de agosto a su marido, el cual dijo que era muy espesa aquel azúcar y aprovechando el día 26 la circunstancia de haberle prescrito el médico dos lavativas de agua de malvas y sal, añadió a éstas los polvos que le restaban, dándole una de ellas por la mañana, Ramona Porcar, prima del enfermo, la cual ignoraba lo que contenía, y la otra por la tarde la Montuis, quien además había puesto a Porcar un emplasto de ajos picados en la frente que le molestó mucho, perturbándole la visión. Pelegrina Montuis fue llevada a prisión acusada de asesinato. Confesó haber administrado a su marido Manuel Porcar, estando enfermo, polvos de vidrio o cristal por la boca y en lavativas. Al parecer, también contó todo a sus compañeras de celda Manuela Radenas y Catalina Ros. Más tarde, se retractó de sus anteriores declaraciones que dijo había prestado siguiendo los consejos de dichas presas, quienes le manifestaron que de ese modo evitaría que le diesen garrote. En el acto del juicio negó naturalmente ser ciertos los hechos que se le atribuían, y dijo que no recordaba lo que había dicho en el sumario. El Tribunal, sin embargo, estimó que la muerte de Manuel Porcar constituía un delito de parricidio cuya autora era Pelegrina Montuis Saura, su mujer, con la circunstancia agravante de premeditación conocida y de haberlo ejecutado por medio de veneno, condenándola a la pena de muerte.

El Tribunal Supremo confirmó la sentencia, no considerando hubiese lugar a casación, ni por quebrantamiento de forma ni por infracción de la ley.

D. Emilio Bravo, presidente de la Sala del Tribunal Supremo estableció entre los considerandos “que obra con premeditación conocida el que prepara con mucha anticipación un delito y prosigue cada vez con más firmeza los actos precisos para ejecutarlo, hasta aumentando algunas veces el dolor de la víctima, que acaso permitiera apreciar la existencia además de otra circunstancia agravante”, Se probó por lo tanto el delito de parricidio al administrar polvos de vidrio, sustancia que debe ser calificada de venenosa para los efectos legales, según el reconocimiento facultativo, alterando el aparato gastrointestinal, siendo la causa determinante de la muerte.

Delito previsto y penado en el art. 417 del C. P. con la agravante de premeditación que se dedujo de la investigación, demostrándose que Pelegrina Montuis preparó el delito con mucho tiempo, realizando diversos intentos para obtener sustancias venenosas “sin que nada moviera su ánimo de desistir del mismo, sino que por el contrario cada día persistía con más firmeza, y aun a veces aumentando deliberadamente el dolor de la víctima”, lo que podía considerarse como otra circunstancia agravante.

El Tribunal no encontró ninguna atenuante por lo que confirmó la pena de muerte firmando la sentencia D. Emilio Bravo, D. Eduardo Martínez del Campo, D. Mateo de Alcocer, D. José de Aldecoa, D. Rafael Álvarez, D. Miguel de Castells y D. Juan Manuel Romero, dando fe el secretario Lic. José María Pantoja, en Madrid a 11 de julio de 1889.

Pelegrina Montuis Saura sufrió la pena capital por el delito de parricidio cometido en la persona de su marido Manuel Porcar Palanqués.

No es una forma frecuente de homicidio o asesinato la administración de polvo de vidrio.

Llaman la atención en las investigaciones, diversas circunstancias:

1. El que Pelegrina Montuis avisara a su marido de su intención de envenenarle.

2. Los intentos repetidos de obtener sustancias diversas. En Alcora un medicamento para adormecer, más tarde en la farmacia de su propio pueblo un veneno que pide diciendo sea “de lo más fuerte que tuviese” y por último la búsqueda de algún cristal.

3. Los pretextos para conseguirlos como fueron la supuesta amputación

de la pierna de un familiar y la curación de la pata de una burra, son de lo más absurdo y parecen expresamente

buscados para llamar la atención, como el haber avisado o amenazado a su marido anunciándole su intención de envenenare.

4. La idea obsesiva del veneno no la abandona y el mismo día que firman ante el notario el testamento por el que se dejan mutuamente sus bienes, le falta tiempo para trasladarse a otro pueblo con una receta falsificada burdamente para tratar de obtener un veneno “el más potente que tuviese”. Contradice esta expresión la propia receta falsa, como si pudiese así conseguir un cambio de la prescripción o que un veneno más potente fuese remedio para curar a una burra.

5. No se le ocurre nada mejor que ir a ver a unos vecinos que se encontraban lavando o trabajando nada menos que en casa del Juez de Primera Instancia de Lucena para que le diesen algún objeto de cristal o vidrio.

Inmediatamente surge la pregunta: ¿Es que no tenía un vaso de cristal en su propia casa? ¿No pensó que podía llamar la atención el pedir un objeto de vidrio inservible, sin decir para qué lo quería, cuando podía haber evitado esta forma de llamar la atención? Más bien parece como si en todos sus actos hubiese un deliberado propósito de lo contrario, de hacer patente lo que pretendía llevar a cabo.

Otra pregunta que surge es: ¿Cuál fue la causa de la enfermedad de Manuel Porcar? Comenzó a sentirse mal el 21 de agosto y fue diagnosticada por el médico como “fiebre reumática muscular” a causa de un enfriamiento o trastorno gástrico.

Y se dice claramente en el proceso de investigación que Pelegrina “había oído decir que los polvos de cristal eran nocivos por lo que pensó dárselos a su marido”. Fue después de estar enfermo cuando se le ocurre la idea del polvo de cristal. Y busca fuera de la casa el instrumento del crimen.

Hay algo de absurdo, de ilógico en todo esto.

Y aún más absurda la administración del azúcar mezclada con los

polvos de vidrio en el refresco, lo que llamó la atención del enfermo que no pudo por menos de exclamar que “era muy espeso aquel azúcar”. Normalmente el polvo de cristal, siendo más denso que el agua cae al fondo del vaso.

Más aún. Hay una confesión de culpa primeramente por parte de Pelegrina seguida de una retractación. Esto no es infrecuente entre los acusados, pero también hay algo extraño en ello. El Dr. Nebot tiene la sospecha de que la recaída se debe a causa provocada, es decir sospecha que a su paciente lo han envenenado. El paciente muere, no sin antes haber tenido vómitos de ascárides, violento dolor en la pare izquierda del epigastrio, síncopes, pulso filiforme, respiración profunda, anhelosa, frecuente, adinamia, alternando con contracciones musculares que le obligaban a retorcerse hacia adelante y de un lado a otro, tras lo cual muere.

En la autopsia no se encuentran huellas de cauterización ni úlceras. No hay una hemorragia sino enrojecimiento en los tercios superiores e inferior del estómago, más ascárides lumbricodes en el estómago, un líquido color café con leche, páncreas congestivo o “inyectado” como dice el informe, así como los riñones congestivos. El informe del laboratorio de Madrid señala la presencia de los menudos fragmentos (polvo) de cristal en estómago e intestino, y dictamina que por la forma y cantidad en que se ingirió “pudo ser suficiente para producir la muerte a consecuencia de las lesiones gástricas ocasionadas”. No se piensa en más y se considera al vidrio como un veneno que ocasiona la muerte.

El hecho de que hubiese llegado a oídos de Pelegrina que el polvo de cristal era nocivo parece dar a entender que habían existido precedentes parecidos o similares a éste. A pesar de nuestra insistente búsqueda y las preguntas hechas a otros colegas de medicina legal no hemos hallado otros casos en la casuística española. Recurriendo a fuentes antiguas, en el tomo III del “Tratado de Medicina Legal” de MATEO ORFILA (4. a ed. traducida por el Dr. E. Ataide) en las últimas páginas, 478 y 479, hay una observación del fundador de la toxicología que se pregunta: “¿Son venenosos el vidrio y el esmalte en polvo?” contestando seguidamente:

“Me decido por la negativa, si estas sustancias han sido reducidas a polvo fino antes de haberse tomado”. Pero, sigue diciendo, “pueden estar en fragmentos agudos, irritar y herir más o menos las paredes internas del tubo digestivo alimenticio en que se hayan introducido”.

Después transcribe la opinión del Dr. LESAUVAGE que opina por el contrario que “son constantemente inertes” y aún más, que “en ningún caso los fragmentos de vidrio puntiagudo pueden producir accidentes sensibles”. Aunque esto parece a ORFILA un tanto dogmático, los experimentos de LESAUVAGE a quien seguramente se le habían planteado casos de administración o ingestión de vidrio en polvo, le habían llevado a los siguientes resultados:

1. Que el vidrio y las sustancias análogas no tienen ninguna propiedad química en los órganos digestivos de los animales vivos y que las materias líquida o gaseosas contenidas en estos mismos órganos, tampoco ejercen ninguna acción química sobre las sustancias vitriformes.

2. Que equivocadamente y fundándose en una preocupación, autores por otra parte recomendables, han juzgado que estas mismas sustancias tenían propiedades particulares muy activas.

3. Que se ha pensado más en los efectos mecánicos de los fragmentos irregulares (grandes) de vidrio sobre el tubo intestinal, pero no se ha probado que el polvo más o menos fino de esta misma substancia pueda originar la muerte.

4. Que con la prevención de esta misma verosimilitud se han recogido los hechos que se creían propios para demostrar esta opinión y por consiguiente estos hechos no han sido considerados con el ánimo libre de preocupaciones.

5. Que estos mismos hechos, los unos no son auténticos, no habiendo sido presenciados por los sujetos que se refieren y que se reconocen en la historia de los otros, síntomas evidentes de enfermedades conocidas.

6. Que se pueden ahora citar numerosos casos de ingestión, no sólo de vidrio y de diamante, sino aun de fragmentos considerables de estas mismas sustancias tomadas sin ningún accidente.

7. Que los experimentos hechos a propósito sobre animales vivos,

quitan otra duda, de que no solamente estas sustancias son incapaces de perjudicar mecánicamente las vías alimenticias,

sino que ni aun producen la más ligera irritación.

8. Que el experimento que cualquiera puede fácilmente y sin daño propio hacer, prueba que estas sustancias no producen ninguna sensación dolorosa 1 .

Y de nuevo surgen las dudas después de estas opiniones. Sin ser tóxico, en el sentido estricto de la palabra, el polvo de vidrio fue administrado con la intencionalidad de matar. Por ello, basándose en la opinión de los médicos españoles, el Tribunal que juzga a Pelegrina, confirmado más tarde por el Tribunal Supremo, dictamina (siempre basándose en el informe pericial de la Escuela de Medicina Legal de Madrid) “por la forma y cantidad en que se ingirió, puede ser suficiente para producir la muerte a consecuencia de las lesiones gástricas ocasionadas”.

Obsérvese a pesar de todo la prudencia del informe. Pero el Tribunal Supremo dice más. Señala la premeditación ante los evidentes y ostentosos intentos de Pelegrina por conseguir sustancias venenosas o que ella cree venenosas. Por ello es condenada a muerte “por haber ejecutado el crimen por medio de veneno”.

El cristal en polvo es considerado como veneno introducido por vía gástrica y rectal con ánimo de matar, voluntariedad que convierte a una sustancia considerada inerte e inocua en otras latitudes, en venenosa entre nosotros.

Pero se olvida que ya Manuel Porcar estaba enfermo antes de serle administrado el polvo de cristal (los médicos que hacen la autopsia diagnostican una ascaridiasis de tramos altos, seguramente por emigración de los parásitos desde el intestino y por lo menos una posible pancreatitis detectada macroscópicamente).

Y no se olvide que hay una tercera persona que casi pasa desapercibida

ante la personalidad de Pelegrina y es Ramona Porcar, prima del

enfermo, que le aplica una lavativa cargada de polvo de vidrio confirmado,

aunque se excusa diciendo que “ignoraba su contenido”. Y esta tercera persona en el drama de Lucena tiene otra cosa: un móvil para

cometer también el crimen. La herencia de su primo Manuel y la de su mujer al ser ésta ejecutada por la justicia. Dejando actuar a Pelegrina o “ayudándola” eliminaba en un solo golpe a ambos y heredaba ella. Nadie iba a sospechar de ella como inductora del parricidio o autora del mismo. Y probablemente ninguna de las dos fue la causante de la muerte de Manuel Porcar si como parece confirmarse “los polvos de vidrio no son veneno ni siquiera pueden matar por acción mecánica”. Bien pudo haber una causa de muerte natural no detectada por los médicos. Pelegrina aparece como una personalidad patológica a todas luces, de carácter anormal y de una estupidez increíble dejando a su paso verdaderos mojones que pudieran señalarla como la autora de un crimen que deseaba cometer pero que quizás no cometió, un crimen que la llevó a la pena capital sin haberlo cometido más que de intención.

Seguramente nunca se sabrá la verdad en este caso que tiene tantos puntos débiles y que hemos traído retrospectivamente para mostrar lo cautos que debemos ser en nuestros diagnósticos. El escaso uso que se ha hecho del polvo de cristal para acabar con la vida de las personas, parece indicar que aun siendo tan fácil de obtener, no se le consideró tan eficaz como otros medios más populares y radicales (arsénico, estricnina, etc.) en tiempos pasados cuando no había la profusión de venenos y la facilidad de obtenerlos que hay en la actualidad.

Las experiencias modernas señalan un tipo de muertes sucedidas con no escasa frecuencia en el sudeste asiático u Oceanía producidos por el polvo o raspado de la corteza de bambú mezclado con los alimentos, arroz por ejemplo. Los soldados norteamericanos en Vietnam fueron al parecer víctimas en repetidas ocasiones de esta sutil forma de matar. Las múltiples perforaciones producidas por el polvo o raspadura de bambú abren el intestino por millares de puntos pequeñísimos lo que conduce a un peritonitis fatal.

También se ha mencionado el uso del polvo de vidrio entre los antiguos chinos con la finalidad de martirizar a sus víctimas.

Pero es sabido el efecto fisiológico de la mucosa gastrointestinal

que se defiende contra los cuerpos extraños agudos, haciéndoles progresar merced a movimientos peristálticos y así, broches abiertos, aguijas,

objetos puntiagudos, son capaces de atravesar a lo largo de todo el tubo digestivo sin producir el menor daño y sólo encuentran a veces dificultad al pasar al esfinter anal si quedan atravesados, lo que es muy raro.

Recuerdo el caso de una joven reclusa que con intenciones suicidas se tragó un paquete de agujas de coser. Todo el mundo creyó que moriría, pero se salvó y las agujas salieron sin producir lesiones de ninguna clase. Mme. Brinvilliers la envenenadora, intentó también suicidares tragando agujas sin conseguirlo. Seguimos nuestras investigaciones de la literatura antigua y tuvimos la fortuna de hallar entre las causas antiguas, criminales, más célebres de Francia, el caso de LUIS LAVALLEY (20 de marzo de 1808) que dio lugar a un informe pericial del famoso BAUDELOQUE profesor de la Facultad de Medicina de París y de CHAUSSIER, también profesor de la misma, así como de la Escuela Imperial Politécnica y del Jurado de Medicina.

Pero veamos el caso por su parecido en muchos puntos con el de Pelegrina Montuis.

Luis Lavalley era un labrador acomodado de Asnières que se enamoró de la hija de otro labrador más rico que él, María Ana Francisca Guerin, de la que era correspondido. Las familias respectivas se oponían a aquellos amores. Lavalley era hombre tímido según el informe hallado, pero esto no le impidió verse a escondidas con su enamorada. De aquellas entrevistas sobrevino la preñez de la joven que acabó por confesar lo que sucedía a un tío suyo, que era capellán, el P. Guerin.

El P. Guerin actuó como intermediario entre las dos familias,

obteniendo la aprobación de los padres de Lavalley ofreciendo de su

propio peculio 10.000 francos de dote junto con los 2.000 que los

padres de ella aportaban. El 5 de noviembre de 1807 se hacían las

capitulaciones matrimoniales y ocho días más tarde recibían la bendición

nupcial a pesar de lo cual vivía cada uno en la casa de sus respectivos padres, comiendo sin embargo juntos. Se dice en el informe

que los padres de la joven esposa “querían guardarla hasta después del parto”. Y a renglón seguido se señala que el verdadero motivo era ocultar a su marido una enfermedad que padecía “en el empeine” y de la que “estaba en cura”.

El 13 de diciembre de 1807, Lavalley fue a buscar a su esposa y a su suegro, a quienes había convidado a comer con sus padres. La comida transcurrió en perfecta armonía y la joven María Ana comió más de lo acostumbrado de diferentes manjares “que convenían muy poco a su estado, tales como cochinillo de leche asado, morcillas de sangre y manteca de puerco y un hígado de ternera mechado, terminando la fiesta con café que todos mezclaron con aguardiente”. Terminada la comida, los Lavalley insistieron en que la joven se quedase en la casa, pero Guerin padre, se opuso diciendo que quería seguir guardando a su hija en casa, viéndose obligados todos a ceder ante su voluntad. Terminada la comida, Lavalley el joven, acompañó a su esposa y suegro caminando un cuarto de legua a pie, regresando después a su casa.

A las dos de la mañana, la joven que hasta entonces se había encontrado bien, despertó con dolores bastante agudos en el estómago. Se levantó para ver si se le pasaba y comenzó a presentar convulsiones violentas. Ante tal situación un criado de los Guerin corrió a casa de Lavalley pidiéndole que acudiera inmediatamente. Pensando que eran dolores de parto (ella se encontraba ya de ocho meses de gestación) y “semejante en esto a muchos otros maridos que no pueden soportar tal espectáculo, no quiso ir a ver a su esposa”, dice el informe.

Pero, a poco llegó el propio suegro diciéndole que no creía que se tratase de parto, rogándole que fuese con él, cosa que hizo el atribulado esposo. Habían sido llamados dos cirujanos.

Lavalley llegó a tiempo de ver cómo le administraban vomitivos,

a pesar de lo cual continuaron las convulsiones. Llegó un tercer cirujano

que administró nuevos remedios y aplicó sanguijuelas, siendo

todo inútil. Se llevaron del aposento al infeliz Lavalley. Uno de los

facultativos trató de extraer el feto con forceps, pero una hemorragia

considerable le obligó a renunciar a seguir y en su lugar emprendió la operación cesárea, extrayendo del seno de la moribunda un niño

ya cadáver. Poco después moría la joven María Ana Guerin. Días más tarde el abate Guerin tuvo una entrevista con Lavalley padre, manifestándole que el pago que le había hecho por su sobrina de 10.000 francos le había puesto en crítica situación y le pidió le devolviese cierta cantidad, a lo que se negó el viejo. Aquello les enfrentó y dejaron de tratarse.

Pasaron treinta días después de la trágica muerte y el joven viudo dispuso se celebraran unos servicios fúnebres, notificándolo a la familia Guerin. Esta, bajo el pretexto de que el abate no podía asistir porque tenía que marchar a Bayeux para realizar ciertas diligencias, dio contraorden sin dignarse consultar esta medida a Lavalley ni notificarle siquiera.

Los rumores propios de los pueblos comenzaron a esparcirse y era vox populi que la joven había sido envenenada. Ante tales rumores, el encargado de la policía solicitó la exhumación del cadáver 42 días después del fallecimiento. Dos cirujanos intervinieron practicando la autopsia. A pesar del avanzado estado de putrefacción del cuerpo, se pudo extraer el estómago y otras vísceras que fueron remitidas a la casa consistorial de Asnières, siendo requerido Lavalley para presentarse ante el Magistrado.

Ante lo que ya parecía una acusación a su persona, pidió que seis o doce cirujanos si era preciso examinaran el cadáver, e hicieran cuantas aclaraciones fueran precisas para poner todo en claro. El Magistrado le aseguró que no se le había requerido como acusado, sino como testigo, de forma que no podía acceder a su demanda. Esta entrevista tenía lugar el 27 de enero de 1808, cuando todavía los cirujanos no habían comenzado sus operaciones. Lavalley regresó a su casa. Dos días después los cirujanos presentaron su informe al Magistrado señalando en él que “habían encontrado en los intestinos una cantidad considerable de veneno y que este veneno era vidrio molido”.

Inmediatamente se regó la noticia por toda la comarca y el Magistrado envió a la fuerza armada a buscar a Lavalley hijo, conduciéndole a la cárcel y luego ante el Tribunal, atado como un criminal. El populacho quiso tomarse la justicia por su mano y pedía a gritos que lo guillotinasen o que lo ahorcaran, tirándole piedras por el camino. Hasta aquí el Sumario que contiene entre otros documentos: primero, el resultado del examen hecho por los facultativos y por último la consulta hecha al presidente de la Universidad de Medicina de París.

INFORME DE LOS FACULTATIVOS

“El estómago, el duodeno, el ilion, el colon y el recto, abiertos, han presentado a la vista varios pequeños puntos negros, los cuales reunidos en ciertas partes, formaban pequeñas manchas del mismo color. Se han encontrado en sus intestinos algunos pequeños cuerpos blanquecinos, los cuales por medio de experimentos químicos han sido reconocidos por vidrio molido reducido a polvo imperceptible y reunido en pequeños glóbulos se han encontrado en sus intestinos. La túnica interior de estos diversos intestinos contenía muchas ampollas y vejigas anchas, semejantes a los efectos de la quemadura. Estas parecían particularmente más multiplicadas y crecidas en las partes donde estaban los puntos negros. Se han descubierto también algunas pequeñas corrosiones en las partes donde el intestino era de color más oscuro”. Alguno de los cirujanos consideró que aquel vidrio era de “alguna bagatela” puesto que se había encontrado en uno de los intestinos un pequeño cuerpo sólido de color amarillo. Se halló también una “pequeña partícula de vidrio del volumen de tres cuartos de línea” medida de longitud compuesta de 12 puntos. Es la duodécima parte de una pulgada y equivale a cerca de 2 mm. No hallaron más asegurando que “no había otras cosas ni veneno en estos intestinos, juzgando que debió ser el vidrio molido el que había producido todos aquellos síntomas y la muerte de la joven”.

Después de este informe, debieron de existir dudas pues se decidió consultar al presidente de la Universidad (Facultad de Medicina) de París, planteándole las siguientes cuestiones:

“¿Existen causas naturales de la muerte de la mujer de que se trata, que provengan de su estado y de los alimentos que había tomado, de los remedios o socorros que le han sido dados, o de la falta de aquellos que debieron habérsele administrado?”.

“¿Puede atribuirse la muerte al vidrio molido reducido a polvo imperceptible que se ha encontrado en el estómago, el duodeno, el ilion, el colon y el recto de esta mujer, cuando se supone contra toda verosimilitud y sin la prueba o presunción más leve que este vidrio molido ha sido dado en el café la víspera de su muerte, sin que la enferma en este tiempo supuesto haya sufrido el menor accidente de disgustos, estornudos, tos, ronquera, dolor u otra incomodidad, ni dado ninguna queja?”.

“¿Es acaso un veneno el vidrio molido? Si lo es ¿cuál es su naturaleza y sus efectos? ¿Es un veneno lento o activo? ¿Sabe en qué órganos obra particularmente? ¿Pueden ser conocidos desde el momento sus efectos? ¿En qué tiempo obra o puede causar la muerte? ¿Puede producir los accidentes, los síntomas, los efectos y las señales arriba observados en las vísceras? ¿No puede haberlas causado la putrefacción de un cadáver de 45 días? ¿A qué debe atribuirse el estado en que se han encontrado estas vísceras tanto en lo interior como en lo exterior?”. El informe de los profesores BAUDELOQUE y CHAUSSIER de la Facultad de Medicina de París, muy extenso, va contestando a cada una de estas preguntas detalladamente. Primeramente revisan las circunstancias de la enfermedad y la muerte.

“Una joven robusta, encinta de ocho meses, después de una comida de familia, donde comió con abundancia cochinillo de leche asado, morcillas de sangre y manteca de puerco, e hígado de ternera mechado y donde contra su costumbre tomó café con aguardiente haciendo después un cuarto de legua a pie para volver a su domicilio, se metió en la cama sin sentir ninguna incomodidad y nueve o diez horas después, a las dos de la madrugada se despierta con agudos dolores de estómago que la obligan a levantarse y vestirse. Los dolores van aumentando y a las 4 ó 5 de la mañana comienzan violentas convulsiones, al principio de hora en hora y luego más frecuentes”.

Consideran los Dres. BAUDELOQUE y CHAUSSIER:

1. Que los alimentos de que ha hecho uso son generalmente de difícil digestión aun para las personas robustas.

2. Que la joven comió de ellos con abundancia.

3. Que contra su costumbre tomó café con aguardiente.

4. Que los accidentes comenzaron 9 ó 10 horas después de la comida.

Deducen de todo ello “que la marcha y los síntomas son de una indigestión”, bien caracterizada si se observa que enseguida la enferma evacuó porciones de tocino gordo no digeridas. La causa de esta novedad era tan evidente que los médicos-cirujanos que fueron llamados sobre las nueve de la mañana estuvieron acordes en considerar estos accidentes como efecto de una indigestión.

Siguen señalando en su informe:

1. Que una indigestión puede ocasionar convulsiones a las mujeres encinta.

2. Que las convulsiones son siempre efectos graves y muy peligrosos, principalmente en las mujeres encinta, por la plétora de líquidos… el estancamiento de la sangre y la compresión de la vena cava por la matriz. Todo ello produce un “exceso de sangre”, sigue diciendo BAUDELOQUE, en los vasos del pecho y cabeza y un estupor e incluso una especie de apoplegía. Ésta era la opinión de los médicos prácticos de entonces que habían observado repetidamente en la maternidad de París donde “algunas mujeres eran atacadas de convulsiones en diferentes épocas de su preñez” (eclampsia). Considera que estas convulsiones eran “ocasionadas por una indigestión, o un susto, desazones y en todos estos casos el rostro está encarnado y morado, la vena del cuello se hincha, las arterias de esta parte palpitan con fuerza y en fin todos estos síntomas manifiestan el entorpecimiento que se forma en la parte del cerebro. Algunas veces estas convulsiones son tan violentas, los accesos se suceden con tal rapidez y el efecto es tan fuerte que a pesar de los cuidados que se les prodigan, las mujeres sucumben en pocas horras y perecen en un estado de apoplegía”.

“Así en el caso de esta joven por el cual se nos consulta, existe una causa bien evidente de la muerte. Todos los síntomas demuestran la existencia de esta causa, de la manera más positiva. La calidad y cantidad de alimentos que ha tomado en la comida, el café que contra su costumbre ha bebido mezclado con aguardiente, la marcha que ha hecho después de su comida, todas estas circunstancias eran a propósito para producir una indigestión y disponer a las convulsiones”. Al referirse al tratamiento seguido pos los médicos que asistieron a la enferma, no puede juzgar sobre las prescripciones ordenadas porque no se incluyeron en el cuestionario que se le envió, limitándose a observar que “no concebimos lo que ha podido determinar a tratar de extraer el feto con el forceps cuando fue reconocido que no había disposición (es decir que no se trataba de labor de parto) y todavía concebimos menos el motivo de practicar la operación cesárea cuando era tan fácil preveer que la criatura estaba muerta”. A las preguntas de si puede atribuirse la muerte al vidrio molido reducido a polvo imperceptible que se ha encontrado en estómago e intestino y si es un veneno el vidrio molido, así como en caso afirmativo cuales son su naturaleza y efectos, si es lento o activo y sobre qué órganos actúa, si son conocidos sus efectos, en qué tiempo obra y puede causar la muerte y si puede producir los accidentes, efectos y señales observadas en la difunta y sus vísceras, responde:

“En un caso tan grave y tan importante en el orden social como es una sospecha de envenenamiento, nada se debe descuidar, todo debe ser descrito, especificado con exactitud: la visita y la relación deben ser hechas con la atención más escrupulosa y la mayor circunspección. Si se separa una parte del cuerpo para someterla a investigaciones o experiencias ulteriores, no solamente se la deposita en un vaso proporcionado, sino que también este vaso debe ser cerrado y sellado con el sello del comisario o Magistrado presente en la vista. También es preciso que los físicos procedan a las investigaciones y experiencias ulteriores en presencia del comisario y luego que éste haya reconocido la integridad de su sello y la identidad de las piezas; en fin, es preciso que el modo con que se hacen los experimentos se exprese en la relación y si se ha encontrado en la parte que se examina un polvo venenoso, se debe conservar una porción de él con el objeto de poderlo examinar y reconocerlo en caso de duda. Sin el concurso de estas condiciones que la razón y las leyes recomiendan expresamente, se puede con fundamento argüir la relación de nulidad, porque podría suponeres que las piezas han sido alteradas, que habrá podido introducirse en ellas alguna sustancia que no existía antes, porque podrían originares dudas sobre la exactitud de los experimentos y de las indagaciones hechas por los facultativos sobre la verosimilitud de las conclusiones que de ello se han sacado”.

Supone que todo se ha hecho correctamente y sigue diciendo en su informe:

“Queremos admitir, aunque podríamos dudar de ello con justo fundamento, que se han encontrado en el estómago, como también en el intestino, unos polvos imperceptibles, los cuales por medio de procedimientos químicos han sido reconocidos por ser vidrio molido. Se trata ahora de examinar si el vidrio reducido a polvo imperceptible puede ser venenoso. Es ya una opinión muy antigua y vulgar, que el diamante, el cristal de roca, las piedras preciosas, el vidrio y diferentes otras sustancias análogas, son los venenos más activos, más peligrosos, porque dicen que siendo estas sustancias de una gran solidez, despedazan y atraviesan la tela de las partes; pero esta opinión, así como las razones en que se apoyan, son de estos errores crasos que se repiten ingenuamente sobre la fe de los demás, pero que están destituidos de pruebas y no pueden seducir al hombre que sabe discurrir y observar con acierto”.

“Para no dejar duda alguna sobre este punto, consultemos la experiencia y las observaciones de todos los tiempos. En primer lugar GARCÍAS AB HORTO, el cual ha vivido mucho tiempo en Goa, cuenta que muchos criados, para robar los diamantes, los tragaban sin dificultad y que después sabían encontrarlos. HOTTINGER habla de un artesano que por inadvertencia tragó un diamante del tamaño de una lenteja y lo evacuó al tercer día sin haber sufrido accidente alguno. Y según relación de CARDAN, un joyero había hecho tomar diferentes veces a un hombre diamantes en polvo o en trozos pequeños y dice que le hizo el mismo efecto que si hubiese comido pan.

“Pero como podrían estos ejemplos parecer ajenos del caso particular que nos ocupa, nos limitaremos a presentar algunos hechos propios a manifestar, que el vidrio en polvo más o menos fino, no puede ser considerado como un veneno. COLUMBUS cuenta extensamente la historia de un llamado Lázaro, muy conocido en Venecia y Ferrara, que comía vidrio. AMATUS LUSITANUS dice haber visto en Ferrara cierto goloso, al que llamaban “el avestruz”, porque comía vidrio. P. BOREL médico de Castres hace también mención de un hombre que tragaba impunemente pedazos de vidrio bastante considerables para dañarle la boca y hacerle sangre. Yo he visto a menudo, dice HENRI-QUE DE HEER algunos hombres que después de haber vaciado su vaso, lo rompían, lo mascaban, lo tragaban y no por eso morían (non ideo moriebantur). GUILLERMO FABRI llamado comúnmente HILDANUS, dice haber conocido tres hombres, quienes en un banquete y únicamente por una calaverada, rompieron con sus dientes diferentes vasos, los tragaron y los tragaron con tal voracidad que su boca se llenó de sangre y no obstante no sintieron ningún funesto resultado.

BARTOLIN cuenta que ha tenido por amigo a un soldado que comía y tragaba vidrio sin sentir ningún accidente. Añade que los fragmentos de vidrio no dañan cuando van mezclados con los alimentos.

Se encontrarán aun otros muchos casos análogos en BOYLE, LANZONI, CARDAN y un gran número de escritores que sería superfluo citar. Solamente añadiremos el resumen de un hecho particular que nosotros hemos visto en 1795…”.

“Una joven de un carácter vivo y sensible, en un impulso de despecho y desesperación, tomó un vaso de cristal que estaba en su aposento, lo machacó en una punta de su pañuelo con una gran llave y enseguida se tragó todos sus fragmentos. Una hora después, desengañada de su error, confesó el partido que había tomado para quitarse la vida. Habiéndonos consultado sobre esta circunstancia, tranquilizamos a la familia desconsolada, prescribimos el uso de una poción aceitosa y mucilaginosa y con el auxilio de un régimen prescrito y la elección de los alimentos, no probó accidente alguno y disfruta actualmente de una perfecta salud”.

“Con este motivo hicimos delante de diferentes discípulos de la Escuela de Medicina algunos experimentos con los animales. Compusimos una mezcla de vidrio molido con la pasta destinada para los perros, pero ninguno de los animales a quienes se dio, sintió el más leve accidente a pesar de que dimos polvos finos y gordos. Todos estos hechos prueban pues, de la manera más incontestable, que el vidrio pulverizado no es un veneno, si se convierte dicho vidrio en polvo fino y aun imperceptible, como se dice por boca de los facultativos, es una sustancia enteramente inerte y que aun ha sido en algunos casos recomendada y empleada como remedio para algunas enfermedades. El vidrio dice STENZEL es un remedio purificante (remedium mundificanda) y cuando por la masticación está mezclado con alimentos, puede contribuir mucho a la purificación de las primeras vías. CAESALPIN y muchos otros recomiendan el vidrio molido mezclado con vino blanco para romper la piedra, y en algunas enfermedades de los pulmones para dividir los humores viscosos y disipar las obstrucciones. WARE, NISBET y algunos ingleses recomiendan aún hoy la aplicación del vidrio en polvo como el mejor detergente en algunas enfermedades de la córnea. PABLO ZACCHIAS dice expresamente que se prescribe sin peligro ninguno contra el cálculo. Pero sin adoptar estas propiedades hipotéticas, es a lo menos cierto que se ha prescrito y dado a menudo sin inconveniente el vidrio reducido a polvo. Si los facultativos hubiesen sido más atentos o quizás menos preocupados, hubieran recordado que en muchos electuarios empleados en nuestros días, se han hecho entrar los jacintos, las piedras preciosas y sustancias silíceas más duras y más compactas que el vidrio”.

“Queda pues bien probado por la razón y por los hechos que el vidrio convertido en polvo muy fino o sea imperceptible, como dicen los facultativos, no puede ser de modo alguno dañoso como dice CRANTZ (in pollinem reducta innocua est). Si fuese más grueso podría en un estómago vacío entorpecer e irritar sus paredes, pero cuando el estómago está lleno de alimentos, los fragmentos se envuelven en la sustancia alimenticia, en las mucosidades que suministran las paredes irritadas y son con mayor o menor prontitud digeridas y evacuadas sin ningún accidente. En fin, el vidrio introducido en el estómago o intestino no podría dañar sino cuando los fragmentos agudos y largos, no de tres cuartos de línea, pero sí de muchas líneas se pegasen a las paredes de estos órganos, pero en este caso los accidentes no se manifestarían sino muy lentamente y serían anunciados por un dolor agudo limitado en aquella parte y no excitaría este trastorno general que se ha observado en la joven de que se trata”.

Bastante hemos dicho ya, para dar a conocer que el vidrio reducido a polvo imperceptible o si se quiere en polvo grueso y aun en fragmentos de 3/4 de línea como se dice en la memoria que nos ha sido remitida, no puede ser dañoso, sobre todo cuando está mezclado con alimentos. Así pues creemos haber manifestado de la manera más positiva, cuán absurda y poco fundada es la conclusión que se había deducido de que lo que había producido todos los síntomas, accidentes y la muerte de aquella mujer era el vidrio molido.

“Pero para no dejar ningún asilo al error y a la preocupación, nos detendremos aun en algunas circunstancias. Se supone que el vidrio molido ha sido mezclado con el café que tomó aquella joven después de la comida, pero al momento se reconocerá lo absurdo e inverosímil de esta suposición, si se advierte que el vidrio pulverizado siendo de mucho mayor peso que el agua o una decocción de café se hubiera precipitado en el momento al fondo de la taza y por consiguiente hubiera quedado en ella y con mucha facilidad habría sido apercibido por la joven que tomaba su café. Observémoslo todo: los facultativos han encontrado en el estómago, en el duodeno, en el ileon y en el colon recto algunos pequeños cuerpos blanquecinos los cuales por medio de experimentos químicos han sido reconocidos por vidrio molido reducido a polvo imperceptible; pero como sin duda las evacuaciones debían haber arrastrado ya algunos de estos supuestos cuerpos formados por el vidrio molido, sería preciso suponer que debía haber tomado aquella joven alguna cantidad de vidrio molido mucho más considerable que lo que hubiese podido contener la taza, lo que es un absurdo que causa indignación”.

Siguen BAUDELOQUE y CHAUSSIER su extenso informe y más adelante señalan que “esta joven estaba atacada de un herpes, para el cual estaba tomando remedios. ¿Se sabe acaso si ella ha dejado de hacer uso de algunos remedios terrosos pulverulentos, los cuales como se ve algunas veces toman en el estómago y en el intestino una forma globular que algunos hombres poco prácticos considerarían desde luego como vidrio reducido a polvo imperceptible?… ¿Y si en lugar de dar de beber a la enferma con una cuchara de madera o de metal, se le ha puesto entre los dientes un vaso y alguna porción de él, no puede haberse quebrado durante las convulsiones?”.

“Sea lo que fuere de todas estas conjeturas, queda siempre probado que el vidrio, de cualquier modo que quieran suponerlo pulverizado, no ha podido causar la enfermedad y la muerte de la joven de que se trata”.

Se extiende luego en consideraciones sobre la putrefacción cadavérica y las lesiones que pueden presentarse como consecuencia de la misma en las vísceras. Hace referencia a los puntos negros vistos en algunas partes del intestino, las manchas, las ampollas del ileon, que considera pequeñas equímosis y efecto de la putrefacción. Además, recuerda que le administraron pociones emetizantes, tártaro estibiado e ipecacuana y una lavativa de sen.

Dice por último que si los facultativos hubiesen abierto el cráneo y examinado el cerebro, habrían sin duda encontrado en él equímosis, derrame de sangre o serosidad sanguinolenta, efecto de las convulsiones. Las equímosis, ampollas, cardenales y convulsiones en estómago e intestino, dice, pueden formarse por un gran número de causas muy diferentes y enteramente independientes del veneno.

Termina su informe con estas palabras: “Que sepan que en los informes judiciales, para pronunciar sobre la existencia de un veneno, no basta observar algunas alteraciones en el estómago o en la extensión del intestino, sino que es preciso encontrar el mismo veneno en la cavidad de los órganos, recogerlo y hacer constar su naturaleza. Luego, en el caso que nos ocupa no había veneno, puesto que no se ha encontrado ni en el estómago, ni en ninguna otra parte del intestino, pues como lo hemos manifestado el vidrio molido no es ni puede ser veneno, y cuando este vidrio es reducido a polvo imperceptible, para servirnos de las expresiones de los facultativos, no puede ni aun causar la más ligera irritación. así pues, la conclusión de los facultativos es falsa, absurda, desnuda de fundamento y enteramente contraria a los primeros preceptos del arte y a la observación diaria de los médicos”.

“Creemos que ha habido una causa natural y evidente de los síntomas que ha sufrido la joven en cuestión: el abuso, el exceso de alimentos bastaban para causar la indigestión y por un resultado bastante frecuente en las mujeres preñadas, la indigestión lleva tras sí las convulsiones y la muerte”.

El informe está fechado en París, a 20 de marzo de 1808 y lo firman BAUDELOQUE y CHAUSSIER. Como resultado de él, el jurado declaró inocente a LAVALLEY. El hallazgo de este proceso entre las causas más célebres de Francia, reafirma la idea de que algo similar pudo ocurrir en el caso de Pelegrina Montuis, con la diferencia de que en ésta sí había intencionalidad aunque la sustancia empleada no fuera la responsable de la muerte. Por ello fue condenada a la última pena, aunque el polvo de vidrio no fuera la causa de la muerte de su marido sino otra diferente, posiblemente natural. Pero en el caso de Pelegrina Montuis no hubo un BAUDELOQUE y un CHAUSSIER que negaran la posibilidad de que el vidrio molido fuera capaz de matar.

Las envenedadoras de Sicilia “Toffanas”

Encontrábame yo recorriendo la Isla de Sicilia en busca de lugares históricos que tuvieran que ver con los más famosos crímenes que allí tuvieron lugar durante los s. XVII y XVIII y caminaba un atardecer poco antes de la puesta de sol por la antigua calle de Toledo (hoy Corso Vittorio Emanuele) de la Ciudad de Palermo, cuando avisté uno de los lugares que buscaba: la plaza de Villena o de Los Cuatro Cantos y más allá, la Plaza de la Marina. Con su forma octogonal de donde le viene el nombre, fué obra de la reforma urbanística llevada a cabo por la iniciativa de Don Pedro de Toledo, Virrey de Sicilia el año 1608.

Era y es una lugar impresionante, no sólo por la arquitectura española de la época, sino por ser, con La Marina, la otra plaza cercana, lugar de “feste, farine e forca”, por servir para los más variados acontecimientos, desde torneos, corridas de toros, mercados y fiestas, hasta lugar de ejecución de criminales.

Aquí pereció en la horca una de las más famosas envenenadoras de Sicilia, Teofania d’Adamo, “La Toffana”, inventora del “agua ” que lleva su nombre. Varias después de ella llevarían su sobrenombre, algunas de las cuales murieron también en el patíbulo.

Aquellas “Toffanas” que dieron nombre al veneno, utilizaban un compuesto de jugos de hierbas que no dejaban huellas en sus víctimas que morían sin que los médicos de la época llegasen a conocer la naturaleza del mal. La clientela de estas “Toffanas” estaba compuesta generalmente por mujeres que querían deshacerse de sus maridos o por personas que tenían prisa en heredar. Las “Toffanas”, émulas de Locusta, la famosa envenenadora de la antigua Grecia, les proporcionaban un pomito con las instrucciones de su uso.

Cuando la primera fué descubierta, juzgada y condenada, se la envió judicialmente al suplicio y a la horca.

Mientras contemplaba la siniestra encrucijada como si fuese un psicómetra, parecían llegar al interior de mi cerebro las escenas de aquella otra noche de siglos pasados. La plaza llena, a tope, la gente asomada a los balcones. Murmullos recorren la masa de curiosos. De pronto, las voces se apagan cuando aparece una carreta llevando a la vieja envenenadora. Sale por la calle de Porto Salvo y penetra en la plaza de Toledo. La vieja bruja, maniatada, es escoltada por dos guardias. El verdugo está ya preparado. Se acerca a su víctima. Lleva en sus manos unas grandes tenazas al rojo vivo que levanta en el aire. Se acerca a la vieja que le mira con terror y sin dudarlo le acerca las tenazas arrancándole un pellizco de los músculos del brazo. Un horrendo grito sale de la desdentada boca de aquella miserable criatura que se contrae tratando de desatarse de sus cuerdas.

El carro infamante da la vuelta a la plaza lentamente y durante el trayecto, el verdugo repite el terrible suplicio, acompañado de los agónicos gritos que hacen estremecer a la muchedumbre. Se extiende por el aire el olor a carne quemada. A la tercera pasada, la impresión es que sólo se atormenta a un cadáver. La vieja Toffana no da signos de vida. Le quitan las cuerdas que la sujetan. El cuerpo ensangrentado de la condenada es llevado a la plataforma donde se alza la horca. Por la escalera de madera apoyada sobre el patíbulo, la vieja es izada por el verdugo y sus ayudantes que le echan el lazo al cuello. El otro extremo es atado al travesaño. Entonces la dejan caer desde lo alto. Se oye un crujido de huesos rotos y allá queda aquel despojo que tiene poco de humano, balanceándose en el aire con la cabeza caída a un lado.

Ahora me parece escuchar el murmullo de horror de la masa de espectadores. Es grotesco ver colgando aquello y balanceándose como un muñeco de trapo. Los últimos rayos del sol parecen acariciar la escena. La gente, después del “espectáculo”, van desperdigándose por las calles adyacentes comentando el suceso.

Pero como la hidra de 100 cabezas, más tarde y en los siglos sucesivos siguieron apareciendo otras “Toffanas” con los mismos siniestros propósitos. Era la herencia de las “envenenadoras de Palermo”.

Edith Thomson (1895 – 1923)

Convicta de haber incitado a su amante Frederick Bywater, camarero de un transatlántico, de 20 años, a matar a su marido, fue conducida al patíbulo cuando tenía 28 años. Ella misma confesó que había intentado matarlo varias veces sin conseguirlo, con venenos y hasta mezclándole vidrio molido con el porridge del desayuno. Los Thompson caminaban una noche al salir del Teatro Criterion de Londres, cuando Bywaters, su amante, surgió súbitamente de la obscuridad apuñalando mortalmente a Percy, el esposo. Al hacer la autopsia, el famoso Dr. Spilsbury descartó el envenenamiento como causa de la muerte. El juez Shearmnan a la vista de las cartas comprometedoras de Edith a su amante y por el propio adulterio, se puso en contra de la acusada. Esto despertó desde entonces una gran simpatía popular por la condenada y hasta se escribieron obras de teatro basadas en este crimen y novelas como la de F. Tennyson Jesse, “A pin to see the peep show”.

Marie Madeleine de Brinvilliers (S. XVII)

Marie Madeleine d’Aubray, marquesa de Brinvillier-La-Motte, nació el 22 de julio de 1630. Era la mayor de cinco hijos que tuvo Antoine Dreux d’Aubray, señor de Offémont y de Villiers, Consejero de Estado, Preboste y Vizconde de París y Teniente Civil de París. Marie Madeleine recibió una buena educación literaria pero poco o nada religiosa y moral. Perdió la virginidad a los siete años cohabitando con sus propios hermanos. Tenía mucho amor propio y una naturaleza ardiente y apasionada.

A los 21 años (1651) se casó con Antoine Cobelin de Brinvilliers, barón de Nocerar, aportando al matrimonio una dote de 200.000 libras, reuniendo entre ambos una gran fortuna. Amable, fogosa y bella, intrépida, de espíritu vivo, de gran sangre fría, imperturbable ante los imprevistos, resuelta a sufrir y a morir si fuese necesario, así la describen los que la conocieron bien en su época. Ojos azules, cabellos castaños, muy blanca de piel, era sin embargo pequeña y menuda de talla.

El marqués de Brinvilliers tenía amistad íntima con un capitán de caballería llamado Godin de Sainte Croîx, bastardo de una buena familia de Gascuña. Pronto fue el amante de Marie Madeleine lo que al parecer consentía el marido que a su vez tenía otras amantes. Pero el padre de Marie Madeleine que lo supo, se enfureció y consiguió que Sainte Croix fuese detenido y encerrado en La Bastilla el 19 de marzo de 1663.

Fue al parecer en La Bastilla donde Sainte Croix aprendió todo lo relativo a la preparación de venenos con un tal Exili o Eggidi o Gilles, gentil hombre italiano que estuvo al servicio de la reina Cristina de Suecia.

Cuando logró salir libre de la prisión, enseñó a su vez aquellos conocimientos a su amante. Poco tiempo después Exili fue deportado pero de alguna manera se escapó o regresó a París alojándose preciosamente en la propia casa de Sainte Croix. Exili había aprendido a su vez la química de los venenos de un conocido químico de la época, el suizo Cristophe Glaser, establecido en París, autor de un célebre “Tratado de Química”, boticario del rey, y descubridor del sulfato de potasa que llevó su nombre.

Este famoso Glaser era quien al parecer proveía de sustancias químicas a Sainte Croix y a Exili. La Brinvilliers volvió con su amante apenas salido de la cárcel y se despertó en ella un profundo odio contra su padre responsable de la prisión de Sainte Croix. Tal fue su odio que decidió fríamente vengarse acabando con su vida y a la vez apropiarse así de la fortuna paterna. La Brinvilliers comenzó a visitar a los pobres y desvalidos de los hospitales a los que llevaba dulces, vino, galletas y otros regalos y pronto aquellos que atendía con tanto cariño aparente, morían. Hizo una diversión y un ensayo con el envenenamiento de los enfermos de los hospitales, observando el efecto de las sustancias que les administraba.

Según las investigaciones de la policía de la época envenenó también a varios criados “para ensayar”. Una vez que probó lo que llamaba “la receta de Glaser”, comprobando la impotencia de los médicos para descubrir las trazas del veneno en el cadáver, cuando estuvo segura del efecto, decidió el envenenamiento de su padre.

El 13 de junio de 1666, Antoine Dreux d’Aubray, que hacía varios meses sufría extrañas molestias, decidió marchar a sus tierras de Offrémont, a escasas leguas de Compiêgne, rogando a su hija que le acompañase y pasara con él y sus nietos dos o tres semanas. Desde la llegada de la marquesa de Brinvilliers junto a su padre, el mal de éste empeoró, presentándose grandes vómitos cada vez más violentos, teniendo que ser trasladado a París para ser atendido por otros médicos. Su hija le acompañó.

Marie Madeleine confesaría más tarde que había administrado veneno a su padre 28 a 30 veces, con sus propias manos y a veces por medio de un lacayo llamado Gascon que Sainte Croix le había enviado como hombre de toda su confianza. Al parecer usaba arsénico mezclado con otras sustancias.

El envenenamiento duró ocho meses, al cabo de los cuales Antoine Dreux d’Aubray murió en París el 10 de septiembre de 1666 a los 66 años. La autopsia mostró según los médicos que la muerte fue por “causas naturales”. Sin embargo corrió el rumor de que había sido envenenado. Le sucedió en el cargo de Teniente Civil de París, su hijo mayor del mismo nombre Antoine Dreux d’Aubray, conde de Offémont, Consejero del Parlamento e Intendente de Orleans.

Una vez que se libró de su padre que era el crítico de su conducta licenciosa, Marie Madeleine ya no tuvo freno a sus pasiones y tuvo varios amantes a la vez, entre ellos un primo suyo de quien tuvo un hijo además de los que tenía de su marido y dos que tuvo de su amante Sainte Croix. Luego se enamoró del preceptor de sus hijos, un joven llamado Briancourt, bachiller en teología. Sus devaneos no le impedían sentir celos de su primer amante Sainte Croix que andaba con otras mujeres y de su propio marido que tampoco perdía el tiempo, especialmente con una joven la Srta. Dufay a quien la Brinvilliers pensó apuñalar.

Mientras tanto, de la herencia paterna, le correspondió una parte que pronto dilapidó. A sus hermanos les había quedado sin embargo la mayor parte de la herencia. No vaciló en enviar a dos sujetos que le recomendó su amante para que asesinaran a su hermano mayor cuando viajaba en coche a Orleans, pero fracasaron en su intento. Como le urgía el dinero, se decidió a ensayar de nuevo el veneno. Para ello en 1669, consiguió hacer entrar como lacayo a un sujeto llamado La Chaussée, en casa de su hermano Antoine que vivía con el segundo hermano que era Consejero de la Corte. El lacayo usó una dosis tan fuerte de veneno que el Teniente Civil se dio cuenta increpándole. Pero La Chaussée hábilmente se excusó diciendo que serían restos de una medicina que tomaba y rápidamente tiró el líquido al fuego

Hubo un segundo intento el 6 de abril de 1670, por medio de un pastel del que comieron algunos de la familia sintiéndose enfermos. Antoine fue quien más sufrió. La Chaussée le atendía solícito y en cada bebida que tomaba le ponía más veneno. Los sufrimientos de Antoine eran cada vez mayores.

La Brinvilliers mientras tanto confesó al preceptor de sus hijos y amante de turno, Briancourt, que estaba tratando de envenenar a su hermano. El martirio de Antoine duró tres meses, vomitando continuamente, adelgazando, secándose poco a poco y muriendo por fin el 17 de junio de 1670. El otro hermano murió tres meses después y en la autopsia realizada por los cirujanos Duvaux y Duprès y el boticario Gavart, se pudo comprobar que había sido envenenado. No sólo no pareció nadie sospechar de La Chaussée, sino que su difunto amo le dejó en su testamento “100 escudos por sus leales servicios”. Esta increíble Madame de Brinvilliers como se sabría más tarde, intentó envenenar a su propia hija mayor porque “le parecía tonta”, aunque luego se arrepintió y le dio leche como contraveneno. Pero sus cómplices le exigían cada vez más dinero, teniendo que someterse a sus chantages. Sainte Croix tenía guardados en una arqueta unos frascos de veneno y 34 cartas de Marie Madeleine que la comprometían en los crímenes de sus familiares. Ella, al ver que su amante retenía las cartas comprometedoras, pensó en suicidarse usando sus mismos venenos. Pero fue el propio Sainte Croix quien administró a Marie Madeleine un veneno de lo que ésta se dio cuenta enseguida que se sintió mal tomando gran cantidad de leche para neutralizarlo lo que la salvó, aunque quedó sufriendo durante varios meses, recuperándose después.

Como se envanecía de sus hazañas que no podía callar, una vez dijo a uno de sus criados que “tenía en una botella que le mostró, algo con qué vengarse de sus enemigos y que en aquella botella había bastantes sucesiones”. Cuando fue sometida a proceso por sus crímenes aquella palabra se haría famosa y al veneno se le llamaría “polvos de sucesión”.

En 1673, cansada al parecer de su señora de compañía, Mmlle. de Villeray, la envenenó también. En sus confidencias a Briancourt, fue revelándole todos sus crímenes y le contó cómo había despreciado a sus hermanos a los que había envenenado.

Quedaban aún vivas su hermana Therèse d’Aubray y su cuñada Marie-Therèse Mangot, la viuda de Antoine, que le reprochaban su conducta viciosa. Briancourt escribió a ambas avisándoles que tuvieran cuidado pues se pretendía envenenarlas.

La Brinvilliers preparó una trampa a Briancourt a quien primero dio un veneno, que no le produjo al parecer el efecto deseado y luego encargó a Sainte Croix que le mandase apuñalar cosa que también fracasó. Un tercer intento hubo al parecer pues Briancourt cuenta que un día alguien a quien no pudo ver le disparó dos tiros que no dieron en el blanco.

Mientras tanto, el marido de la Brinvilliers, el marqués consentidor fue también objeto de las “atenciones” de su mujer que en varias ocasiones recibió varias dosis de veneno de mano de la envenenadora. Pero arrepentida más tarde, le cuidaba y le administraba un contraveneno. El pobre marqués no hacía más que tomar triaca magna y orvietan que por entonces se creía que eran potentes alexifármacos y por lo tanto preventivos del envenenamiento. Briancourt por su parte logró escapar de aquel enrarecido ambiente retirándose a dar lecciones en la casa de los padres del Oratorio.

Pero un acontecimiento imprevisto iba a tener lugar, el que serviría para descubrir los crímenes: la muerte de Sainte Croix en su misterioso laboratorio de la plaza Maubert, donde practicaba la alquimia tratando de hallar la piedra filosofal. Al parecer algunas emanaciones de las sustancias tóxicas que manipulaba y que respiró al rompieres la máscara de vidrio que utilizaba, fueron las causantes de su final.

Cuando Madame de Brinvilliers se enteró, su primer pensamiento fue: “¡La arqueta en la que están guardadas mis cartas comprometedoras!” y trató por diversos medios de obtenerlas sin conseguirlo. Sainte Croix había dejado un papel escrito al que puso por cabecera “mi confesión”.

El comisario Picard se hizo cargo de las investigaciones el 8 de agosto de 1672 con el sargento Creuillebois. Éstos, en el registro realizado hallaron la arqueta con las cartas comprometedoras de las que deducirían toda la horrible historia de los crímenes, a pesar de que Sainte Croix en su confesión rogaba que la arqueta sellada se devolviese a Mme. de Brinvilliers por no contener nada de particular. Pero desobedeciendo aquel deseo, el comisario leyó las cartas y un documento por el que Mme. de Brinvilliers se comprometía a pagar a Sainte Croix 30.000 libras y las botellas conteniendo los venenos. El 22 de agosto el Teniente Civil citó a Mme. de Brinvilliers para examinar los escritos hallados, pero ésta envió a su procurador y huyó a Inglaterra. La Chaussée fue detenido. La viuda de Antoine presentó una denuncia contra los dos por el envenenamiento de su marido. La Chaussée sometido a tortura cantó de plano y fue condenado a muerte el 24 de mayo de 1673. Fue desarticulado en la propia rueda hasta que murió.

Mientras tanto, la marquesa vivía miserablemente en Londres. Luis XIV personalmente, dada la calidad de la acusada, se tomó un gran interés en el proceso. Quiso que la investigación se llevase adelante hasta sus últimas consecuencias y que todos los cómplices por alto que estuviesen fuesen descubiertos y condenados. Se solicitó la extradición de la Brinvilliers a Inglaterra y el rey de aquel país la concedió, pero Marie Madeleine había ya huido a los Países Bajos.

Mientras tanto su marido, el desconcertante marqués de Brinvilliers se había instalado tranquilamente con sus hijos en la finca y castillo de su suegro, del que Luis XIV le ordenó salir y dejar a la viuda del hermano mayor asesinado que tomase posesión de aquellos bienes. El 25 de marzo de 1676 la marquesa de Brinvilliers fue por fin detenida en Lieja en el convento en que se había refugiado. La detención es un capítulo más rocambolesco aún que la vida de esta familia. El capitán Degrez, disfrazado de abate, consiguió interesar a Mme. de Brinvilliers en una cita amorosa, y ésta cuando esperaba una aventura galante más, se encontró con un oficial de policía, M. Degrez y dos arqueros que la detuvieron pocos momentos antes de que las tropas españolas entrasen en Lieja.

La marquesa de Brinvilliers llevaba consigo en el momento de ser detenida una confesión escrita de todos sus crímenes que sería más tarde publicada por Armand Fouquier en su obra sobre las Causas cé lebres, pero el tono de la misma era tan fuerte que el propio editor no se atrevió a publicar aquello, quitando algunos párrafos y traduciendo otros al latín.

Conducida a Maestricht, fue encerrada el 29 de mayo en la prisión de la ciudad. Intentó suicidarse tomando fragmentos de vidrio molido de un vaso que había roto, y además tragó alfileres, pero todo en vano. No murió de aquel intento. Un tercer intento de suicidio fue más horrible todavía, introduciéndose un bastón por la vagina. Curada de todos aquellos intentos trató de comprar a uno de sus guardias para escapar de la prisión, matar al policía Degrez al que odiaba y al criado que la atendía, robar la caja donde Degrez guardaba su confesión escrita, coger caballos y huir.

Todo en vano. Fue trasladada a París y encerrada en la Conciergeríe el 26 de abril. Desde allí escribió cartas a sus amistades que uno de los guardianes prometía entregar, cuando en realidad eran entregadas a los magistrados.

Comenzó el proceso contra esta increíble mujer el 29 de abril de 1676. Ella negó con obstinación todos los cargos y evidencias incluso sus confesiones. Se la acusó de asesinatos, de sodomía y de incesto. Briancourt compareció ante el Tribunal haciendo un detallado relato de la vida de su examante. Mme. de Brinvilliers estaba perdida. Briancourt entre sollozos se dirigió a ella en el curso del último careo exclamando: “Os advertí muchas veces señora de vuestros desórdenes, de vuestra crueldad y que vuestros crímenes os perderían” a lo que ella respondió: “Siempre habéis sido un cobarde Briancourt, y ahora tampoco tenéis valor. Lloráis”.

Durante todo el proceso no se descompuso el rostro de Marie Madeleine. Siguió negando todo. Conservó siempre su mente clara y una mirada dura en sus ojos azules. Los esfuerzos extraordinarios del abogado defensor M. Mivelle fueron inútiles. El Presidente del Tribunal anunció que le enviaría una persona de gran virtud que la consolaría en sus últimos momentos y trataría de salvar su alma, el abate Edmond Pirot, teólogo y profesor de la Sorbona, conocido en toda Europa por sus discusiones con Leibnitz.

El abate Pirot ha contado el último día de Mme. de Brinvilliers minuto a minuto en dos volúmenes que constituyen un verdadero monumento literario. Consiguió con su bondad y su habilidad convertir en cera aquella roca dura. Ella le contó todos los pormenores de su vida, con una sangre fría que dejó asombrado al abate. Escribió una carta a su marido desde la prisión pidiéndole perdón por toda la ignominia que había hecho caer sobre la familia y especialmente sobre él y sus hijos y lloró amargamente ante las palabras que le dirigió el buen sacerdote, para estimular su arrepentimiento. Le habló de sus hijos a los que decía amar tiernamente y que no había querido verlos para que no les quedase una imagen amarga de su madre.

El 16 de julio de 1676 se leyó la sentencia.

“La Corte ha declarado a la dicha d’Aubray de Brinvilliers culpable de haber envenenado a su padre M. Dreux d’Aubray y haber hecho envenenar a sus dos hermanos y atentado contra la vida de su hermana (no se habla de más muertes ni de sus ensayos). Por ello se la condena a presentarse en la puerta principal de la iglesia de Notre Dame de París, con los pies desnudos, la cuerda al cuello, manteniendo en sus manos una antorcha ardiente de 2 libras de peso y allí de rodillas declarar que por venganza y para apoderarse de sus bienes envenenó a su padre, a sus dos hermanos y atentó contra la vida de su hermana, de todo lo cual se arrepiente y pide perdón a Dios, al Rey y a la Justicia. Y en la plaza de la Grève de esta villa le cortarán la cabeza en el cadalso levantado en la dicha plaza. Luego su cuerpo será quemado y las cenizas aventadas…”

Después de la lectura de la sentencia, la llevaron a la sala de torturas.

Al entrar dijo: “Señores, es inútil eso. Yo diré todo sin olvidar un detalle. Negué todo durante el juicio porque así creía defenderme y no creí estar obligada a confesar nada. Se me ha convencido de lo contrario y os aseguro que si hubiese hablado hace tres semanas con la persona que me habéis enviado hace 24 horas (se refiere al P. Pirot) haría tres semanas que sabríais toda la verdad”.

Después, levantando la voz hizo una declaración de todos sus crímenes. En cuanto a la composición de los venenos que usaba, sólo sabía que llevaban arsénico, vitriolo y veneno de sapo. El único antídoto que ella conocía era la leche. Como cómplices sólo tuvo a Sainte Croix y los lacayos.

Los jueces consideraron que había hablado sinceramente, pero la tortura era exigida por el reglamento y así se la sometió a la tortura del agua, la más cruel que se aplicaba por entonces en París. Se hacía beber enormes cantidades de agua al condenado, lo que producía una gran dilatación del estómago e intestinos y con ello horribles dolores. Pirot con sus palabras había doblegado aquel carácter de hierro y entregado a los jueces a la condenada sumisa y resignada. Pero la tortura cambió su actitud que se transformó de nuevo en odio a todo y a todos. Pero pasado el mal rato, el P. Pirot con su voz amable y bondadosa la hizo volver a su anterior estado de paz interna.

Permaneció unos instantes de rodillas ante el altar de la capilla para marchar luego al suplicio, descalza, con la camisa de los condenados, en una mano el cirio de los penitentes y en la otra un crucifijo. Al salir de la Conciergeríe fue subida a un volquete o carreta muy estrecha donde apenas podían permanecer la condenada, el verdugo y el P. Pirot. La carreta avanzaba hacia la plaza de la Grève. Las calles estaban llenas de gentes curiosas que iban a presenciar el ajusticiamiento. Un dibujante, Le Brun, le hizo un dibujo que hoy se expone en el Museo del Louvre de París con el N. 853 a lápiz rojo y negro, considerado como una obra de arte. Se ve en él la silueta del abate Pirot detrás de la condenada.

La gente la insultaba al paso aunque otros la compadecían. Subió al cadalso con entereza y dijo al sacerdote: “No os vayáis antes de que mi cabeza haya caído. Me lo habéis prometido. Os ruego me perdonéis el tiempo que os he quitado… Os ruego que digáis un De Profundis en el momento de mi muerte y mañana una misa. Rogad a Dios por mí”. A lo que contestó Pirot: “Haré lo que me pedís”. Y cuenta en su estremecedora obra el abate Pirot: “Se arrodilló seguidamente sobre el cadalso con la cara vuelta hacia el Sena. No estaba asustada. Sufrió pacientemente cuanto le hizo el verdugo para prepararla, cortándole los cabellos haciéndola mover la cabeza en distintas formas, a veces con rudeza. Ella se sometió a esta vergüenza pública con paciencia. Se dejó atar las manos como si le hubiesen puesto brazaletes de oro y se dejó poner la cuerda al cuello como si hubiese sido un collar de perlas”. Luego dijo: “Quisiera que me quemaran viva para hacer mi sacrificio más meritorio”.

El abate Pirot cantó la Salve y el pueblo le acompañó. Entonces dijo a la condenada que le iba a dar la absolución: “Renovad vuestra contrición”, Y le dio la absolución, pronunciando las palabras sacramentales porque el tiempo apremiaba. La cara de Mme. de Brinvilliers irradiaba esperanza y alegría, serenidad y la ternura del arrepentimiento bien diferente de aquello que debió sentir cuando eliminaba a sus familiares.

La bruma de la tarde caía sobre París. El crepúsculo rodeaba la catedral de Notre Dâme. El verdugo Guillermo, vendó los ojos de la condenada, mientras ella repetía con el confesor las últimas oraciones. Sonó un golpe sordo. La cuchilla hizo su trabajo tan limpiamente que por un instante la cabeza parecía que no quería separarse del cuerpo. “Señor, dijo el verdugo al abate, ¿no os parece que ha sido un bello golpe? Yo me encomiendo siempre a Dios en estas ocasiones. Le haré decir seis misas a esta señora”.

El cuerpo fue llevado a la pira, donde las llamas pronto la consumieron. Después las cenizas fueron dispersadas, pero el pueblo siempre imprevisible, se acercó al lugar para llevarse los restos óseos calcinados. Así terminaba su último día la que en vida se llamó Marie Madeleine d’Aubray, marquesa de Brinvilliers.

La Mujer y el crimen

El tema puede enfocarse desde varios puntos de vista, que resumiendo podremos reducirlos a tres:

1. La mujer como sujeto pasivo del crimen (la mujer objeto de agresiones de todas clases).

2. La mujer como sujeto activo del crimen, la mujer contra la ley (mujeres criminales).

3. La mujer a favor de la ley (la mujer-juez, la mujer-fiscal, la mujer-abogado, la mujer-periodista, la mujer-penalista, la mujer-criminalista, la mujer-policía, etc.).

Sólo podemos aquí poner algunos ejemplos de cada punto mencionado.

La mujer víctima del crimen

Basta dar una ojeada por la Historia para comprender que la mujer ha sido más víctima de agresiones criminales que sujeto activo del crimen, aunque los casos de mujeres-criminales hayan sido muy notables.

En el primer caso, entre los asesinos que han tomado como objetivo a la mujer, de los muchos miles que podríamos mencionar, me limitaré a señalar aquí los asesinos múltiples como el nunca capturado Jack el Destripador que atacó en el siglo pasado (entre agosto y noviembre de 1888) a infelices prostitutas, llevando el terror a los barrios comprendidos entre White Chapel y el “East End” del Londres victoriano y manteniendo en jaque a su excelente policía que nunca pudo capturarle. El resultado de sus crímenes fueron 7 prostitutas a las que en parte descuartizó.

Los más terribles críminales de mujeres, han sido sádicos (calificados como asesinos sexuales). Entre ellos además del anterior, citaré a Peter Kürten, “El Vampiro de Düsseldorf”, Peter Sutcliffe ” El Destripador de Yorkshire”, Albert De Salvo “El Estrangulador de Boston”, Henry Desiré Landru, “El Moderno Barba-azul”.

La mujer criminal

Ha habido muchas mujeres criminales, algunas múltiples. El arma preferida ha sido sin duda el veneno, al menos en tiempos pasados, pero tampoco han dudado en utilizar el hacha, el martillo, el cuchillo o la pistola para terminar con la vida de personas tanto del sexo masculino como del femenino. Los móviles han sido muy variados, desde los celos, la avaricia, el poder, el deseo de heredar, la venganza e incluso como la Mantis religiosa, destruir a su pareja después de gozar de ella.

Las mujeres envenenadoras son de raigambre muy antigua.

Entre los griegos, Medea fué envenenadora de oficio. Utilizaba una túnica para envenenar a sus víctimas. Circe utilizaba bebidas emponzoñadas. Así mató a su marido y a otros muchos. En Asia, Parisatis, madre de Artajerjes Menmón envenenó a media familia. Otra que no se quedó atrás fué Laodicea. Y Cleopatra no dudó en envenenar a Tolomeo el niño. Agripina no se sabe a cuántos envenenó exactamente. Claro que los varones de entonces no se quedaban atrás y así por ejemplo Calpurneum envenenó a sus mujeres. Cómo sería el ambiente que Mitrídates, que fué rey, para evitar ser envenenado, tomó desde muy joven una mezcla de venenos en pequeñas dosis para vacunarse contra el veneno. Hoy llamamos a este sistema mitridatización. Y cuando quiso quitarse la vida para no caer en manos de sus enemigos, tuvo que recurrir a la espada y a un criado que tuvo que ayudarle para empujarla y atravesarle de parte a parte.

En la antigua Roma, las matronas usaban el veneno para matar a sus maridos. Fueron tantos crímenes que se tuvo que proclamar la Ley Cornelia para evitarlo, pero lo cierto es que sirvió para poco. La matanza continuó.

En el siglo XIV, Lucrecia Borgia fué una especie de Locusta.

Ya en tiempos más recientes fueron muy famosas envenenadoras La Voissin y Mme. de Montespan.

La Condesa Elizabeth Bathory, en Walaquia, mataba por placer sádico, pero sólo a otras mujeres y se bebía la sangre de sus víctimas.

En época moderna hay casos célebres como el de Grace Duff, la “envenenadora de Croydon”, que asesinó a sangre fría a tres miembros de su propia familia.

Tracey Wigginton, lesbiana y practicante de ritos satánicos con otras dos compañeras, con su peso de 100 Kg fué llamada “la mujer-vampiro”. Atraía a extraños que no conocía y los asesinaba a puñaladas mostrándoselos a sus amigas. La asesina en serie Aileen Warnos, llamada “la mujer-araña”, atraía a sus víctimas, fueron siete hombres, prometiéndoles relaciones sexuales para después matarlos a balazos. La Marquesa de Brinvilliers: Marie Madeleine d’Aubrey, Marquesa de Brinvilliers-La-Motte, fué una de las más famosas envenenadoras de la Historia de la Medicina Legal. Las envenenadoras de Sicilia “Toffanas”

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