Museo Reverte Coma

Vida y Obra del Dr. Reverte Coma

Category: Paleopatología (page 1 of 3)

Tucanderia, una hormiga que mata.

En las selvas tropicales de Centro y Suramérica, así como en Australia, habita un tipo de hormiga que según los lugares recibe distintos nombres. En Brasil la llaman Tucandeira.

Mide aproximadamente una pulgada y esta dotada de un poderoso aguijón en la parte posterior que es una verdadera aguja hipodérmica cargada de veneno. El peligro de su picadura reside en la sensibilización que puede producir, y en que una segunda picadura puede provocar el choque anafiláctico mortal.

La tucandeira (Paraponera clavata Fabricius) es una hormiga gigante muy extendida por toda América Central y del Sur, especialmente en las regiones selváticas. Mide una pulgada de longitud (30-33 milímetros) y la reina es aún mayor. Siempre la he encontrado en mis viajes por la selva tropical tanto en Panamá como en Colombia, Venezuela, El Darién o Brasil y en las selvas de Veraguas, donde los indios y hombres del campo las temen más que a las culebras. En Venezuela las llaman cumanagato, en la Guayana británica munuri, en Brasil tucandeira o tucandira o tocanguira. En Costa Rica la llaman hormiga-bala, y falofa en Panamá. En otras partes de Centroamérica y Brasil le dicen hormiga-24-horas para indicar que su picadura puede matar a las 24 horas de haberla realizado. En Australia hay otra hormiga muy parecida por sus efectos y forma que es la myrmecia.

El potente aguijón de la tucandeira o falofa es temible. Tiene esta hormiga grandes mandíbulas pero con ellas no hace daño. Lo peligroso es el aguijón que tiene en la cola (parte posterior) y que es una verdadera aguja hipodérmica cargada de veneno.

Suelen vivir en colonias de hasta 500 individuos, aunque es más frecuente encontrarlas en grupos de 12 a 20 siempre en la base de los grandes árboles de la selva. Basta irritarlas o molestarlas dando unas patadas en el suelo cubierto de hojarasca para que salgan de su hormiguero, y entonces hay que ponerse fuera de su alcance. Por eso capturarlas no es fácil y tiene sus riesgos, y fotografiarlas es aún más difícil a menos que se haga en cautividad.

Los campesinos de Panamá saben que cuando les clava el aguijón sufren dolores violentos en la parte afectada y sus alrededores, elevada temperatura, fiebre que puede durar tres días y a veces una zona de necrosis en torno a la picadura que tarda mucho en cicatrizar. El peligro radica en la sensibilización que puede producir y en que una segunda picadura puede provocar el choque anafiláctico mortal.

La Paraponera clavata es de la subfamilia de las Poneiras o Ponerinae, familia de las Formicinae. La palabra ponerina procede del griego ponyrós, que quiere decir malo, doloroso, así llamada a causa de su fiereza y los efectos que produce.

El doctor Weber, que trabajaba en la Universidad de North Dakota, relató su triste experiencia personal cuando fue picado en la rodilla a través del pantalón mientras andaba de expedición por el Río Orinoco buscando esta clase de hormigas.

Cuenta que al sentir el vivo dolor de la picadura en su rodilla, examinó la parte afectada observando un punto negra rojizo. Aplicó inmediatamente amoniaco sobre la parte durante unos minutos y después colocó un apósito de la misma sustancia encima. Pocos minutos después sintió la rodilla como paralizada. Con gran dificultad llegó hasta su campamento donde se recostó en una hamaca tomando un calmante. A las pocas horas se formó una gran vejiga en la rodilla que poco a poco adquirió un color pardo rojizo amarillento. Aplicó yodo sobre la vejiga y la abrió, saliendo suero. Aplicó ácido bórico y un vendaje. La rodilla seguía rígida. Aparecieron pequeñas vesículas alrededor de la primera.

Durante 18 días estuvo sin poder moverse vigilando la rodilla y cambiando los apósitos. Cuenta Weber que fue mejorando poco a poco del proceso inflamatorio. Hay que tener en cuenta que esto sucedió en 1936, año en que todavía no existía la medicación antitóxica, antihistamínica, antibiótica, analgésica y antiséptica de nuestros días. De todas formas, cuando uno anda por la selva no siempre lleva lo necesario para realizar una buena cura, o bien puede haberlo perdido en alguno de los frecuentes accidentes que sobrevienen, así que hoy día el explorador re estas regiones puede estar tan desprovisto o más que en 1936 de una medicación adecuada.

Weber pensó que pudo haber sido aún más grave si le hubiese picado sobre la piel directamente y que parte del veneno se quedó en el pantalón de dril fuerte que llevaba. La picadura de esta hormiga suele producir fiebre y linfadenopatías.

Como detalle curioso señalaré que algunas tribus sudamericana, especialmente en Surinam y Brasil, utilizan estas hormigas como prueba ordálica, es decir, para poner a prueba a los muchachos en el momento en que se realiza el rito de paso de la pubertad, de niño a hombre o guerrero. Estos ritos de la pubertad o ritos de paso tienen como finalidad poner a prueba a los jóvenes que quieren pasar a la categoría de hombres.

La mayoría de las pruebas a que se les somete consisten en demostrar su valor, su fuerza, su paciencia, su habilidad y sobre todo su resistencia al dolor. Para ello se utiliza la cruel y dura experiencia de aplicarles sobre la piel bolsitas en las que se han introducido varias hormigas de esta especie Paraponera clavata o de otras parecidas también venenosas como la Pachy-condyla crassinoda, la Neoponera o la Ectatoma ruidum. Colocan la bolsa llena de las peligrosas hormigas sobre la piel del abdomen o de los glúteos, etc. Las dolorosas picaduras dejan al muchacho sin fuerzas y con vivos dolores, fiebre y postración durante varios días. Sin embargo, los indios, que conocen muchos remedios vegetales, le administran bebidas o infusiones de algunas plantas y le vigilan todo el tiempo que permanece tendido en la hamaca, soportando estoicamente la prueba de la que suelen salir. Se dice que algunos mueren en la prueba. Después que se curan de las lesiones, se celebra el acontecimiento con una gran fiesta. En Brasil llaman a ésta ´Festa da tucandeiraª.

Algunas tribus sudamericanas utilizan a estas hormigas como prueba ordálica para demostrar el valor de los muchachos cuando pasan de la pubertad a ser guerreros

Las hormigas Ponerinas son depredadoras, utilizando este sistema como forma primitiva de alimentarse. Algunas capturan milípedos y termitas. Una especie existente en Australia occidental se especializa en capturar jóvenes reinas de otras especies de hormigas cuando éstas son abundantes en la estación de cría. A veces van en grupos a atacar los nidos de termitas o termiteros y cada hormiga gigante lleva a su nido varios cuerpos de termitas capturadas. Su sistema de alimentar a sus propias larvas es muy primitivo también, masticando, mordiendo y rompiendo en piezas el alimento y arrojándolo a ellas. No hacen como entre las avispas y abejas u hormigas desarrolladas, evolucionadas, que mastican y dan el alimento predigerido a las larvas. Entre las Ponerinas las larvas tienen que luchar por conseguir el alimento que le dejan sus progenitores, lo que quizá ayuda a estimular su agresividad y fiereza característica de esta especie.

Las Ponerinas son de las hormigas consideradas más primitivas en el árbol evolutivo de esta especie. Los autores que han investigado las actividades de la Paraponera clavata han observado que se suelen ver fuera del nido en las horas últimas de la tarde así como durante la noche. Estudiando sus ciclos circadianos pudieron observar también sus entradas y salidas de los nidos. Fueron capturando estas hormigas con mucho cuidado y pintándolas o marcándolas con cuatro colores distintos en el dorso del tórax. Esto tenia por objeto el observar si salían y entraban siempre por el mismo lugar o tenían otras salidas.

A veces, hormigas muertas fueron elevadas desde el nido hasta la parte alta del árbol al pie del cual habitaban. Pudieron calcular en una ocasión que de dos nidos estudiados uno tenia unas 200 hormigas y el otro 500.

Muchas de las hormigas que salían iban en busca de agua o savia de palmeras que llevaban hasta el nido en forma de gotas. Otras traían fragmentos de corteza de árbol, barro, pétalos de flores, musgo, artrópodos o fragmentos de éstos, moscas, mosquitos, centípedos o milpiés, y algunas ootecas de cucarachas y arañas. En una ocasión observaron que una de las obreras o soldados llegaba con la cabeza de una pequeña rana arbórea lo que supone una fuerza hercúlea, así como que son también depredadoras de pequeños vertebrados. A veces cargaban con caracoles. Se manifestaron muy aficionadas a rodear las latas de bebidas dulces depositadas por los investigadores en las cercanías del hormiguero. Tomaban con fruición líquidos como sodas dulces, azucaradas y los llevaban dentro de los nidos en forma de gruesas gotas sostenidas entre sus mandíbulas.

Insectos colocados cerca de los nidos fueron rápidamente arrastrados hasta el interior de aquellos por las activas Paraponeras. Se estudiaron los ritmos circadianos y se observó que los días muy secos, las salidas de las hormigas eran más frecuentes sobre todo en las horas del atardecer, y los machos salían más en las horas de la noche.

Otra curiosa característica de estas hormigas es que salen en grupos a buscar alimento y luego se separan por parejas trepando de dos en dos al árbol en cuya base tienen su nido. A veces, cuando se cruzan dos grupos, se ponen unas a otras en contacto a través de sus antenas.

La entrada de los nidos suele tener unos 2 centímetros de diámetro, y puede haber un orificio de entrada y otro de salida, uno solo o varios. Algunas observaciones con rayos infrarrojos han permitido determinar que salen a las 5,30 de la tarde y van y vienen terminando sus salidas a las 5,30 de la mañana, o sea que trabajan doce horas seguidas.

Aunque algunas Ponerinas producen pheromonas (Blum, 1966), la Paraponera clavata no parece producir tales substancias químicas que sirven para trazar los caminos y, recordarlos o seguirlos luego por el olor. Estas no parecen seguir el mismo camino, excepto los normales de tráfico que tienen establecido, y que son utilizados por la mayoría de las trabajadoras.

Cuando llueve mucho, las salidas de las hormigas Paraponeras son más raras. Los machos son muy activos durante las horas de la noche. Toman néctar de las flores, de los nectarios. Son omnívoros, llevando tanto plantas como insectos. La gran cantidad de musgo y barro que transportan parece demostrar que usan esas substancias para la construcción de las galerías de sus nidos.

La mayoría de los autores están de acuerdo en reconocer que la primitividad de la P. clavata es lo que hace que no produzcan pheromonas como las hormigas más evolucionadas. De los nectarios obtienen los aminoácidos que necesitan. Otros rasgos primitivos de estas hormigas son la búsqueda de substancias azucaradas y la captura de otros insectos. Se ha observado que buscan también savia y resina de árboles especialmente coníferas que tienen propiedades repelentes y curativas, quizá para utilizarlas como defensa contra otros depredadores.

El famoso naturalista Von Martius, que vivió tantos años en Brasil y escribió varias obras hoy clásicas, como Flora brasiliensis y sus Libros de Viajes, cuenta cómo los indios en Brasil central seleccionan a sus guerreros sometiéndolos a las picaduras de las tucandeiras. La primera prueba se realiza ya en muchachos de ocho o nueve años y cuando llegan a la pubertad se les coloca en una especie de nido o manga varias de estas hormigas. Los muchachos introducen los brazos en ellas y se las ata a la parte superior de los brazos como la manga de un traje. El brazo queda encerrado en este dispositivo y las hormigas comienzan a picarles. El dolor se hace sumamente agudo y el muchacho tiene que resistir como un bravo mientras los indios danzan a su alrededor para darle ánimo y sólo cuando el neófito se siente desfallecido por el dolor y, cae casi sin conocimiento le retiran aquellos instrumentos de martirio. El brazo inflamado y enrojecido es frotado con jugo de mandioca (Manihot utilísima).

Las hormigas Tucandeiras suelen vivir en colonias de hasta 500 individuos, aunque es más frecuente encontrarlas en grupos de 12 a 30

Es sabido que la mandioca comprende dos especies muy distintas, una es la mandioca dulce y otra la venenosa por su alto contenido en ácido prúsico. Los indios de Sudamérica utilizan precisamente esta última variedad para fabricar su alimento básico, el pan de mandioca o cazabe, pan de beijou que tan apreciado fue por los descubridores españoles en las primeras épocas de las exploraciones por los aún desconocidos territorios de América. Muchos salvaron su vida calmando su hambre con pan de mandioca o cazabe.

Para eliminar el potente veneno que acabaría con la vida de cualquiera si se comiese la mandioca sin tratar, rallan las raíces tuberculosas al mismo tiempo que lavan el producto con agua abundante. El veneno se disuelve fácilmente en el agua y queda una especie de harina blanca que se moldea en forma de pequeños panes y se pone a secar al sol. Así se conserva por mucho tiempo.

Cuando quieren usar tales panes los vuelven a rallar con agua, hacen una pasta y la tuestan a la lumbre mezclándola con los alimentos, por ejemplo carne de cacería o pescado.

Pues bien, el agua extraída del lavado de la mandioca es lo que utilizan los indios para calmar y curar los dolores del o de los brazos picados por la hormiga tucandeira. Frotan las partes picadas con agua o jugo de mandioca con lo cual el muchacho se siente muy aliviado y va recuperando sus fuerzas. Entonces le entregan un arco y una flecha y tiene que distender el arco -para lo cual hace falta no poca fuerza- colocar la flecha y dispararla sobre un blanco sin hacer caso del dolor que pudiera quedarle. Pero no siempre el muchacho resiste este dolor sin pestañear. Entonces cada año se repite la dolorosa prueba hasta que la pase sin chistar. Entonces se le considera capaz de pasar a la escala social superior.

Se ha dicho también que la picadura de la P. clavata, como ocurre con las picaduras de abejas, es un magnífico remedio contra el reumatismo, tanto para curarlo como para prevenirlo. Los indios del Amazonas aseguran que lo cura.

Pero no en todas partes las Paraponeras deben tener la misma substancia venenosa. Lo cierto es que en Panamá, donde la llaman falofa, es tan poderosa que según afirman los indios y campesinos del interior, puede matar, y si no lo hace deja postrado al paciente con fiebre y vómitos por varios días, además de producirle una zona de necrosis en la parte picada donde queda el aguijón.

Una de las técnicas que se utiliza para estudiar la vida de estas hormigas en el interior de sus nidos es disecar éstos. Es extremadamente difícil y peligroso. No se puede uno distraer ni un segundo pues el investigador recibe un aguijón cuando menos se lo imagina, y además la disección o excavación del terreno es muy lenta para verlo todo bien y fotografiarlo. Unido a esto las galerías se entremezclan con las raíces del árbol y por esta razón todo se complica.

A veces hormigas de otras especies entran en los nidos de la Paraponera, lo que parece increíble. Parece como si fuesen de visita, pero la mayoría de las veces no son bien recibidos los visitantes y acaban en piezas o fragmentos para ser utilizados cómo alimento.

Un detalle curioso y que indica que la Paraponera tiene un olfato selectivo, es que cuando se colocan cerca de uno de sus nidos insectos como las chinches de monte que despiden un olor apestoso, las hormigas ni se acercan a ellas; en cambio otros insectos que no despiden tales olores son rápidamente capturados y metidos en la cueva. Por ejemplo, arañas, larvas de lepidópteros, cuerpo o alas de mariposas, son rápidamente aceptados e introducidos en los nidos. También se observa que cuando se colocan insectos vivos cerca del hormiguero y las hormigas se acercan para capturarlos, en cuanto ofrecen alguna resistencia, son atacados con el aguijón y puestos fuera de combate.

El origen desde el punto de vista evolutivo de los venenos animales se basa en dos necesidades principales del organismo: nutrición y defensa. A veces protección, como los pelos urticariantes de los gusanos. La captura de otros insectos requiere el aparato inyector, el aguijón y el veneno como arma de ataque.

Otro investigador que cuenta sus experiencias personales con la Paraponera clavata es Spruce en Notas de un botánico en el Amazonas y en los Andes. Mientras andaba colectando plantas por el Río Negro, cortó un buen musgo, pero no se dio cuenta que había roto un nido de tucandeiras que inmediatamente reaccionaron y le dieron un par de picotazos en el dedo pulgar. Al principio creyó que le había picado una culebra, pero pronto vio el enjambre de hormigas que había soliviantado. Su reacción al ver que las hormigas subían por sus piernas, fue salir huyendo al tiempo que las sacudía para quitárselas de encima. Corrió hacia la casa logrando sacudirse las hormigas pero fue alcanzado por otros dos aguijones.

El resultado fue sudor frío, angustia, además de un vivísimo dolor en las partes aguijoneadas, sensación de mareo, agonía y náuseas. La acción del veneno fue seguramente más intensa por el ejercicio y la rápida absorción del mismo por la circulación sanguínea. Recurrió a la técnica que ya había visto utilizar a los indios cuando eran picados por estas hormigas y fue rodar por el suelo.

Tenía que recorrer, hasta llegar a la casa, un área descubierta de arena ardiente y luego una corriente de agua. Al pisar sobre la arena caliente, los dolores se agudizaron y al llegar al agua pensó que le aliviaría pero fue todo lo contrario, aumentando sus torturas. Logró llegar a la casa donde sólo había en esos momentos una india que era la cocinera, que al contarle lo que le pasaba le puso unas ligaduras sobre el pulgar y los tobillos donde había sido picado frotándole con aceite, pero sin resultados positivos.

Dice textualmente que sus sufrimientos eran “indescriptibles”.

Sólo podía comparar el dolor con el contacto de 100.000 ortigas. Sudaba copiosamente, las náuseas eran continuas. Tomó lo que encontró a mano para calmarse, una dosis de láudano y una hora después sintió aliviarse algo el dolor. Pudo descubrir dos picaduras en un tobillo, otra en uno de los dedos gordos del pie y otras dos en otro tobillo, además de las del dedo. La inflamación fue aumentando hasta el día siguiente, pudiendo dormir apenas dos horas gracias a repetir la dosis de láudano. Al cabo de una semana se sintió bien, aunque con rigidez en los pies y dificultad para caminar.

Yo recuerdo que en algunos lugares de la India y Egipto hay unas hormigas que se meten en las camas y pican cuando uno está durmiendo. Son del género Monomorium (Monomorium bicolor nitidiventri) pero muerden con sus mandíbulas y producen dolor e hinchazón, especialmente si muerden en el párpado. Amanece uno con un ojo cerrado. Para evitar sus picaduras se coloca en las patas de la camas unas latas en las que queda metida la pata de la cama. La lata está llena de sustancias venenosas para las hormigas. Pero estas falofas de Panamá o tucandeiras del Brasil son cosa aparte. Su aguijón inyecta una pequeña cantidad de veneno pero puede quedar adherido a la glándula de Dufour, que es el reservorio de éste, y que queda sin inyectar en parte. Si se da un masaje creyendo aliviar así el dolor, lo que se consigue a veces es exacerbarlo porque el masaje exprime la vesícula llena de veneno y lo que se hace es inyectarse uno mismo más veneno. Hay que extraer el aguijón para evitar esto.

Una variedad existente en Brasil de estas tucandeiras son las Megaponera y la Dinoponera gigantea que son llamadas “hormiga de los cuatro puntos” porque se dice que son capaces de clavar cuatro veces el aguijón en la carne, y de causar incluso la muerte de una persona. Lo mismo se dice de la Paraponera clavata u “hormiga de las 24 horas”.

En la Isla de Barro Colorado he tenido recientemente, como lo hacía en mi juventud, la oportunidad de estudiar una vez más los nidos de Paraponera clavara, esta vez acompañado de uno de mis ayudantes, el doctor J. M. González, que estaba interesado en el tema.

Las hay en tal cantidad en la Isla que a veces forman verdaderas cintas que se mueven en busca de alimento. Por eso cuando se filmó la película Marabunta los primeros planos de hormigas gigantes se tomaron en dicha isla, aunque el sonido se superpuso naturalmente a la imagen para producir esa sensación de terror que la contemplación de tales insectos ocasiona cuando se los ve en primerísimos planos.

La glándula venenosa de la Paraponera clavara consta de tres áreas o partes anatómicas: I. Dos filamentos libres productores de veneno que van a parar al saco o recipiente del mismo donde se almacena. 2. La túnica propia del saco del veneno y 3. Una glándula venenosa convoluta.

El veneno fluye de la glándula convoluta hasta el saco. Los interesantes estudios de Hermann y Blum han demostrado por primera vez la anatomía de la Paraponera. El abdomen de esta hormiga gigante consta como el de otras hormigas de 10 segmentos (uno torácico y nueve gástricos). Los tres últimos segmentos y las estructuras asociadas forman el aparato inyector o aguijón. El gaster mide de 7 a 8,5 milímetros de longitud. En los últimos tres segmentos abdominales tienen una musculatura que funciona como una máquina de inyectar.

El aguijón o terebra está compuesto por un par de lancetas o estiletes y un dardo inyector. La parte posterior de las lancetas o estiletes está equipada con 10 barbas, como dientes, cuya misión es cortar y agrandar la herida producida por el aguijón cuando éste es insertado en los tejidos y facilitar la inyección del veneno. Once pequeños pero poderosos músculos se contraen y al tiempo que clava el aguijón y lo remueve en la herida inyecta por el canal que éste tiene el contenido del saco del veneno.

Contra lo que se creyó por mucho tiempo, el veneno de la Paraponera clavara no era tan sencillo como el ácido fórmico sino más complicado. Expuesto al aire, forma una substancia semisólida, amorfa, de color pajizo. Es hidrosoluble. Si el agua que lo contiene diluido se mezcla con alcohol etílico, se produce un copioso precipitado blanco inmediatamente.

El espectro de absorción ultravioleta del veneno en agua está entre 277-282 milimicras, área que es característica de los polipéptidos. Reacciona fuertemente con ninhydrina y después de hidrólisis ácida en ácido clorhídrico, pueden detectarse ácido fórmico (1:1), 11 aminoácidos libres cuando el hidrolizado es analizado con cromatografía en papel (n-butanol, ácido acético, agua 4:1:1 y 80 por ciento de piridina acuosa). Los principales aminoácidos detectados son el ácido aspártico, lisina, leucina, isoleucina, alanina y ácido glutámico. No se pueden detectar aminoácidos no libres en muestras no hidrolizadas del veneno. Todos estos datos llevan a la conclusión de que el veneno de Paraponera clavara es de naturaleza proteínica.

Cuando al veneno de una sola glándula venenosa de P. clavata se le añade 0,1 milímetros de una solución de eritrocitos de cordero lavada, se produce una rápida hemolisis. El factor hemolítico se comprobó que era termolábil.

Esto es en resumen, algo de lo que la “hormiga” que mata, la P. clavata Fabricius, es capaz de hacer. El caminar por las selvas expone a éste y a otros muchos peligros, por lo que todas las precauciones son pocas. La vida bulle entre la vegetación, pero también el peligro y las especies que luchan unas contra otras se unen al hombre, unas veces para ayudar, otras para molestarle, otras para poner en peligro su salud y su vida.

La escrófula. Toque de Reyes.

La escrófula o adenopatía tuberculosa, era una afección muy crónica, frecuente en la Edad Media que supuraba frecuentemente produciendo un olor fétido, ulceraciones y deformaciones del cuello lo que daban un aspecto repugnante al enfermo. Recibían en Francia el nombre de “mal du roi” y en Inglaterra “King´s Evil”.

El primer rey francés del que se sabe por documentos escritos que fue capaz de realizar estas curaciones fue Felipe I que reinó entre los s. XI – XII (1060 – 1108), pero debido a su vida licenciosa fue excomulgado, perdiendo tal poder, que sin embargo pasó a su hijo Luis VI que reinó desde 1108 a 1137. Pero la leyenda retrotrae hasta Clovis (Clodoveo), que reinó mucho antes, este poder de curar con sus manos. Gregorio de Tours cuenta que el rey Gontran, hijo de Clotario I que era muy piadoso, tenía este poder, como se demostró cuando cierta mujer cuyo hijo que padecía de fiebres intermitentes, consiguió en medio de la muchedumbre que seguía al monarca, arrancar sin que este se diera cuenta, varios pequeños fragmentos de su manto real. Mas tarde los puso en agua que hizo beber a su hijo quien inmediatamente curo de sus fiebres. En este relato podemos apreciar uno de los efectos mas conocidos de la magia: la magia por contacto. Otros autores franceses han negado que los reyes Merovingios y Carolingios ejercieran tales poderes curativos. Los francos sin embargo consideraban sagradas aquellas dinastías.

El segundo de los reyes de la dinastía de los Capeto, fue Roberto el Piadoso y da el cuenta el monje Helgrand que tocando a los enfermos y haciendo el signo de la cruz sobre ellos, los curaba de su mal, especialmente a los leprosos.

En Inglaterra el primer Rey al que se atribuyen estas curaciones taumatúrgicas en las escrófulas fue Lucius, primer rey cristiano que reinó en Inglaterra y que algunos consideran mítico. Otros autores atribuyen a Eduardo el Confesor la fundación del rito inglés de la curación por las manos. Hay abundante documentación en los Archivos inglese que atribuye a Enrique II el poder de curar las escrófulas, poder que debía, no a ningún atributo personal sino a su función de Rey. Shakespeare en su obra Macbeth menciona este poder del Rey Eduardo que curaba colgando al cuello del enfermo una moneda de oro al tiempo que recitaba un oración. Aunque no fue santificado oficialmente el Rey Eduardo fue considerado Santo por su pueblo. El y sus descendientes distribuyeron estas monedas, algunas de las cuales se conservan perforadas en el Ashmolean Museum de Oxford. Se les llamó “touch-pieces”.

Algunos autores modernos como James Frazer, consideran que este poder de curar las escrófulas, el “toque de reyes”, no es más que una supervivencia de un antiquísimo y primitivo rasgo cultural de las tribus más primitivas, como cualquier jefe polinesio o cualquier rey africano o asiático considerado como sagrado, y hasta los reyes o emperadores incas o aztecas, ante los que había que arrastrarse y ni se le podía mirar a la cara. Montesquieu, en sus Cartas persas, al hablar del príncipe Usbeck, cuenta de él que tenía tal poder sobre sus súbditos que les hacía creer que al tocarlos les curaba de toda clase de enfermedades. Volviendo a Frazer ( la Rama dorada), dice: “La creencia de que los reyes poseen poderes mágicos o sobrenaturales, en virtud de los cuales pueden fertilizar la tierra y traer otros beneficios a sus súbditos, ha sido compartida por los antepasados de todos los pueblos arios, desde la India hasta Irlanda…

En la Edad Media, cuando Waldomero I, rey de Dinamarca viajó por Alemania, las madres traían a sus criaturas y los campesinos sus simientes para que les impusiera las manos reales… reliquia de tales supersticiones ha sido la idea de que los reyes ingleses podían curar las escrófulas por la imposición de las manos. Por eso se conoció a esta enfermedad como “mal de rey”. La reina Isabel de Inglaterra ejercía este don de sanar. El Rey Carlos I el día de San Juan de 1633, en una sola sesión, impuso las manos en su capilla real a un centenar de enfermos. De Carlos II se sabe que a lo largo de su reinado practicó la imposición de manos a más de 100.000 escrofulosos. Había verdaderos tumultos para acercarse al rey”. En cambio Guillermo III, que no quería estimular la superstición entre sus súbditos, se negó a imponerles las manos, y cuando la muchedumbre le asediaba pidiéndole que lo hiciera, él distribuía monedas para que se marchasen. Se cuenta que en cierta ocasión en que uno de los enfermos imploró de él la curación, le dijo: “Dios te dé mejor salud y más sentido común”. En cambio otros reyes más fanáticos, hoy algunos los llamarían más políticos, como Jacobo II y su hija la reina Ana, continuaron la costumbre. Frazer, al hablar de esta costumbre en Francia, dice que sus reyes también reclamaban para sí el poder de sanar con sus manos, poder que creían haber heredado de Clodoveo o de San Luis ” como los jefes salvajes de Tonga salvaban de la escrófula y del hígado indurado (cirrosis) por la imposición de los pies”. El contacto mágico con la persona regia era reclamado como remedio curativo.

Tácito menciona el carácter sagrado de la realeza. Los reyes Godos y Germanos eran considerados como seres divinos llamándolos ases. Cuentan las sagas islandesas que el rey Halfdan el Negro, había contribuido a hacer crecer las cosechas. Cuando murió, su pueblo en lugar de enterrar su cadáver en un solo lugar, lo cortó en cuatro partes enterrando cada una de ellas en los principales distritos del país para que su poder alcanzase a todos por igual.

Plutarco en su obra Pirro, cuenta que este rey del Epiro, poseía el poder de curar radicado en los dedos gordos de sus pies.

En la Arabia preislámica, se atribuía a ciertas familias nobles, el poder de curar la rabia.

Con el cristianismo dejó de considerarse divina o sagrada a la realeza, pero la conciencia popular pudo más y la superstición continuó. Los reyes francos no se cortaban nunca el pelo (reges critini) y a éstos se atribuía un poder sobrenatural. Los cabellos largos eran atributo de la realeza y entre los suevos, de los hombres libres. Hasta nuestro tiempo ha llegado la idea de la naturaleza sagrada de los emperadores del Japón. Algunos autores romanos, Tacito, Dion Cassio, Suetonio, mencionan ciertos actos curativos de algunos emperadores como Vespasiano o Adriano y sabido es cómo otros emperadores fueron deificados. En Bizancio también a los emperadores se les consideró como divinos. En el Occidente cristiano, como ya dijimos, los soberanos no fueron considerados al principio como divinos, hasta que en los s. VII y VIII se añadió a la corporación el rito de la unción, tomado de la propia Biblia, en la que Melquisedec, rey-sacerdote de Salem, llevaba consigo el carácter sobrenatural de la realeza. Ya hay noticias de este rito de la unción en algunas tabletas de Tell-el-Amarna (1500 a.C). Parece ser que el rito de la unción real procede de las civilizaciones sirias y cananeas. La palabra ungido tiene en las Sagradas Escrituras el significado de consagrar, de transformar un objeto o persona, de profano a sagrado. El Rey, especialmente, era el ungido de Yahveh, su persona era sagrada y por ello inviolable. David no se atrevió a poner sus manos sobre Saúl por ser el ungido de Dios (I Sam 24, 7) y mandó ejecutar al que cometió el crimen de matarle (2 Sam 1, 2 – 16). En el Nuevo Testamento, Cristo es “el ungido de Dios” (Lc 9,20) por antonomasia. También fue antigua costumbre cristiana la de ungir con aceite a los enfermos. Cuando los apóstoles recibieron el carisma de la curación, imponían las manos sobre los enfermos para curarlos. La epístola de Santiago ( Sant 5, 14 – 15) promulga el sacramento de la unción a los enfermos por extremaunción, acompañada de invocaciones a Jesucristo. De la extremaunción se espera la curación física y la salud del alma. La unción tenía la misión de santificar. En el ritual cristiano se usa en la confirmación de catecúmenos, en la ordenación de sacerdotes y obispos y en la ceremonia del bautismo.

Entre los Reyes de España, se atribuye a Recadero (586-601) la introducción al ritual de la unción de los reyes. Sendas bulas papales autorizan la unción de los reyes de Navarra y Escocia en 1257 y 1329. Pedro II de Aragón es ungido por el propio Papa Inocencio III en 1204.

El Rey de Francia, Pepino, fue ungido dos veces, la primera en el año 751 la segunda en 754, al igual que Carlomagno que fue ungido primero como Rey y luego como Emperador por el Papa León III.

En Inglaterra el primer rey ungido fue Egberto en el Concilio de Chelsea (787).

A la unción, acompañaban las palabras rituales “Por la gracia de Dios”( Gratia Dei ), seguida de la imposición de la corona y el cetro. Con estos ritos la persona de los reyes volvió a ser sagrada y sacrílegos quienes atentasen contra ella. Por el hecho de ser ungidos eran sagrados los reyes de Inglaterra y Francia y por esa razón se les consideraba capaces de tener poderes curativos, pensamiento que vemos también en toda tribu primitiva respecto a sus chamanes y hechiceros. A la muerte de Luis V, el último rey carolingio, tras un accidente de caza con dudosa legitimidad, les sucede Hugo el primero de los Capetos, (987). El hijo de Hugo, Roberto el Piadoso, estableció la legitimidad de la nueva dinastía curando escrofulosos, comenzando así una serie de reyes-médicos, casi simultáneamente a lo que ocurrió en Inglaterra.

La enfermedad que curaba “el toque de reyes” era precisamente la escrófula y no por casualidad seguramente. Sabido es la cronicidad de esta enfermedad y a su tendencia a la remisión espontánea. No era pues difícil hacer creer en la posesión de tal poder curativo. No obstante, para salvar responsabilidad tan grande, el rey al imponer las manos pronunciaba las palabras rituales: “El Rey te toca, Dios te cura”. ¿Cómo se efectuaba el ritual del toque del Rey? Cada país tenía sus propios rituales: y así el de Francia no era igual al de Inglaterra. Sin embargo si coincidían en que el rey se retira a orar antes de comenzar las curaciones por ejemplo, San Luis de Francia acostumbraba a tocar las llagas después de la misa todos los días. Sólo se admitía a los escrofulosos, para lo cual un médico de la corte hacía el diagnóstico y selección previamente. Como la mayoría de los enfermos eran gentes pobres, la acción del Rey era seguida de una donación de dinero, dos ” sous tournois” que eran dos pequeñas piezas de plata. El Rey Luis de Francia sólo curaba una vez por semana. San Luis, al mismo tiempo que tocaba las llagas, pronunciaba alguna oración y decía las palabras “El Rey te toca, Dios te cura” y hacía la señal de la cruz sobre la cabeza. Luego le lavaba las manos y el agua que había utilizado era entregada al enfermo que la bebía durante nueve días en ayunas. Entre la gente que curaba, no todos eran pobres o mendigos, también sufrían la enfermedad personas de la nobleza que se unían al cortejo así como gentes venidas de otros países, sobre todo de Italia y España. En algunas épocas como en tiempos de Felipe el Hermoso (1307-1308) se llevó registro de los enfermos y de las sumas entregadas en concepto de donativo. Generalmente las grandes fiestas religiosas eran aprovechadas en Francia por los Reyes para atender también a los escrofulosos, por ejemplo el Domingo de Ramos, Pentecostés, Pascua, la Ascensión, Navidades. En estos casos se realizaba una ceremonia muy solemnemente en Nôtre Dame, en París. La muchedumbre de enfermos se arrodillaban y el Rey los iba tocando uno a uno, escoltado por sus ayudantes que repartían monedas entre los enfermos. Otras veces se efectuaba la ceremonia allí donde se encontrase el Monarca. Por ejemplo, se realizó en muchas ocasiones en el Claustro del Palacio episcopal de Amiens. En Inglaterra el ritual era más complicado. Se convirtió en auténtica liturgia en la que el Rey oficiaba asistido por su capellán mayor, como si fuese un sacerdote. Se llevaba registro de los enfermos atendidos por el Rey y de las cantidades de dinero que se daban después de la imposición de las manos, que en tiempos de Enrique VIII fue de 6 chelines y 8 denarios, representadas por una pieza de oro de unos 5 gramos, a la que se llamó ángel porque llevaba en relieve la imagen del Arcángel San Miguel. En otras épocas se les dio un denario y comida. Anualmente eran tocados por el Rey 700 a 2000 enfermos. Por regla general el rey recitaba algunas oraciones, como el “Confiteor”, el capellán le daba la absolución y se leían algunos pasajes evangélicos alusivos a los milagros realizados por los apóstoles. El Rey se sentaba y un sacerdote le llevaba uno por uno a los escrofulosos a los que iba tocando. Luego volvían a pasar y les hacía la señal de la cruz sobre la cabeza. En la mano con que bendecía llevaba la moneda perforada que seguidamente colgaba con una cinta del cuello del enfermo. Esta moneda se convertía así en un auténtico talismán.

¿Qué opinaban los médicos de su tiempo sobre el toque de Reyes?
Muchos de los libros de Medicina, no lo mencionan. Otros aluden brevemente al rito diciendo que las escrófulas son llamadas mal real porque las curan los reyes. Algunos, por estar cerca del Rey, se ven obligados a tratar con respeto este ritual, como Henri de Mondeville, cirujano del Rey, que compara al Monarca con Jesucristo, que curaba con las manos. Otros famosos médicos de su tiempo como Guy de Chauliac (1363) en su Grande Chirurgie se refiere al ” Toque de Reyes” o rito de curación de los escrofulosos, mientras otros famosos como nuestro Arnau de Vilanova le ignoraban totalmente. Y a otros muchos que viendo la imposibilidad temporal de la Medicina de entonces de poder curar la escrófula, aconsejaban al enfermo: “¡Id al Rey!”, frase que se hizo famosa.

La iconografía medieval nos ha dejado con detalle el acto de la curación real o “toque de Reyes” y así hay miniaturas, vitrales, óleos y grabados que han llegado hasta nuestros días y que representan este curioso ritual de la Historia de la Medicina. A los Reyes de Dinamarca se atribuyó la curación del ” mal caduco” o epilepsia. A los de Hungría, la curación de la ictericia a la que se llamó ” morbus regius”. A los Habsburgos se atribuyó el poder de curar a los gotosos y escrofulosos por medio de ciertos medicamentos administrados por ellos mismos y el “abrazo de los Habsburgos” y de los Austria, se dice que curaba a los tartamudos. Al Rey Sancho II de Castilla (1284-1295), se atribuía el poder de curar a los posesos o endemoniados cuando les ponía el pie sobre la garganta, mientras leía fragmentos del Evangelio. Pero en ningún caso parece que existió la regularidad y constancia de esos atributos curativos entre los reyes de España como sucedió con los Reyes de Francia e Inglaterra. Al cadáver del Príncipe Carlos de Viana, infante de Aragón y Navarra, muerto en 1461, se atribuyó el poder de curar a los escrofulosos, especialmente durante los siglos XVI y XVII. A la abadía de Poblet donde estaba enterrado, iban muchos peregrinos, especialmente para ser tocados por una de sus manos conservada como reliquia de la que se decía que su contacto curaba las escrófulas. Sin embargo, a pesar de ser tan frecuentes las supersticiones de todo tipo en España, no ha existido esta costumbre inglesa y francesa del “toque de Reyes” que Capetos y Plantagenets se atribuyeron casi en exclusiva. Pero en cambio fue muy frecuente que los escrofulosos españoles fuesen a Francia en busca del “toque de Reyes” que no encontraban aquí. En 1535 escribía Miguel Servet en su traducción de la Geografía de Ptolomeo, (Lyon 1535) : “se cuenta de los Reyes de Francia dos cosas memorables : primero, que existe en la Iglesia de Reims un vaso eternamente lleno de óleo enviado del cielo para la coronación, con el cual todos los Reyes son ungidos, y segundo que el Rey, por su solo contacto, cura las escrófulas. Yo he visto por mis propios ojos al Rey tocar a varios enfermos que padecían esta afección. Si les fue devuelta la salud es lo que no he visto… pero he oído decir que muchos enfermos han recuperado la salud”.

La desaparición definitiva del “toque de reyes” tuvo lugar primero en Inglaterra y luego en Francia por causa de revoluciones política. Sin embargo, la gente continuó creyendo en toda clase de supersticiones. Los jesuitas atacaron esta costumbre del toque de reyes diciendo que no era más que una impostura y una ilusión. El jesuita español del Río, fue uno de los que más escribieron en contra de estos ritos supersticiosos (Investigaciones sobre las cosas mágicas, 1593; Disquisitionum, 1606).

En Inglaterra, el año 1702 fue proclamada Ana como Reina y el 27 de abril de 1714, tres meses antes de su muerte, practicó por última vez el rito del “toque de reyes”. Desde entonces ningún rey de Inglaterra volvió a practicar tal rito, aunque en el exilio, Jacobo II y más tarde su hija, curaron las escrófulas en Francia y en Italia.

En Francia, durante el siglo XVIII, Luis XV, siguió practicando el rito. El 29 de octubre de 1722, día siguiente a su consagración como rey, tocó más de 2.000 escrofulosos que le fueron presentados en el parque de Saint Remy en Reims. Pero en 1739, su confesor le prohibió el acceso a la comunión y por consiguiente el “toque de reyes” por estar en concubinato con Mme. De Mailly. Luis XVI, al día siguiente de su coronación, volvió a renovar el viejo ritual tocando a 2.400 escrofulosos a los que decía solemnemente: “¡Que Dios te cure!” Con la caída de la cabeza del último de los Capeto, desapareció también de Francia la cura de las escrófulas por el toque de rey. Pero en 1825, la restauración llevó al trono de aquel país a Carlos X. El propio pueblo francés, a pesar de la oposición de la mayoría de los católicos, pidió que se restableciera el antiguo rito, y Carlos X se encontró en Reims, en el Hospital de San Marcoul una muchedumbre anhelante de escrofulosos que le pedían que los tocase. Carlos X no quiso renovar aquella superstición y ordenó regresar a sus casas a todos aquellos infelices. El 31 de mayo de 1825 volvió a visitar a los enfermos en el Hospital y se encontró con 130 escrofulosos que le imploraban que los curase. Y para complacerlos les dirigió unas palabras cariñosas, al tiempo que recitaba la fórmula tradicional “El Rey te toca, Dios te cura”.

Síndrome de la fatiga crónica

Existe actualmente en muchos países, especialmente en Estados Unidos un movimiento entre muchos especialistas médicos que tratan de dar entidad clínica al que se viene llamando hace tiempo “Síndrome de fatiga crónica” (en inglés Chronic Fatigue Syndrome, SFC), caracterizado por un estado general de cansancio o astenia, tanto mental como físico y diversos trastornos neurológicos, que comienza por un estado aparentemente gripal e inflamación faríngea en un ambiente previo de stress. Sigue una polimorfa sintomatología caracterizada por cefaleas, disminución de la memoria y un cierto estado de confusión mental, dolores musculares y articulares sin aparentes signos de inflamación, trastornos gastrointestinales y del sueño, así como variaciones de la temperatura corporal. Todo ello se acompaña por una disminución de las defensas inmunológicas. Se le ha considerado por algunos autores como similar al síndrome producido por el virus de Epstein-Barr.

Varía esta sintomatología en su presentación, no siendo siempre tan florida, y presentando varios grados de intensidad, probablemente dependiendo de factores individuales.

El paciente por lo general queda en un estado que no le permite realizar una vida activa y normal.

ETIOLOGIA

No se ha podido determinar la existencia de un posible agente causal, habiendo sido atribuído al virus de Epstein-Barr que ya se sabía que produce una encefalopatía, pero se ha desechado esta hipótesis. Otros creen que el responsable es el virus HHV-6 del herpes, un enterovirus, un retrovirus u otro virus desconocido, toxinas o agentes de la contaminación atmosférica y por supuesto que ha de existir una predisposición genética.

Otros autores consideran que se trata de un trastorno del eje hipotalámico-pituitario-suprarrenal que es el que controla la respuesta al stress y otras muchas funciones corporales.

Lo más probable es que se trate de un conjunto de factores asociados, aunque por el momento sólo se trata de hipótesis. Por los síntomas que presentaban algunos soldados de los que participaron en la Guerra del Golfo Pérsico (Gulf War Syndrome) y por la depresión que acompañaba a estos enfermos (cuadro depresivo o de ansiedad) muchos lo han incluído en el cajón de sastre de las “depresiones”.

También se ha confundido con la fibromialgia y se le ha etiquetado a veces como encéfalomielitis miálgica. Algunos autores han querido reubatizarlo con el nombre de “Síndrome de Nightingale” en honor de la fundadora de la Cruz Roja internacional quien padeció toda su vida una enfermedad fatigante crónica lo que no le impidió sin embargo con un soberano esfuerzo llevar a cabo sus múltiples actividades.

Lo cierto es que el stress parece intervenir como factor desencadenante o al menos predisponente abonando el campo para su aparición. Factores como la edad, el sexo (las mujeres sufren este síndrome en proporción del 70-80%) y el debilitamiento producido por alguna enfermedad anterior o una intervención quirúrgica, han sido invocados para justificar la aparición de este “Síndrome de Fatiga Crónica”. La afectación del sistema inmunológico ha hecho sospechar que tuviera alguna relación con el SIDA.

La duración de la enfermedad, considerada como entidad propia, puede variar de uno a varios años o hacerse permanente, puede tener periodos alternantes (ciclicidad) con picos o exacerbaciones y periodos de remisión y según los que han seguido de cerca a estos pacientes, llega a curarse espontáneamente si otra enfermedad intercurrente no se interpone. Este es el caso de la depresión verdadera que se instala en esta clase de enfermos al ver disminuída su actividad vital, social, educativa, ocupacional y personal, siendo entonces la depresión, no el agente causal sino la consecuencia del SCF.

TRATAMIENTO

Al desconocerse en agente causal, no existe un tratamiento específico. Sin embargo, existen una serie de formas de atender estos casos, comenzando por la más importante que es eliminar el stress, ya que se ha comprobado que la enfermedad se agrava con el mismo. El descanso es algo fundamental para la mejoría de estos pacientes.

Esta clase de enfermos son muy sensibles a toda clase de medicamentos. Mejoran con pequeñas dosis de inhibidores de la serotonina (Prozac, Paxil, Zaloft) y dosis también pequeñas de antidepresivos tricíclicos (Doxepín, Amitriptiline) que mejoran la calidad del sueño así como los dolores musculares y articulares. También se benefician con antiinflamatorios no esteroides como Naproxen que disminuye las cefaleas.

Los coadyuvantes como dieta, refuerzos vitamínicos (especialmente el complejo B y en especial la vitamina B12), acupuntura y masajes (por sus efectos beneficiosos sobre la circulación) y el ejercicio físico moderado, especialmente el permanecer en el agua dulce temperada aunque sea sin nadar ni exigir esfuerzo al organismo sino simplemente moverse dentro del agua, ayuda al restablecimiento general.

Evitar el alcohol, la cafeína, teobromina y el tabaco es básico también para establecer el tratamiento.

Recientemente y con objeto de ayudar a estos enfermos el Dr. Roger Burns y sus colaboradores han creado un grupo de estudio sobre los afectados por este síndrome (Internet CFS Group) que coordina los progresos en el mejor conocimiento de la enfermedad.

Numerosos médicos y biólogos, por su parte realizan investigaciones en diversas direcciones, por ejemplo: M. Demitrack de la Universidad de Michigan y S. Strauss estudian la disfunción del eje hipotalámico-pituitario-suprarrenal; A. Komaroff de Harvard y D. Ablashi de Georgetown investigan el posible papel que pueden desempeñar los virus HHV-6 (del herpes) y el EBV (Epstein-Barr virus). W.J.Martin de la Universidad del S.O. de California investiga sobre el “Stealth virus” como posible agente causal y los Drs. N.Klimas, R. Patarca de la Universidad de Miami y J. Levy del UCSF, están investigando las anomalías inmunológicas que se presentan en este síndrome así como su posible contagiosidad.

Recientemente han aparecido una serie de artículos en Revistas médicas como Ann.Int.Med 116:103-112 de febrero de 1992 donde Buchwald y col. estudian este Síndrome de Fatiga Crónica. También es importante el trabajo de S. Strauss y col. en el J.of Clin. Inmunol. de enero de 1993 (13:30-40), el de K.Fukuda y colaboradores que publicaron el año pasado de 1994 un estudio muy completo sobre el CFS (Ann.Int.Med 121: 953-959).

También merece la pena leer los trabajos de Blonde-Hill dedicado al tratamiento de esta enfermedad en la revista Drugs de octubre de 1993 (46: 639-651) y el de Goodnick y col. sobre el tratamiento psicotrópico del CFS en el J. of Psychiatry de enero de 1993 (54:13-30).

Complemento para estos estudios es la síntesis publicada en el libro de Dawson y Sabin “Chronic Fatigue Syndrome” en 1993.

El CDC (Centro de control de Enfermedades) de Atlanta Georgia, USA, ha reconocido a la CFS como entidad independiente y actualmente buscan con varios proyectos de investigación el posible agente causal o trastorno de la bioquímica del cerebro responsable de ésta que se incluye entre las “enfermedades emergentes”.

La pregunta que se hacen muchos investigadores es: ¿estamos ante una enfermedad de nueva aparición? Si es así, el clínico tiene que estar ojo avizor ante una sintomatología que por parecerse a otros procesos puede ser confundida con ellos. Como todo diagnóstico precoz, permite un mejor enfoque del tratamiento y el restablecimiento precoz del enfermo. Y si se trata de una proceso ya existente, quiere decir que ahora la Medicina clínica está afinando más en detectar otra de esas que se vienen llamando “enfermedades emergentes”.

Sadomasoquismo

Entre las numerosas parafilias se estudian el sadismo y el masoquismo. No hay sadismo sin masoquismo y viceversa, como decía STEKEL. Sadismo y masoquismo aparecen muy a menudo reunidos en una misma persona. Se trata de neurosis obsesivas.

El sadismo es la excitación sexual provocada por padecimiento físico o dolores morales y obtenida deliberadamente por medio de lesiones personales, injuriosas o amenazas (sadismo verbal). No debe confundirse con la crueldad aunque ésta en ocasiones vaya seguida secundariamente de estímulos tumescentes, no buscados de propósito. El sadismo exige la deliberación sexual. Existe el placer de la crueldad sin que sea sadismo. La fría crueldad de los niños con los animales no es sadismo. El sadismo puede combinarse con canibalismo.

Deriva el nombre de sadismo del nombre del escritor francés Marqués de Sade, coetáneo de la Revolución francesa, autor de obras como “Justine” o “Las 120 jornadas de Sodoma” en las que describe la perversidad de su propia conducta. Pasó 33 años en la cárcel y acabó volviéndose loco. Probablemente lo estuvo siempre.

Llámase algolagnia activa a la voluptuosidad experimentada por el dolor. Se trata de los que provocan voluntariamente en sí mismos (algolagnia pasiva) o mediante tercera persona, o en otros (algolagnia activa) sensaciones dolorosas como estímulo libidinógeno (patofilia, sadismo, masoquismo). Muchos asesinos son sádicos, es decir se excitan sexualmente al herir o matar a sus víctimas.

Se ha definido también como “perversión sexual en la que se inflinge o se sufre (sadismo o masoquismo) dolor”. El sadismo se complica con frecuencia con otras desviaciones como la necrofilia (necro-sadismo), la bestialidad o el sado-fetichismo. El masoquismo o algolagnia pasiva, es la excitación de la libidine en la víctima (voluntaria por lo general) mediante fustigación, ahorcamiento simulado, heridas y malos tratos, sevicias, aunque sólo sean verbales (masoquismo simbólico).

SACHER MASOCH, a quien debe el nombre esta desviación sexual, fué un literato austriaco cuyo apellido dió origen al término de masoquismo. En realidad dicho autor describió las notas principales de la algolagnia pasiva simbólica en su famoso libro “La Venus de las Pieles” cuyo protagonista es una mujer llamada Wanda. Leopoldo de Sacher Masoch n. en Lemberg (1835) y m. en Lindheim (1885). Publicó numerosas obras en su patria y en París. Sus novelas provocaron escándalos por su carácter sexual sucubista. Después de su muerte algunas fueron publicadas por su esposa, Aurora de Reömelin, que utilizaba el seudónimo de Wanda Dunajew, nombre que Masoch le había atribuído en el más célebre de sus relatos “Die Damen in Pelz” (La Venus de las Pieles), narración autobiográfica.

“El masoquismo es una anomalía de la emotividad, consistente en la búsqueda de sufrimientos, reales o imaginarios, bien para facilitar o excitar el placer sexual, bien para constituir un equivalente de las excitaciones sexuales que provocan el orgasmo”, decía Stekel.

“Los dolores no son más que el símbolo de la sumisión” según interpretaba el gran sexólogo KRAFT-EBING.

Cuando hombres brutales pegan a sus mujeres y éstas, aguantan por amor los golpes, sin encontrar en esto ningún placer, se trata de una forma de servidumbre que se parece al masoquismo, pero que no lo es en realidad, sino más bien un estado pasivo.

El flagelantismo está relacionado con el hecho de que la piel es “el único gran órgano erótico”, al decir de BLOCH. En algunas grandes ciudades existen los llamados “cuartos de tortura” para pervertidos (desviados sexuales). El aparato llamado por el nombre de su autor Berkley, sirve para ser atado el masoquista y luego flagelado. Las llamadas “masajistas severas” son personas que utilizan estos sistemas para excitar sexualmente a sus clientes.

No hay que confundir flagelantismo con la severa disciplina para consigo mismo a través del dolor físico que algunas personas practican para conseguir la perfección con una finalidad religiosa o deportiva.

La flagelación del pene con ortigas se utilizaba mucho en el s. XVII y ponía el miembro rígido como un cuerno. Hay personas a las que los latigazos producen orgasmos.

En los animales existe también el masoquismo. Los caballos, con frecuencia, cuando se ponen al lado de una hembra en celo sólo tienen reacción y la montan si se les fustiga o simplemente oyen el ruido de la fusta. Los campesinos ayudan con gritos y amenazas a la monta de los animales. El colmo del masoquismo es el de la Mantis religiosa, un insecto que devora al macho después de haberla cubierto o el de algunas arañas que devoran al macho en pleno acto sexual cosa que éste soporta porque es incapaz de separarse de ella.

Muchos masoquismos proceden de las palizas, flagelaciones, sevicias, correazos, zapatillazos o insultos verbales que ciertos padres sin educación ni conocimiento, propinan a sus hijos como castigo ante cualquier falta y algunos maestros que realmente son verdaderos sádicos cuando propinan castigos corporales a sus alumnos. Lo que al principio produce dolor se acaba convirtiendo en placer sexual y resentimiento (algolagnia pasiva). Con los años irán desarrollando estas desviaciones sexuales cuyo origen se remonta a aquellos castigos físicos o verbales sufridos en la infancia. Muchos se convierten en homosexuales por haberles dado azotes en las nalgas cuando niños.

Con frecuencia les basta imaginarse la flagelación, la paliza o los insultos (fantasías eróticas) para excitarse sexualmente. Pero el flagelantismo puede comenzar a edad avanzada.

Los indios chocóes con los que trabajé mucho durante mis estudios antropológicos en Darién, se excitan sexualmente en el matrimonio con respectivas acciones sadomasoquistas. Ella le clava las uñas al marido en el mentón hasta hacerle sangre y él le da a ella unos fuertes y dolorosos pellizcos en las caderas que le producen moraduras (hematomas). Basta ver a una pareja con estos estigmas para pensar: “¡Qué enamorados están!”.

Entre muchas tribus africanas se acostumbra a producir dolorosos tatuajes en relieve, queloideos, en las nalgas y bajo vientre de la mujer, que son indispensables para producir excitación sexual en el varón. Poca oportunidad tendrá una mujer de encontrar marido si no lleva al matrimonio tales tatuajes.

El mordisco ha sido utilizado como manifestación sádica por parte de quien lo da y masoquista por quien lo recibe con placer. Los libros hindúes señalan siete clases de mordiscos voluptuosos.

Es antigua costumbre en la Isla de Borneo y otras de Malasia e Indonesia que el varón atraviese su glande con una varilla metálica llamada kalang rematada por dos botones metálicos. De estas manera practica el coito cosa que sus mujeres parecen agradecer bastante, pues incluso les regalan a ellos algún kalang de repuesto de vez en cuando.

Es frecuente entre masoquistas la práctica del “equus eroticus”. Consiste en poner bridas al sujeto como si se tratase de un caballo o de una mula, colocándose a cuatro patas. El compañero o compañera monta sobre sus espaldas en esta posición y le fustiga con un látigo. Se atribuye al sabio griego ARISTOTELES esta perversión. Se cuenta que la hetaira Filis castigaba así al estagirita para excitarle sexualmente.

Por eso algunos psicólogos recomiendan que los niños no monten en las espaldas de otras personas para no fijar en ellos fantasías eróticas que lleguen a convertirlos en desviados sexuales.

El ceñimiento consiste en atar a una persona con lazos y cuerdas y dejarla en un cuarto obscuro que simula ser una prisión.

El ahorcamiento fingido provoca erección y orgasmo. Es sabido en Medicina Legal que los que se suicidan por ahorcamiento sufren un orgasmo en el momento que precede a la muerte o se orinan, como se ha comprobado por la presencia de esperma o de orina en su ropa interior. Ha habido casos de niños que se han ahorcado de verdad pretendiendo hacerlo en broma.

Cuentan los anales de la Medicina Legal el caso de una mujer que se luxaba intencionadamente el brazo para experimentar la sensación voluptuosa de una reducción sin narcosis.

Las autolesiones son frecuentes en desviados sexuales masoquistas, especialmente en las cárceles. Se producen cortes en la piel que sangra por diversos lugares del cuerpo. Por ello el perito médico-legista debe ser muy cuidadoso a la hora de distinguir si tales lesiones son autoinflingidas o no.

Otros sadomasoquistas se introducen objetos o cuerpos extraños muy variados en el recto, vagina y uretra, pero de los casos más notables que he visto fué la extracción quirúrgica que hubo que hacerle a un homosexual que se introdujo él mismo una linterna eléctrica en el intestino.

La exposición al frío intenso es utilizada por algunos masoquistas para provocar excitación sexual.

Existe también el picacismo o pica, que es la perversión del gusto, que impulsa a ingerir substancias repugnantes o simplemente no alimenticias, el olfateo de olores fétidos, el paladear sangre menstrual, esperma o heces de otra persona o de sí mismo, cosa que en forma casi normal hacen los niños de pecho que juegan con sus excrementos y se los llevan a la boca (coprofagia).

Hay quienes para excitarse sexualmente necesitan que una prostituta se orine o defeque encima de ellos, en su boca o sobre su abdomen para exitarse sexualmente. Se trata de auténticos enfermos mentales. La unción de crema de zapatos fué utilizada en algún caso con los mismos fines. La secta de los gnósticos deglutía con veneración esperma y sangre menstrual.

Con frecuencia se asocian la algolagnia activa o sadismo y la pasiva o masoquismo con el fetichismo y otras desviaciones sexuales como el narcisismo o el trasvestismo.

Algunos casos constituyen verdaderos problemas médicolegales como el ahorcamiento masoquista o los golpes recibidos por la esposa o malos tratos físicos y verbales que no sólo no rechaza, sino que son deseados y provocados por la propia víctima a la que producen gran satisfacción. Para algunas mujeres esto significa que son “fuertemente amadas”.

El sucubismo es la renuncia a la propia personalidad, a la propia individualidad, tal es el caso de las pobres infelices que trabajan para los “macarras” a las que éstos obligan a prostituirse y entregarles lo que cobran a sus clientes. A veces son los propios padres los que prostituyen a sus hijas por razones económicas. El sometimiento a las vejaciones de la pareja se presenta tanto en hombres como en mujeres. El sucubismo puede asociarse con el inspeccionismo.

Todas estas desviaciones sexuales y otras muchas más están íntimamente relacionadas con el mundo del crimen.

Representación de las enfermedades.

Hay enfermedades que pueden ser fácilmente representadas en pinturas, tallas o cerámica, por ejemplo, los jorobados (Mal de Pott) tan frecuentemente pintados o modelados hace 4.000 y 5.000 años, la cojera, la ceguera, el enanismo acondroplásico (figurillas egipcias, diosecillos Bes, figurillas de Benin), el gigantismo, la turricefalia, los bubones, la parálisis facial, la atrofia de extremidades posiblemente poliomielítica, heridas, úlceras, bartonelosis, mutilaciones diversas, esteatopigia (Venus de Willendorf y similares), deformación craneal (huacos peruanos, monedas de Atila, pinturas como la de los 500 Lohans de Buda), la utah o gangosa (leishmaniasis mucocutánea).

La excelente cerámica mochica-chimú o la azteca, así como la de Benín en África occidental, o las tallas en piedra, nos han dejado excelentes representaciones de múltiples enfermedades que nos permiten afirmar su existencia en aquellos lejanos tiempos. Tallas y pinturas egipcias, figuritas de diversas épocas faraónicas nos han permitido saber más sobre las enfermedades del pasado.

Pero los materiales llegados hasta nosotros (piedra, barro cocido, pinturas parietales), no excluyen la posibilidad de que hayan sido representadas también en otros materiales perecederos como la madera y las pinturas en tejidos de fibra o cortezas de árboles, difíciles de conservar con el paso del tiempo.

Técnicas quirúrgicas o curativas también han sido representadas, la trepanación aparece como motivo en la empuñadura de algunos tumis peruanos, el acto del parto en huacos peruanos y figurillas de piedra aztecas, técnicas de deformación craneal representada en huacos de barro cocido y aperos deformadores incaicos, perforaciones de labio inferior y superior o tabique nasal y alas de la nariz para la colocación de tembetás o adornos de oro o plumarios, perforaciones de pabellones auriculares y lóbulos con enormes deformidades para colocar en ellos adornos. Hay representaciones de danzas rituales curativas, algunas muy antiguas como la danza del chamán de la Cueva des Trois Frères. En el Abri Mège (Dordoña) hay pinturas rupestres representando varias figuras humanas cubiertas con máscaras zoomorfas en actitud de danzar y al pie de estas pinturas pueden verse innumerables huellas de pies humanos marcadas en el suelo, prueba evidente de que allí se practicaron tales danzas. Hay representaciones de tatuajes en pinturas hechas sobre vasijas de cerámica, incluso tatuajes queloideos en figuritas de Benin.

La Revolución Neolítica (7000-10000 a.C.) representó un enorme avance en la civilización. El asentamiento en grupos estables, en poblados, fue unido a un cambio en la economía de producción de alimentos. El antiguo nómada cazador-recolector, se hace más sedentario, disponiendo de más tiempo para la invención. Naturalmente este paso no fue brusco sino que debió tardar muchos miles de años. Aparecen instrumentos nuevos, se pule la piedra, el acabado de los instrumentos es muy cuidadoso. Se construyen viviendas de madera que se rodean de empalizadas defensivas hechas de troncos, a veces de tipo palafitos en zonas lacustres. Surgen los más importantes logros que han llegado hasta nuestros días: la domesticación de animales, el salvaje toro, una vez castrado se convierte en buey, utilizando su fuerza como animal de tiro. El hombre neolítico, trabaja y cultiva la tierra. Aparece la ganadería con diversas especies animales que le proporcionan carne, leche, ropa. Cultiva las plantas, algunas textiles, que le proporcionan fibras con las que elabora diversos utensilios y vestidos. Confecciona cestos con juncos y pieles de animales, cuyo interior reviste de barro, lo que proporciona probablemente la idea para la fabricación de la cerámica, que será más tarde cocida, endurecida al fuego y barnizada o dibujada artísticamente. La vida social se hace más complicada.

Es natural pensar que esta revolución en la economía, en lo social y en las ideas tuvo que influir sobre la enfermedad. Del máximo interés es el estudio de coprolitos procedentes de aquellos primeros asentamientos humanos para el conocimiento de algunas de las enfermedades parasitarias que debió sufrir el hombre neolítico así como la información que proporcionan sobre su dieta diaria. Muchas de las enfermedades actuales no pudieron presentarse seguramente en el hombre prehistórico nómada. Por ejemplo, la viruela, el sarampión, la tos ferina, las infecciones entéricas. El escaso número de los grupos humanos de entonces y el escaso contacto con otros grupos no permitía la transmisión directa de este tipo de enfermedades. Quizás pudo padecer tuberculosis, lepra, treponematosis, que por su cronicidad pudieron sobrevivir en aquellos pequeños grupos. Pero enfermedades como el paludismo que pudieron existir en el Paleolítico, debieron incrementarse notablemente con la formación de núcleos mayores de población estable y con el desarrollo de la agricultura. Señala Mc Keown que el hombre paleolítico pudo adquirir enfermedades transmisibles conservadas por los animales (zoonosis): brucelosis, salmonelosis, peste, leptospirosis, fiebre intermitente, tularemia, ricketsiosis. Quizás pudo sufrir rabia transmitida por los lobos o murciélagos o neumonías producidas por histoplasmosis (Histoplasma capsulatum) presentes en el guano de los murciélagos, quizás una enfermedad que fue más frecuente de lo que creemos, como la rabia, en aquellos lejanos tiempos entre los hombres que vivieron en cuevas. También pudo sufrir de diversos arbovirus transmitidos por primates o fiebre amarilla selvática cuyos reservorios son los monos perezosos (Bradypus tridactylus y Choloepus didactylus). Muchas de estas enfermedades debieron ser más frecuentes en las regiones tropicales. Enfermedades no contagiosas (cáncer, cardiopatías, diabetes) debieron ser raras o no existían según han pensado muchos autores. Pero si vamos a creer el aforismo médico de que “el reumatismo lame las articulaciones y muerde el corazón”, y habiendo tantos casos de reumatismo articular, pudieron existir las cardiopatías. Además, la enfermedad de Chagas en regiones tropicales ha existido y producido muchas lesiones miocárdicas.

Las artritis fueron muy frecuentes y las incapacidades por lesiones accidentales sufridas durante las cacerías. El ahogarse en la corriente de los ríos, los raudales o en el mar, no debió ser causa infrecuente de muerte.

Se ha dicho que la escasez de alimentos fue la causa principal de la elevada tasa de mortalidad que debieron sufrir aquellos grupos primitivos. Sin embargo, el equilibrio se mantuvo durante millones de años.

LEE y DEBOR (1968) decían que “la forma de vida dedicada a la caza y la recolección tuvo que ser muy buena para que el hombre la conservase durante millones de años”. Por ello se ha dicho que es ´la adaptación más afortunada y persistente que jamás haya logrado el hombreª.

La revolución neolítica permitió al hombre cultivar entre otras, las plantas medicinales. Varios centenares de especies se han identificado en torno a las poblaciones neolíticas, algunas de las cuales se establecieron en las proximidades de manantiales de aguas calientes mineromedicinales, que debió utilizar para baños y bebidas, tal es el caso del yacimiento hallado en St. Moritz.

La enfermedad y la medicina evolucionaron como las ideas del hombre.

Si estudiamos en el espacio y en el tiempo la medicina primitiva y la nuestra moderna, vemos que aquélla cubre miles de años, mientras la nuestra es de hace poco tiempo relativamente aunque evolucione más deprisa. Sin embargo, ´la medicina primitiva parece haber cumplido sus propósitos más o menos satisfactoriamente durante miles de años, incluso en algunos lugares o períodos parece haber sido superior a nuestra medicinaª (ACKERKNECHT, 1971).

Para la medicina primitiva, la enfermedad no sólo está en el cuerpo sino en el espíritu. Por ello su tratamiento ha de incluir al individuo in toto. Es la más antigua medicina psicosomática. Si estudiamos de cerca los grupos humanos primitivos llegados hasta nuestro tiempo, es indudable que nos estamos aproximando a través de ellos a lo que fueron los grupos más remotos en el tiempo.

Por eso, los cronistas de Indias o de las islas oceánicas, son la mejor fuente histórica escrita de una medicina primitiva arcaica, aún no contaminada por la nuestra. Aztecas, mayas e incas habían desarrollado una medicina natural y una cirugía de alto nivel como lo eran sus sociedades, a pesar del sacrificio humano y la antropología. Al hablar de ellos, no podemos calificarlos de primitivos, al menos en los aspectos médicos. Sus técnicas fueron en muchos casos superiores a las europeas como lo reconocen los mismos cronistas y descubridores, que no vacilaban en ponerse en manos de los médicos indígenas, para curar sus propios males.

No me extenderé aquí en hablar sobre la deuda que tiene contraída la medicina moderna con las llamadas medicinas primitivas. Lo he hecho en otras ocasiones y publicaciones (REVERTE, 1981, 1982). Sólo diré que en nuestra farmacopea se puede encontrar entre los medios más eficaces de curar, un gran porcentaje que debemos a las medicinas primitivas. Y si se realizase un estudio sistemático en profundidad, de las plantas medicinales utilizadas actualmente por los chamanes indígenas, podríamos aumentar la lista hasta extremos que no me atrevo ni a expresar.

Si las condiciones en que vive el actual primitivo determinan la aparición de ciertas enfermedades, es de suponer que si esas condiciones no han variado en miles de años, las enfermedades debieron ser muy parecidas.

Nuevo género de vida en el hombre neolítico, nuevo tipo de enfermedades, muchas de ellas transmitidas por los animales con los que convivió. Hubo además un cambio en la dieta y con él un cambio en la fisiopatología. Los parásitos intestinales por ejemplo, debieron encontrar un mejor terreno en el hacinamiento y el sedentarismo humano, así como muchas enfermedades infecciosas.

El hombre prehistórico estuvo dedicado durante miles de años a buscar la comida, reproducirse y defenderse de los predadores. La confección de instrumentos, ropa, utensilios, armas y medios de transporte fueron actividades complementarias. Respetó el medio ambiente, luchó contra él, lo venció pero no lo malgastó. Se multiplicó y emigró al mundo entero como una gota de aceite que se extiende en el agua y de los escasos hombres en grupos que poblaron el Paleolítico, al final del Pleistoceno el hombre habitaba ya todo el planeta prácticamente.

La dieta paleolítica debió ser de un 70% de vegetales y un 30% de carne. Sus movimientos seguían los movimientos de la caza. Muy probablemente limitó su natalidad a los recursos disponibles (lactancia prolongada, infanticidio, eutanasia pasiva abandonando a enfermos e impedidos, o activa, gerontocidio y suicidio). La densidad de población tuvo que ser escasa. La red humana que se tejía sobre el mundo era muy laxa. Homo erectus debió haber 1,7 millones (1 por cada 10 Km 2 . Hace 10.000 años, antes de la revolución agrícola, se calcula que la población humana del planeta era de 4 millones.

ACKERKNECHT compara su densidad a la de los gorilas (1 por Km 2) en las áreas pobladas por ellos o la de los chimpancés (3 ó 4 por Km 2 ). Con tan escasa densidad de población era natural que hubiese menos oportunidades de adquirir infecciones, de contagiarse unos a otros. A pesar de ello, la muerte del hombre prehistórico debió ser la mayoría de las veces por infecciones y traumatismos. Algo parecido a las causas de muerte de los animales en libertad en nuestros días: predadores, parasitosis diversas, escasez de alimentos y enfermedades infecciosas. Las neoplasias son raras en los animales en libertad. Las parasitosis intestinales son muy frecuentes en animales africanos en la actualidad. En Tanzania pude ver no menos de 5 especies diferentes de parásitos intestinales sólo en las culebras.

BARNES (“Biology of the preneolithic man”) señala que los monos en libertad nunca sufren de arterioesclerosis e hipertensión, cosa que sí sucede en los monos en cautividad. Las artrosis que he visto en perros domésticos son espectaculares; en cambio son más raras en animales libres. Los traumatismos (caídas de árboles o sobre piedras), las lesiones oculares por golpes con ramas lo mismo que sucede hoy debieron ser muy frecuentes, así como las picaduras de culebras o lesiones oculares producidas por esquirlas de piedra al elaborar material lítico.

El primitivo actual no sufre de obesidad, cáncer, diabetes e hipertensión. Pero cuando acepta las formas de vida de nuestra cultura, aparecen todas estas enfermedades con la misma frecuencia que entre nosotros.

Me decía quejoso el famoso sahila de la tribu cuna, YABILIQUIÑA, que murió de más de 100 años de edad, en San Blas (Panamá): “Nosotros los indios cuna, tenemos que resistir que desaparezca nuestro pueblo y sus costumbres. Siempre fueron buenas para nosotros. Civilización es igual a corrupción. No nos ha traído más que alcohol destilado y malo, enfermedades venéreas, drogas, política… y muchas más enfermedades. Por eso realizamos frecuentes asambleas y congresos donde los viejos defendemos la vida tradicional. Por eso no queremos que los cunas se casen más que con gente de nuestra tribu. Nosotros somos un pueblo cazador y pescador, recogemos mariscos de las rocas y frutos de los árboles, el coco que se produce por millones en nuestras palmeras de San Blas es nuestra moneda de cambio para obtener otros productos que nos hacen falta. No queremos ganado que nos obligaría a tumbar árboles y destruir nuestras selvas. Hemos aceptado muchas cosas de vuestra cultura, como a los misioneros y sus escuelas, pero con limitaciones. Queremos vivir nuestra vida”.

Agudamente el Dr. Cárdenas, uno de los cronistas de Indias (“Problemas y secretos maravillosos de las Indias”), señala que “es muy raro ver a un indio quejarse, ni enfermar de reuma, ijada, mal de orina u otros males que tan continuos y ordinarios son en los españoles, pues a los mozos y muchachos no perdonan”. Revisando bien el género de vida que llevan unos y otros, atribuye esta diferencia a la dieta fundamentalmente y al ejercicio que hace el indio. Anota que el chile y las tortillas de maíz ayudan al indio a limpiar su cuerpo de malos humores y el ejercicio hace lo demás. En cambio, los españoles comían más y hacían menos ejercicio y además, dice: “los españoles hacen comidas guisadas o aderezadas con manteca de cerdo, mientras que los indios usan el aceite que le dan sus palmeras”. Termina insistiendo: “la manteca de cerdo es por extremo flemosa”. Tampoco escapa a su agudeza el papel que la herencia desempeña en estos males. Todos los primitivos saben tratar las heridas, utilizando polvos de cortezas o raíces ralladas, hierbas, cataplasmas-emplastos, infusiones y a veces insectos pulverizados. También saben cómo detener las hemorragias, a veces usando torniquetes, otras colocando telarañas sobre las heridas, tabaco, gomas, resinas pulverizadas, barro, cenizas de plantas diversas, líquenes raspados de los árboles o de las piedras, todo unido a vendajes compresivos y naturalmente de cantos mágico-curativos.

Saben muchos cómo suturar las heridas. En Brasil utilizan ciertas hormigas de grandes quelíceros bucales, con los que sujetan los bordes de la herida, cortando después el cuerpo del insecto. Hay muchos que utilizan fibras textiles (los guaimíes usan el balso) o tendones de animales (los dakotas y mezcaleros), o espinas del árbol Whistle-tree (los masai). Este grupo masai africano, ha sido considerado con razón como verdaderos maestros en el arte de la cirugía, siendo capaces de suturar vasos sanguíneos con tendones. Los aztecas utilizaban cabellos humanos para suturar las heridas. Estos mismos masai suturan los intestinos rotos por el efecto de una flecha o una lanza. Conocen la cauterización de las heridas para detener una hemorragia. Los masai saben amputar las extremidades cuando hay una gangrena o una fractura complicada con aplastamiento y no tienen esperanzas de curar la herida de otra forma. También saben enuclear los ojos (globos oculares). En los casos de amputación utilizan prótesis (piernas de madera). Estos mismos masai saben incindir los abscesos del hígado. Los esquimales han sabido siempre amputar los dedos congelados. Los hotentotes extirpan los grandes labios de las mujeres con gran habilidad, como también en Abisinia y Eritrea. La práctica de la clitoridectomía es antiquísima en África. Para ello utilizan cuchillos de hierro hechos por ellos mismos o cuchillos de piedra muy aguzados. En Polinesia saben extraer lipomas de la piel y úlceras leprosas. Las parteras zulúes conocen muy bien la técnica del parto como lo han sabido todos los pueblos primitivos del mundo, unos mejor que otros, pero además hace muchísimos años que utilizan lo que nosotros llamamos maniobra de Credé para expulsar la placenta (masaje abdominal y presión sobre el fondo del útero) al mismo tiempo que hacen soplar a la parturienta con fuerza en una calabaza. Los chamanes zulúes utilizan un cauterio para eliminar el pus de una herida infectada. Los indios guaimíes vacían los hematomas por medio de una abertura hecha con una piedra al rojo vivo y a veces con un clavo.

Los indios sioux siempre han sabido reducir fracturas e inmovilizarlas correctamente, colocando al paciente tendido en el suelo cuando se rompía una pierna. Le situaban los fragmentos en posición y fijaban la pierna en extensión con cuerdas y estaquillas clavadas en el suelo, entablillando el miembro fracturado.

Los creek, los maoríes, hotentotes, esquimales y otros muchos pueblos han sabido tratar bien las fracturas utilizando tablillas e inmovilización. Los jíbaros que parecen más primitivos conocen desde tiempo inmemorial el uso de moldes de arcilla o pieles que usan como férula, adaptándolas al miembro lesionado. Los manos de Liberia utilizan masajes y tracción en las fracturas. Los tanala usan fuertes vendajes. Se diría desde nuestro punto de vista que no hay nada más racional que estas técnicas. Pues bien, ellos las irracionalizan acompañándolas de cantos mágico-religiosos, hierbas mágicas, gesticulaciones y danzas en torno al paciente. Pero aquí se presenta un problema ya antes apuntado: el tratamiento psicosomático que practica siempre el primitivo, para quien el enfermo está ´todo él enfermoª, cuerpo y espíritu. Trata ambas cosas, porque su cultura los ha hecho muy sugestionables, muy susceptibles.

Los esquimales y algunos grupos bantúes ya inventaron la incubadora para niños prematuros. Cosa notable si tenemos en cuenta que el aborto, el infanticidio y la limitación de la natalidad han sido la regla entre los primitivos del mundo entero por razones de índole económica y aún lo sigue siendo entre muchos actualmente.

La extracción del feto por sección del abdomen y del útero de la madre muerta, ha sido ampliamente realizada por los pueblos primitivos. Incluso FELKINN presenció en Uganda una cesárea con madre viva, practicada por el médico nativo. Utilizó vino de plátano como anestésico y desinfectante, detuvo la hemorragia cauterizando con un hierro al rojo, practicó una incisión desde el ombligo a la sínfisis pubiana y después de extraer al feto, suturó con lañas de hierro. La herida como comprobó después FELKINN, cicatrizó en 11 días sin complicaciones.

La embriotomía ha sido practicada por los negros de África occidental. Intervenciones quirúrgicas como la ablación del testículo (monárquia), la han practicado los bosquimanos y hotentotes, desde tiempos muy remotos, con el fin según ellos de limitar la natalidad. La mika o subincisión peneana ha sido practicada por los grupos más primitivos australianos (hipospadias total) también para limitar la natalidad.

Los indios seneca amputaban medio pie con gran habilidad a sus prisioneros para que no pudieran escapar. La amputación de la len-gua es práctica muy arcaica (mongoles, hindúes, egipcios y algunos pueblos de América), como la amputación de orejas, genitales y manos o nariz, de carácter punitivo. Los hindúes, hace posiblemente 3.000 años inventaron la técnica reparadora de nariz por autoinjerto lo mismo que se practica en nuestra propia cirugía estética. Técnicas aparentemente racionales son utilizadas y lo han sido seguramente hace milenios por el hombre primitivo.

Así vemos cómo hoy utilizan masajes, fricciones con sustancias medicinales, inhalaciones, fumigaciones, lavados intestinales, purgantes, cataplasmas, emplastos, pincelaciones con sustancias tintóreas, ventosas, escarificaciones, sanguijuelas, cauterizaciones, trepanaciones, amputaciones, abluciones, lavados, sudoración, baños de vapor, cuarentenas, aislamiento de enfermos, depilación, succión, extracción de cuerpos extraños, extracciones dentales, apertura de abscesos y forúnculos, extracción de niguas y de filarias, extracción de larvas de miasis cutáneas, flebotomía, aplicaciones de frío o calor, uso de anestésicos, presión vascular, hemostasia, eméticos, instilaciones oculares, gargarismos, colutorios, masticatorios, higiene bucal, sangría, inmovilización, dieta y dietética, ayunos, titilación de la úvula para inducir al vómito, eméticos, abstinencia sexual, circuncisión, vendajes diversos, moxa o puntos de fuego, cauterizaciones, administración de calcio a las gestantes, perforaciones dentales, nasales, auriculares…

¿Qué hay de racional en ellos? ¿Qué hay de lógico? ¿Qué hay de eficaz? ¿Qué hay de empírico? Todos ellos son racionales, son lógicos, son empíricos y en gran parte eficaces, pero separándolos del contexto mágico-religioso que va indisolublemente unido a todo tratamiento primitivo y sin el cual no saben actuar.

Cualquier chamán de cualquier tribu que estudiemos, es el depositario en el tiempo de una tradición siempre tan remota que ni ellos mismos podrían decir desde cuándo les viene transmitida de padres a hijos, de maestros a discípulos. Ellos son depositarios de un conjunto de conocimientos tradicionales, aprendidos y retenidos por creer en su eficacia. La materia médica chamánica no es infusa sino adquirida y esa adquisición es producto de múltiples pequeñas adquisiciones de sus predecesores que han ido formando un verdadero cuerpo de doctrina. El instinto y la observación del hombre y la naturaleza hicieron el milagro. El hombre buscó en la naturaleza basándose ya en su pensamiento mágico y utilizando la analogía, nuevas formas de curar.

Su capacidad natural para la curación de sus heridas y una ausencia de cepas virulentas de gérmenes en su medio ambiente, le ayudaron a sobrevivir en condiciones difíciles.

No es infrecuente que el poder chamánico lleve al poder político y por sus conocimientos y sabiduría el chamán sea elegido jefe de la tribu. Como depositario de las más viejas tradiciones tribales y de los secretos de la tribu, se sirve del desarrollo de la memoria o se ayuda de instrumentos como los ´aidemémoireª (pictografías, ideogramas, placas de piedra con dibujos en espiral o en bustrofedón) para retenerlo todo en forma de cantos chamánicos curativos pero al mismo tiempo conteniendo relatos de la historia de la tribu. Este lenguaje ideográfico de las tabillas o piedras del chamán es muy personal y sólo interpretable por quien lo escribió o un grupo muy reducido de discípulos iniciados.

Mis numerosos contactos con los chamanes de las tribus del Istmo de Panamá durante 17 años que viví en aquellas tierras, o los chamanes de diversas tribus de Brasil, Matto Grosso, Amazonia, y de algunos pueblos africanos, indonesios o filipinos, siberianos e incluso norte-europeos (lapones) me permitieron enseñarles algunas de las técnicas modernas de curar o utilizar medicamentos. Siempre, salvo raras excepciones, estuvieron dispuestos a aprender y usar nuestras medicinas (antimaláricos, antihelmínticos, antidiarreicos, febrífugos) y emplear nuestra forma de curar heridas, atender partos o reducir fracturas.

Así puede llegar a establecer lo que denominé hace 40 años “EL PACTO MÉDICO-HECHICERO”, técnica que me permitió establecer un intercambio muy provechoso entre nuestras medicinas y su forma de curar, sus tradiciones y conocimiento de las plantas. Ellos aprendieron y utilizaron con gran eficacia nuestros medicamentos y yo aprendí cuanto quisieron enseñarme de etnobotánica, de las propiedades de las plantas y de sus tradiciones. Este pacto se basaba en el mutuo respeto por nuestros respectivos conocimientos y creencias.

Existen especialistas en las medicinas arcaicas o tradicionales. Entre los cunas actuales por ejemplo, hay chamanes dedicados a curar sólo epidemias. Es el absoguedi o abisúa (el que sabe). Son muy pocos, puede que haya sólo cuatro o cinco para 3.000 indios que forman la tribu, mientras los medicine-man o inatuledis hay uno por cada 25 indios y Neles o chamanes por nacimiento uno por cada 200 indios. Entre los cunas está muy definida la especialización, el Nele es algo así como el vidente o ´seerª de Loeb mientras que el que aprendió por vocación es el inatuledi, equivalente al medicine-man de Loeb. Entre los indios guaimíes se hace distinción entre el sukiá que es el adivino o vidente con fuertes poderes espirituales, depositario de la tradición oral de la tribu aprendida en una lengua esotérica, ininteligible para los indios no iniciados. Luego está el krokodianga, que es el yerbero, el hombre-medicina que llega a serlo por vocación y aprendizaje.

Entre los indios chocóes sólo hay un tipo de chamán, que es el jaybaná, quien reúne en su persona todo lo que en las otras tribus se reparten los diversos especialistas. Igual practica la magia blanca, curativa, que la magia negra o capacidad de hacer el mal.

Todos ellos han pagado a otros chamanes para aprender, por ser iniciados. La mayoría de los chamanes son varones, aunque en algunas ocasiones pueden ser mujeres y en alguna tribu sólo son mujeres (la machi peruana, las neleguas cunas).

El chamán no sólo se dedica a curar, sino que desde la prehistoria ha reunido en su persona al médico, hechicero, mago, sacerdote, adivino, historiador, bardo y aún al jefe político o militar. Son algo así como el antecedente de todas nuestras profesiones.

Utilizan el sueño o los sueños que interpretan, los fetiches, la bolsa chamánica (llena de huesecillos, piedrecitas, hojas de coca, granos de maíz u otras semillas), tabaco, zumbadores, maracas, sonajas, pitos o tambores, bebidas alucinógenas, pipas de tabaco, amuletos, talismanes, pinturas mágicas, humo de plantas mágicas y múltiples elementos apotropaicos, lo mismo que el chamán prehistórico empleó las pinturas y dibujos en las rocas. Recibe pago por sus servicios, dependiendo su cuantía del éxito de su curación o el estatus social de su paciente. Se organizan a veces en sociedades secretas. El entrenamiento para llegar a ser chamán, aunque lo sea por nacimiento y la iniciación son a veces muy duros. Un chamán lo es de nacimiento cuando viene al mundo con icterus neonatorum, o algún nevus pigmentario o el cordón umbilical rodeándole el cuello, o nace de pie, o emitió algún grito intrauterino o nació con un diente de leche fuera. Las ceremonias iniciáticas se acompañan de ayunos, mortificaciones variadas, aislamiento, meditación, ordalías, aprendizaje de conocimiento de plantas, uso de alucinógenos, tallado de figuras antropo y zoomorfas y una serie de complicados rituales de purficación, muerte y resurreción a su nueva vida.

Su vestimenta varía según las tribus. El chamán yakuto lleva una capa con objetos metálicos cosidos que pesan por lo menos 20 ó 30Kg. En África, Sudamérica y en Oceanía utilizan máscaras de madera de formas monstruosas, utilizan cornamentas de búfalos o ciervos, adornos plumarios, pinturas corporales, llevan sus bastones mágicos y sombreros especiales así como sus instrumentos musicales. Su casa parece una farmacia o un museo, llena de medicamentos de lo más diversos y estrafalarios. A veces cultivan un huerto medicinal. Un Nele cuna llamado a casa del enfermo, le hace en primer lugar una ´historia clínicaª una anamnesis, informándose bien de los sueños que ha tenido, de posibles violaciones a algún tabú o si hay personas que le quieren mal. Echa sus piedras o sus granos sobre una manta y diagnostica la causa del mal. Luego quema cacao en un incensario ya que el humo es apotropaico. Preside la escena un cajón lleno de nuchus (tallas o muñecos antropomorfos de diversas maderas que representan los espíritus protectores). Canta a los nuchus cantos especiales como muigala, la canción de la vieja partera, o niaigala (el canto del diablo) o siaigala (el canto del cacao protector). Este canto estimula a los espíritus protectores a ir en busca del alma o espíritu del paciente cuyo rapto ha ocasionado la enfermedad. Luego señala el pronóstico. Volverá a repetir la escena y traerá medicinas vegetales que administrará al enfermo. A veces utilizan en algunas tribus la transferencia y la autopsia del animal para hacer el diagnóstico de la enfermedad.

El tratamiento varía según la causa del mal. Succionará si se trata de un cuerpo extraño, exorcisará si es un mal espíritu, hará una transferencia mágica del mal por contacto con algún sapo o conejillo de Indias. Todo compañado de ruido (maracas, sonajeros, tambor, etc.) ya que el ruido es también un elemento apotropaico, capaz de ahuyentar a los malos espíritus.

Si cree que la enfermedad es natural, utilizará baños, sangrías, vapores, frotaciones, unturas con ungüentos, pócimas, etc. Cuantas veces he presenciado estas escenas, me ha parecido que me trasladaba a la prehistoria de donde vienen con variantes en la parafernalia anque no en el fondo. La escena tuvo que ser la misma. Haciendo estudios comparativos entre los muy diversos grupos humanos primitivos de hoy, encontraremos rasgos culturales comunes a todos ellos que nos hacen pensar en lo arcaico de su origen. Lo mismo si estudiamos cadenas isoglososemánticas, tema poco estudiado, podemos deducir la antigüedad de algunas enfermedades y su tratamiento. Estas ideas han acompañado al hombre desde la prehistoria en sus lentos pero constantes desplazamientos por todo el planeta.

BREUIL decía que “la humanidad ha nacido en una cuna con ruedas”. El panorama que ofrecen los chamanes de las tribus actuales cuando se los estudia con detenimiento es el mismo que tenía lugar hace 5.000, 10.000 ó 100.000 años. Las medicinas primitivas nos permiten enviar sondas al pasado y cuando esto no es posible no nos queda más que el documento que es el hueso que habla, los restos óseos que muestran lesiones que les afectaron y quizás algún rasgo que nos permita entender o adivinar cómo fueron tratadas por el hombre prehistórico.

Si vemos dientes con fuerte abrasión pensamos que aquellos hombres hicieron una alimentación a base de raíces o vegetales crudos, o harinas molidas en molinos de piedra mezcladas con granitos desprendidos de éstos que fueron como papel de lija. De los huevos de helmintos, podemos llegar a deducir el índice de infestación que sufrían por diversas clases de parásitos intestinales. De las fibras halladas, el tipo de alimentos que usaban. De las lesiones de algunos huesos se puede deducir la forma del instrumento o arma que las produjo. El color de los dientes nos orienta sobre las posibles sustancias que mastican (el caso del betel de los oceánicos e hindúes por ejemplo).

De la forma de los cráneos imaginamos las técnicas que emplearon para deformarlos. De trepanaciones y escarificaciones o cauterizaciones, deducimos diversos procedimientos de curar. Del estudio químico de los huesos podemos hacer muchas deducciones sobre el balance dietético de sustancias minerales que ingerían o de oligoelementos. Es posible que el día que conozcamos el mapa genético completo, podamos deducir muchas más cosas del pasado de aquellos restos óseos.

“La vida es breve, el arte es largo, la ocasión fugaz, el experimento peligroso, el juicio difícil”… No lo digo yo, lo dijo HIPÓCRATES, padre de la medicina moderna.

“Vita brevis, ars longa, ocassio praeceps, experimentum periculosum, judicium difficiles”, como reza el aforismo hipocrático.

Medicinas primitivas, paleomedicina y paleopatología.

El estudio comparativo de las medicinas primitivas con la paleomedicina y la paleopatología ha de ser en gran parte especulativo ya que a través de él trataré de deducir por analogía con los actuales pueblos primitivos y sus medicinas, lo que pudo suceder en un pasado muy remoto, en el amplio campo de la enfermedad y cómo se enfrentó a ella el hombre desde que tuvo la capacidad de pensar y transmitir su pensamiento.

La enfermedad es tan antigua como la vida, porque no es otra cosa que una de las manifestaciones de la vida misma. Como decía VIRCHOW: “es vida, pero en circunstancias diferentes”. La enfermedad se puede interpretar como la reacción de un organismo ante un estímulo anormal.

Muy lentamente, como el discurrir del tiempo, la vida fue evolucionando en cantidad, variedad y calidad. Los organismos fueron surgiendo desde los seres unicelulares cada vez con mayor compliación estructural. Lo mismo que evolucionó así la vida, debió hacerlo por su parte la acción patógena de algunos elementos vitales para con otros. Competencia, parasitismo, comensalismo, fueron fenómenos paralelos a la vida y con ellos fueron adaptándose al medio ambiente. Los mecanismos de reacción y defensa contra las enfermedades o los gérmenes que las producen han ido evolucionando y perfeccionándose también.

La enfermedad es por tanto muy anterior a la aparición del hombre sobre la tierra. Éste es un hecho indiscutible documentado por los restos óseos de animales y plantas que precedieron en muchos millones de años a la aparición del hombre, lo que no quiere decir que con el hombre y su propia evolución no hayan aparecido nuevos tipos de enfermedades desconocidas hace millones de años.

Decía MOODIE (1923) que la enfermedad es una de las manifestaciones de la vida, con lo cual concuerda con VIRCHOW, y por ello ha seguido las mismas líneas de evolución que las plantas y los animales, posiblemente dirigida por los mismos factores. Son caminos diferentes que confluyen y se encuentran en muchos puntos, a veces corren paralelos, a veces se mezclan unos con otros. Bacterias y hongos se han encontrado incluidos en rocas de hace muchos millones de años, abundantísimos y muy activos en el Carbonífero. No olvidemos que las bacterias son seguramente las primeras formas de vida. Su variación fue enorme. Muchas especies se extinguieron en el más remoto pasado. No podemos saber si aquellos diminutos seres eran patógenos ni su grado de patogenicidad. Probablemente su acción patógena comenzó cuando entraron en competencia con otras especies o tuvieron que alimentarse unas especies de otras. Lucha y defensa surgieron muy pronto y con ellas la fagocitosis. METCHNIKOFF pensaba que la enfermedad ha desempeñado un importante papel en la historia de la vida de nuestro planeta. Y seguramente en el propio proceso evolutivo.

Los documentos más antiguos con que contamos para el estudio de la enfermedad son el propio registro fósil, los fósiles de plantas y animales. Así es probable que el caso de mayor antigüedad de una fractura que se conoce sea el citado por C. WELLS (1964) en un radio de Dimetrodon del Pérmico de Texas. Presenta un callo óseo con intensa osteoesclerosis y acortamiento del miembro. se ha comprobado que los reptiles del Cretácico sufrieron osteoperiostitis, artrosis deformantes, necrosis, osteofitos, osteomas, fracturas, hiperóstosis, procesos infecciosos diversos. Se ha visto piorrea en caballos del Mioceno y en los osos de las cavernas, artropatías y osteomielitis crónicas en vértebras de reptiles del Pleistoceno. La artrosis en aquellos osos de las cavernas fue tan frecuente que VIRCHOW la denominó “Höhlegicht” (gota de las cavernas o gota de las cuevas).

Lo que parece cierto es que el hueso ha reaccionado de la misma forma ante los factores patógenos desde hace millones de años. El callo óseo del reptil del Pérmico no se diferencia de los callos óseos actuales por fractura.

ESPER en 1774 halla un osteosarcoma en un oso de las cavernas. Luego resultó ser un callo óseo también producido por fractura. JULES LE BARON (1881) publica su tesis “Lesions osseuses de l’Homme prehistorique en France et en Algérie”, utilizando el material de la Colección Broca. Es la primera obra de paleopatología escrita. En el s. XIX VIRCHOW describe numerosas lesiones en osos de las cavernas, como lo hacen VON WALTHER, SCHMERLING, CUVIER, CLIFFT y SOEMMERING. VAN TIEGHEM (1879), RENAULT (1895) y BERRY (1916) describen enfermedades de las plantas fósiles. Son paleopatólogos “avant la lettre”, los precursores.

ELLIOT SMITH y F. WOOD JONES (1908-1910) estudian enfermedades en centenares de momias egipcias. M. A. RUFFER (1910) también estudia otros centenares de momias y en su obra “Studies in Paleopathology of Egypt” bautiza a la nueva rama de la ciencia, aplicando el nombre de PALEOPATOLOGÍA a estos estudios. HRDLICKA (1914) publica un estudio sobre patología en antiguos cráneos peruanos. MOODIE (1923) publica su “Paleopathology”. LEON PALES (1930) publica su tesis “Paleopathologie et Pathologie comparée”. H. U. WILLIAMS (1929) su artículo “Human Paleopathology”. Luego serán legiones los que se dediquen a estos estudios. Para poder comprender las reacciones del hombre primitivo ante el dolor, la enfermedad y la muerte, podemos basarnos en la analogía con las reacciones de los animales domésticos y salvajes, en la observación de las manifestaciones artísticas (pinturas parietales o rupestres, esculturas, grabados en las rocas, grabados en hueso o marfil) y en lo que puedan decirnos los restos óseos. Los huesos hablan, aunque su lenguaje críptico sea a veces muy difícil de interpretar.

Así podremos penetrar en el pensamiento del hombre prehistórico por el camino de la analogía, la inducción, la deducción, todos los cuales son en gran parte especulativos.

Los útiles, los instrumentos, las obras del arte primitivo, son el testimonio del pensamiento de su autor, el hombre prehistórico. Un objeto manufacturado responde a la concreción de un pensamiento previo. Las técnicas de la talla y la pintura o el grabado fueron pensadas y ensayadas hasta perfeccionarlas.

Si un animal se clava una espina, siente dolor. Su reacción podrá ser emitir un gemido, un sonido gutural, para enseguida tenderse y tratar de extraer esa espina con los dientes. Si se rompe accidentalmente una pata, cojea y se tiende en un rincón, trata de inmovilizar la parte, lamiéndola lo que le produce alivio. Si una flecha queda clavada en su cuerpo, trata de extraerla con los dientes. Cualquier hembra placentaria sabe instintivamente cortar con sus dientes el cordón umbilical de su cría y lamerla para limpiarla después de nacer, como ésta sabe buscar la teta de la madre para alimentarse. Es una cirugía instintiva o elemental.

Cuando el animal siente calor, se introduce en el agua o se revuelca en el barro. Cualquier ave se hace la toilette con el pico y se busca los ectoparásitos bajo las alas. Los monos se espulgan unos a otros quitándose los piojos, pulgas o garrapatas o simplemente se rascan ante los frecuentes pruritos que padecen. La higiene es también instintiva.

El hombre prehistórico, seguramente se extrajo muchas veces púas o pinchos clavados accidentalmente en su cuerpo, se inmovilizó cuando sufrió una fractura (lo que debio ser frecuente), se introdujo en el agua al sentir fiebre en su cuerpo o se embadurnó con ocre o con barro para resistir la acción de los insectos o del calor solar. La mujer prehistórica, supo cortar el cordón umbilical, con los dientes o con una piedra cortante y supo alimentar a sus crías. Lo mismo que hoy vemos en cualquier tribu primitiva, espulgó como lo hacen los monos a sus hijos, y como hacen hoy los primitivos actuales o muchos de nuestra propia cultura a la puerta de su casa. Y además se los comían como se los comen hoy para no desperdiciar nada. Los monos superiores cubren con ramas los cadáveres de los monos muertos. También pudo ser, al principio, instintivo en el hombre primitivo esconder los cadáveres de sus muertos. Los perros echan tierra sobre sus excrementos y los monos perezosos abren un hoyo en el piso de la selva con su rabo y en él defecan, tapándolo luego.

El hombre prehistórico, no sólo arrancó su propia espina, sino las que se clavaban sus hijos que lloraban de dolor. Lamer las heridas debió ser una práctica rutinaria. Alguno pudo adquirir habilidad en extraer cuerpos extraños o sacar insectos de la piel o niguas de debajo de las uñas. Pudo ser también hábil en la fabricación de instrumentos y útiles de piedra, madera o hueso y pudo ser llamado para ayudar a otros componentes menos hábiles del grupo. Pudo surgir así la especialización, el ´primer medicine-manª, el primer ´manitasª. Cualquier animal, doméstico o salvaje, cuando se siente enfermo del estómago o de cualquier parte del cuerpo, va a buscar alguna planta que utiliza como purgante o lenitivo. El hombre prehistórico tuvo que hacer algo parecido, con la diferencia de que su cerebro, mejor dotado, pronto le enseñó a distinguir la utilidad de aquellas plantas, aumentando cada vez más su arsenal terapéutico. Los remedios ´caserosª fueron apareciendo a medida que se veían eficaces, después de probables ensayos.

La mutua ayuda, bien evidente en las especies animales, tuvo que existir en los primeros hombres. Hay evidencias de ello en las tumbas y pinturas paleolíticas. En el arsenal terapéutico de aquellos hombres debió existir la frotación, el masaje, el lamido, la succión, la inmovilización, el baño frío para la fiebre, el uso del calor para aliviar el dolor de un miembro, la escarificación, la sangría, la ventosa. Siempre había pensado que lo instintivo y empírico precedió al pensamiento mágico. Por eso me dio mucha alegría cuando un día leyendo a PLINIO y su Historia Natural observé que decía: “La concepción mágica deriva del conocimiento empírico de la medicina”. Los animales con frecuencia nos llaman la atención por el ingenio que demuestran utilizando objetos naturales para ayudarse en alguna de sus tareas. El conocido caso observado por DARWIN en las Islas Galápagos, el pinzón que busca una ramita para extraer de sus agujeros a los insectos que luego son su alimento, es uno de los más llamativos. Los monos utilizan un palo para alcanzar los frutos de los árboles, el buitre de Egipto rompe un huevo con una piedra y lo mismo hace la nutria marina cuando quiere abrir una concha para comerse el crustáceo que contiene.

Pero el hombre no sólo utilizó un objeto natural sino que lo fabricó, lo manufacturó. Es el mismo pensamiento elaborado que le hace pintar en las rocas lo que ha visto y le ha impresionado o las ideas que le sugiere el mundo de lo natural y lo sobrenatural. Hambre, dolor, frío, calor, cansancio, sueño, temor, el instinto de conservación, de supervivencia, le dotó de las reacciones necesarias para superar los obstáculos que surgían ante él. El hambre le impulsó a buscar en las plantas, los frutos, las raíces, todo aquello que le proporcionase alimento. Siendo omnívoro, fue detrás de la caza, alternándola con la pesca que debió comenzar por la búsqueda de crustáceos y animales fijos en las rocas. Recorrió grandes distancias. Por temporadas se situó cerca de las corrientes fluviales y en las costas, mariscando. Los grandes concheros de muchos metros de potencia que hoy estudiamos, indican la existencia de poblaciones cuya base alimentaria era el marisco. Las puntas de flecha y arpones hallados entre estos restos indica que no se contentaba con pequeñas presas sino que iba a por las grandes también.

Hemos visto a los actuales primitivos pasar hambre, pero también llegado el caso ingerir grandes cantidades de carne cuando la caza fue buena. El organismo de estos hombres ha aprendido a digerir y almacenar grandes cantidades de proteínas que luego va gastando a medida de sus necesidades. He visto pigmeos comiendo kilos de carne de elefante que a mí me sería imposible ingerir en una semana. Su estómago parece no tener fondo.

La explicación de este hecho me la dio un viejo jefe de la tribu guaimí de Veraguas (Panamá occidental), con quien hice un largo viaje a caballo por aquellas montañas del interior de Panamá. De regreso a nuestra base “civilizada”, nos sentamos a la mesa. Mientras yo terminé mi plato con las viandas que nos pusieron (carne, arroz, frijoles, tajadas de plátano frito), él continuó hasta repetir cuatro veces. Era hombre de pocas palabras. Yo me preguntaba dónde echaba tanta comida. Cuando acabó su cuarto plato, ante mi extrañeza, me contestó: “El indio cuando haber comida, comer, porque quién sabe cuando N’gbó nos permitirá volver a comer”. Y a sus 80 años, después de un día muy agitado, volvió a montar a caballo y se perdió en la noche hacia sus montañas. Ésta es la filosofía del primitivo respecto al hambre y la comida. Cuando hay caza o pesca abundante, llenan sus estómagos. Se parece a lo que hace cualquier boa constrictor o anaconda en la selva, que comen una vez al mes, quizás un venado entero. Quedan luego hinchadas y dormitando por semanas haciendo su pesada digestión. El hombre primitivo ha conocido también la conservación de alimentos. En las regiones árticas los congelaba, cuando no podía comerse, toda la provisión pescada o cazada de una vez. En las zonas subtropicales y tropicales desecaba por medio del humo la carne y el pescado (pemmican o tasajo indígenas, bucan) o guardaba frutos secos. Hacían pan de cereales o raíces (cazave, mandioca) y harina de maíz. Ha conocido y usado excelentes aceites vegetales en las zonas selváticas.

La reacción del hombre prehistórico ante el frío fue hacer fuego, cubrirse con la piel de los animales que cazaba, buscar los refugios en cuevas kársticas con sus 14 a 15 o de temperatura. Fue en busca de la comida. Y ante el calor excesivo, buscó la sombra o se fabricó sombrajos, o se metió en el agua bañándose con frecuencia. Los animales en época de celo tratan de presentarse atractivos. El primitivo actual no es distinto a ellos en sus reacciones hacia el sexo. Se pintan, se adornan, se colocan collares o pulseras vistosos o adornos plumarios. Hay evidencias de que el hombre y la mujer prehistóricos también cuidaron su aspecto personal. Lo demuestran restos de adornos, collares, pinturas halladas en yacimientos paleolíticos. Ante el dolor y el temor, tuvo el reflejo de huida, cuando el cansancio le vencía, el sueño reparador venía en su ayuda. Pero había una serie de fenómenos de la naturaleza que él temía: las tormentas con sus rayos, relámpagos y truenos, los incendios forestales, la sequía, la erupción de un volcán, una aurora boreal, las inundaciones, las ventiscas de nieve o simplemente la contemplación del sol y la luna y su aparición y desaparición periódicas. También los animales temen de una u otra forma muchos de estos fenómenos. Pero la inteligencia del hombre, le hizo asociarlos con un poder superior, con unas fuerzas sobrenaturales para las que no tenía defensa.

Me contaba LEON PALES, con quien me unió una buena amistad, que en su cueva del Ariège en los Pirineos franceses, donde me invitó a estudiar una enorme provisión de huesos y pinturas parietales, que como todas las cuevas mantiene una temperatura de 14 a 15 o C, pero que en la época de las glaciaciones, cuando aquella región estaba cubierta por una espesa capa de hielo, no se producía evaporación de la tierra superficial con lo que la temperatura en aquellas cuevas kársticas alcanzaba los 22 o C, lo que permitía a los hombres que las habitaban andar desnudos en su interior, sintiendo verdadero calor, mientras en el exterior las temperaturas estaban por debajo de 0 o C. Pero tenía que cazar y para ello se abrigaba con pieles de oso o se untaba con grasa de animales todo el cuerpo y así iba a cazar. No debió ser fácil su existencia, pero su ingenio le permitió seguir adelante. La cooperación tuvo que ser muy intensa en aquellas épocas. No podemos pensar que un solo hombre cazara un mamut, sino que se debieron formar fuertes partidas de los habitantes de la región y repartirse luego el botín. Las cuevas están llenas de huesos de osos de las cavernas, de huesos de mamut y otras especies animales como venados, ciervos, corzos, etc.

Los hombres prehistóricos conforme llegamos a Neandertales y Cromagnones, captaron y representaron los movimientos y actitudes de los animales como se pude ver en las pinturas parietales de sus refugios y cuevas. Tuvieron buenos artistas entre ellos. Sus costumbres funerarias demuestran ya que tuvieron ideas religiosas, una creencia en el más allá. El color rojo y ocre con que pintaban los huesos de sus muertos o las piedras sobre las que apoyaban sus cabezas, es similar al rojo urucú o al achiote (Bixa orellana L.) utilizado por los actuales indios americanos como los bororos, guaimíes, con el mismo fin.

Los Neandertales ya sepultaban a sus muertos con objetos que parecen tener un significado no material. Los cráneos de osos en Petershöhle a 48 Km. de Nüremberg en un ataúd de piedra rudimentario asociados con industrias líticas, los cofres de piedra también con cráneos de osos hallados en Suiza, todos mirando en la misma dirección, pueden considerarse como rituales mágico-religiosos, quizás una especie de culto al oso al que cazaban.

El indio actual de todas las tribus que he estudiado, piensa que durante el sueño, su espíritu, separado del cuerpo, recorre lugares lejanos.

Esto le sucede más cuando hace digestiones pesadas, ingiere alimentos descompuestos o sufre de estreñimiento. Algo parecido debió sucederle al hombre prehistórico, y de ahí a lo sobrenatural reforzado por los grandes fenómenos de la naturaleza y a la magia no hay más que un paso. Añádase a los sueños y pesadillas postprandiales en las que aparece la imagen de algún familiar difunto, el efecto de ciertas plantas alucinógenas, y ya tenemos un más allá poblado de espíritus de antepasados. El mundo de los sueños es el mundo del más allá para el hombre prehistórico. Encontramos en los actuales primitivos, conceptos sobre la enfermedad que son probablemente idénticos a los de nuestros más remotos antepasados: las mismas causas conducen a las mismas reacciones (CASTIGLIONE, 1947). La vida sobrenatural, el pensamiento mágico, pudo surgir de estas experiencias, lo mismo que surgieron los mitos como interpretaciones irreales de la realidad, dependiendo la complejidad de la imaginación del hombre. En la lógica del hombre primitivo, todas las cosas poseen un espíritu, un doble inmaterial. El primitivo actual no distingue entre medicina, magia y religión. Para él todo es la misma cosa, una serie de prácticas que ha ideado para protegerse contra las fuerzas del mal que intuye a su alrededor, que le amenazan constantemente, que quieren privarle de la salud, del bienestar, de la felicidad. El pensamiento mágico lo impregna todo. Incluso cuando utilizan un medicamento, planta o procedimiento que para nosotros sería racional, con positivos efectos terapéuticos, ellos le dan un contenido mágico y lo transforman en no racional.

Los chamanes amigos a los que he acompañado a la selva en busca de medicinas frescas para sus enfermos, después de hacer su selección de hojas, frutos, raíces, cortezas y llenar sus cestas, quedaban por un rato en recogimiento religioso que yo imitaba y cantaban a sus medicinas invocando sobre ellas a los espíritus protectores para que les infiltrasen “Purba”, pues de otra forma no servirían para el fin a que estaban destinadas. No cura la planta, me decían, sino el espíritu (purba, mana, orenda) que se invoca sobre ella y que la posee. En cierta ocasión RIVERS estudiando a los habitantes de la Isla de Eddeystone, vio cómo uno de los chamanes utilizaba el masaje abdominal con un aceite vegetal para curar el estreñimiento. Muy satisfecho, pensó que había encontrado una práctica auténticamente racional y se lo dijo al chamán. Este le contestó que lo hacía para expulsar el espíritu de un pulpo mágico que se había escondido en el abdomen. Siempre igual, aún a la técnica más aparentemente racional, le dan ellos un contenido mágico.

Cuando el primitivo extrae una esquirla de hueso hundido en el cráneo fracturado ¿está haciendo algo racional? Según nuestro concepto de lo racional, sí. ¿Y si el primitivo no sólo extrae el fragmento suelto, sino que retoca los bordes, los cincela cuidadosamente, raspa sus alrededores de tejido necrosado, hace algo racional? Según nuestro punto de vista, sí.

¿Y si después de repetir múltiples veces esta técnica, ese mismo hombre primitivo se considera ya experto por el éxito obtenido y hace una trepanación siguiendo alguno de los procedimientos habituales, raspado, perforación, etc. para curar un dolor de cabeza, o una locura o una epilepsia, podemos decir que realiza un acto racional? Es un acto con fines terapéuticos, pero según su pensamiento es un acto mágico porque lo que pretende es efectivamente curarle de su mal, cuya causa es un espíritu maligno responsable de la enfermedad al que es preciso darle salida.

En estas técnicas que en nuestra cultura serían racionales, en el primitivo tienen un 60% de empírico, un 30% de mágico y un 10% de rudimentos de racionalidad. A veces se altera esta proporción y entonces el 60% es mágico, el 30% empírico y el 10% es seudorracional.

Pero el hecho de que el tratamiento sea irracional, no significa que no sea eficaz. Los cirujanos preincaicos realizaron intervenciones quirúrgicas sobre el cráneo realmente eficaces, como lo hacen hoy los chamanes africanos en casos de fracturas o los trepanadores del Cáucaso o los expertos en brima y menchar de la Chauía argelina, que mientras trepanan rezan surás del Corán.

La habilidad del hombre neolítico le llevó a practicar trepanaciones quirúrgicas así como la extracción de flechas. Han aparecido cráneos con fracturas y heridas cicatrizadas. También debió de emplear algún tipo de hemostasia o tratamiento compresivo y cicatrizante.

Bien es verdad que el hombre primitivo, incluso el actual tiene una capacidad de restitutio ad integrum, de cicatrización de grandes heridas, extraordinaria. Yo mismo he curado de forma muy rudimentaria a indios con grandes lesiones en brazos o piernas debidas a la caída de una hoja de palma desde gran altura, heridas que seccionaron vasos y músculos, dejando el hueso al descubierto. Y no teniendo a mano más que los recursos de la naturaleza, no vacilé en coserlas con fibras vegetales y agujas extraídas de las palmeras. Las heridas cicatrizaban en un tiempo increíble, sin infección de ninguna clase, por primera intención. En los sujetos de raza negra la cicatrización es hasta excesiva, pues producen queloides en las heridas. La dietética y la terapia farmacológica debieron de nacer por todo lo que llevamos dicho, instintivamente, aunque continuaron evolucionando seguramente por el procedimiento del ensayo y el error, forma rudimentaria, precientífica, empírica.

He sido testigo de cómo algunos chamanes de las tribus cunas y chocóes “ensayan” con sus plantas y modifican las dosis hasta encontrar una que sea realmente terapéutica, eficaz. Me decían muchas veces: “No se puede dar la misma cantidad de ina nusu a los niños que a los grandes para curarles las lombrices. La cantidad que le doy a un hombre, podría matar a un niño”.

Esto era para mí algo más que mágico, es una terapéutica racional, pero ellos están convencidos de que en una dosis infantil hay menos ponies o diablos y en la del adulto, hay más diablos y más fuertes.

Son medios racionales, pero interpretados en un lenguaje mágico. La ina nusu a que se refería el indio, es la Spighelia anthelmia L. un poderoso estrichnos. Y ellos saben bien que si hierven sus hojas e inflorescencias hasta que el agua casi se evapore, se concentra el poderoso veneno y bastan unas gotas del mismo para acabar con la vida del que las tome, por simple absorción perlingual. Así es como la utilizan en sus prácticas eutanásicas. Más racional no puede ser, pero ellos dicen: ´tiene más o menos ponies o diablosª, en lugar de decir miligramos por ejemplo.

Para el primitivo actual hay enfermedades naturales (un resfriado, el golpearse con una rama, clavarse una astilla) y sobrenaturales, las graves generalmente, cuyo origen no entienden y han de atribuirlo a hechizos, rapto del alma, penetración de cuerpo extraño, transgresión o violación de un tabú, ofensa a una divinidad o a un antepasado, posesión por un espíritu maligno. Yo lo denomino la teoría del “innout”.

He sido testigo de cómo los primitivos actuales practican la técnica del ensayo y el error, y cómo cuando una planta resulta eficaz, se la pasan de padres a hijos o de maestro a discípulo. “Esta medicina, me decía un Inatuledi de la Isla de Ustupu, la descubrió Nele Kantule (famoso jefe de la tribu cuna) hace muchos años”. A veces la medicina les es revelada durante un sueño.

Pongamos como ejemplo la mandioca (Manihot utilissima L.), cuyas raíces tuberosas contienen gran cantidad de ácido prúsico, de cianuro potásico. Son por tanto sumamente venenosas, suficientes para matar a quien las coma. El indio americano aprendió a lixiviar con agua la raíz rallada, haciéndola no sólo inofensiva, sino transformándola en harina panificable que ha servido de alimento básico y sirve aún a millones de indígenas americanos y una vez que pasó a África con los barcos negreros, ha sido también la alimentación básica de millones de habitantes del África ecuatorial. ¿Cómo se llegó a ese descubrimiento? No creo que fuera por casualidad, sino probablemente por el procedimiento del ensayo.

No existe una frontera bien definida entre alimentos y medicamentos en los pueblos primitivos actuales. Los granos de maíz son un buen alimento pero el maíz nuevo puede ser purgante. Los cítricos son alimento, pero también curan el escorbuto.

En las pinturas rupestres, podemos hallar pruebas de la paleopatología. Me contaba Leon PALES que el abate BREUIL quedó sorprendido por una de las maravillosas pinturas de la cueva de Lascaux. La escena a la que BRODRICK (1964) ha llamado “una tragedia prehistórica”, representa una figura itifálica esbozada en líneas. Yace inclinada hacia atrás. La cabeza representa una máscara de ave. Cerca de ella hay un pájaro sobre una estaca, y un búfalo que parece arremeter contra la forma humana postrada, que presenta una tremenda herida en el abdomen, de la que salen las entrañas sanguinolentas. Detrás del cuerpo malherido hay un rinoceronte que parece alejarse. Rodean el conjunto una serie de dibujos geométricos calificados por BREUIL de totémicos. BREUIL interpreta así la escena. “El cazador ha herido al bisonte, cuyo flanco aparece atravesado por una lanza, aunque no de muerte. El animal se defendió y mató al hombre y el rinoceronte lo remató”. BREUIL pensó que cuando se excavase al pie de aquella pintura se hallarían los restos óseos del cazador prehistórico. No fue así, pero se encontró carbón vegetal, cuya datación por el radiocarbono fue de 16.000 años. En la cueva de Trois Frères (Font de Gaume) en plena región de Ariège, aparece pintada y grabada la figura de un hombre enmascarado que aparentemente ejecuta una danza, sin duda chamánica. La cabeza aparece cubierta por la cornamenta de un ciervo cuya piel cubre su cuerpo, mientras el rabo oscila entre las piernas.

Se ha dicho (BRODRICK, 1948) “que los arqueólogos tienden a atribuir un significado religioso o mágico a todo aquello que no comprenden”.

En esto hacen como los primitivos actuales y nosotros mismos.

Las figuritas humanas talladas en piedra del Paleolítico superior europeo Auriñaciense (815.000 a 16.000 años), la Venus de Willendorf del Gravetiense y muchas del Paleolítico superior ruso (figurilla de marfil de Koslienski) son representaciones femeninas con marcada esteatopigia y abultados senos. Formas artísticas, pero posiblemente con una finalidad propiciatoria de la fecundidad, lo que implica un sentimiento religioso. Siempre se ha pensado que el arte tuvo un origen religioso.

Desde tiempos muy remotos se utilizó el color rojo (ocre, hematites y más recientemente el rojo de las grasas de semillas oleaginosas como el urucú, el achiote) para pintar los huesos y las piedras sobre las que se colocaba la cabeza del muerto. Posiblemente era y es un rito apotropaico.

El esqueleto magdaleniense de Saint.-Germain-la-Rivière (La Gironde) hallado en un dolmen, está todo pintado de rojo, y a su alrededor huellas evidentes de matanzas de bisontes y otros animales y un collar formado por 72 colmillos de cérvidos, dos puñales de hueso de ciervo y pedernales astillados. Todo ello se presenta como una indudable ofrenda mortuoria. Al norte del río Han (China), en un yacimiento neolítico se encontraron cientos de esqueletos sin cabeza, pintados de rojo.

En la cueva superior de Chou Kou Tien, se encontró gran cantidad de hematites rojo en polvo, alrededor y sobre los huesos. Se interpretó como una cripta familiar. En todo el Paleolítico superior se ven huesos espolvoreados en rojo, lo mismo que hacen muchos grupos primitivos actuales. La “Dama roja de Pavilland”, uno de los primeros fósiles humanos hallados en Inglaterra, tenía todo el esqueleto pintado de rojo. Lo mismo ocurría en los esqueletos de Grimaldi que presentaban brazos y piernas flexionados y pintados en ocre y la arenisca roja sobre la que se apoyaba la cabeza estaba embadurnada con peróxido de hierro rojo. Los hombres de Cromagnon, Chancelade y Obercassel, todos tienen manchas rojas en los huesos. La cabeza del viejo Cromagnon de La Grotte des Enfants y la de la mujer junto a él, reposan sobre una losa roja. Cerca está la cueva de Cavillon, donde un esqueleto de varón de 1,84 m. de altura, está todo pintado de rojo. Igual sucedía a los huesos de los “kurgan” del sur de Rusia.

Todo esto supone un descarnamiento previo y un entierro secundario. Personalmente he desenterrado huesos de entierros secundarios en vasijas esféricas de barro en tumbas de Panamá de hace 3.000 años. Los huesos aparecían pintados de rojo, color de la sangre, color de la vida, quizás para que pudieran ir a otra vida.

Los traumatismos debieron ser muy frecuentes en el hombre prehistórico, por las condiciones de vida, luchas entre grupos, accidentes o ritos sacrificiales.

En los yacimientos de Offnet (Alemania), con industrias mesolíticas asociadas, sólo se han encontrado cráneos infantiles y femeninos braquicéfalos, con las primeras vértebras con huellas de haber sido violentamente separadas del tronco. Todos presentan claras muestras de haber sido golpeados en vida con pesadas hachas de piedra. Se ha interpretado como sacrificios humanos.

Las lesiones craneales son muy frecuentes en los restos paleolíticos. El cráneo de Monte Circeo, presenta huellas de golpes que le ocasionaron la muerte. Fue un verdadero homicidio. Además fue comido por otros humanos. La antropofagia debió ser práctica común. El foramen magnum de este cráneo fue ensanchado hasta producir un agujero de casi 9 x 6 cm. sin duda para poder extraer el cerebro.

Los cráneos de Ngandong (Java) y Offnet (Alemania), presentan lesiones similares. Los cráneos de Solo (Java) fueron rotos y abiertos por la mano del hombre. En el Pleistoceno superior de España y Francia (OPPENORTH, 1932) aparecen cráneos que fueron utilizados como vasijas o vasos. VON KOENIGSWALD (1939) encontró en Sangirán (Java) los 2/3 de un cráneo de Pithecantropus con una profunda rajadura ocasionada por un instrumento contundente. Todos los cráneos de Sinantropus pekinensis presentaban señales de heridas vitales. El Hombre de Pekín fue muerto violentamente y comido por otro. Decía HOOTON (1930): ´La costumbre poco deleitable de hundir a golpes la base de los cráneos humanos, se supone que fue con el fin de alcanzar los sabrosos sesosª.

El Hombre de Galilea, un neandertaloide mesolítico hallado junto al lago de Galilea, presenta huellas de los sufrimientos padecidos durante un largo período antes de la muerte. El cráneo fue hundido con un instrumento contundente que no le mató de inmediato ya que hay huellas de cicatrización ósea.

Uno de los Cromagnones de Les Eyzies, una mujer, presenta una profunda herida cicatrizada en el frontal. Muchos Neandertales muestran huellas de fracturas, defectuosamente soldadas. Aunque más recientemente en Tres Zapotes (Veracruz, Méjico) (2.000 años) se hallaron 52 vasijas de barro, conteniendo cada una el cráneo de un adulto joven con dos o tres vértebras. Todos los cráneos estaban deformados artificialmente y mostraban artísticas incrustaciones circulares en caninos y en incisivos con pirita en su interior. Eran estos cráneos el producto de decapitaciones, posiblemente sacrificiales.

El Niño de Taungs y un cráneo de Sterkfontein (Sudáfrica) presentan doble fractura. El Australopithecus robustus de Swartkrans (Sudáfrica, 1.8 Ma) presenta una deformación de la cavidad articular coxofemoral, secuela probable de alguna caída sobre los talones. La mandíbula del Pitecantropo E de Indonesia muestra huellas de una antigua fractura de la sínfisis mandibular que cicatrizó alterando la forma del hueso. En mi colección de recuerdos de América, tengo el cráneo de un mono que esqueleticé hace muchos años en el Laboratorio Gorgas de Medicina Tropical, que presenta una fractura similar en la mandíbula con pérdida de varios dientes, deformación mandibular y formación de un verdadero esteoma sobre el antiguo callo óseo.

El fémur del Pitecantropus de Java, obtenido por Dubois en Solo presenta una neoformación atribuida por algunos autores a un traumatismo y a una miositis osificante por otros. Los Neandertaloides de Krapina (Agram, Zagreb, Croacia), del interglaciar Riss-Würm, están fragmentados y carbonizados y los huesos largos están astillados longitudinalmente ex-professo, quizás en busca del rico tuétano para posibles festines caníbales.

El segundo gran capítulo de la paleopatología desde los tiempos más remotos, anteriores al hombre (reptiles) y del hombre pleistoceno, son las lesiones degenerativas de los huesos o inflamatorio-degenerativas.

El Hombre de Afalou-bou-Rhumel (Argelia), sufría severa poliartritis, con anquilosis de varias articulaciones. No podía mover los brazos ni valerse por sí mismo para comer. Sobrevivió gracias a la ayuda de quienes le rodearon, pues de otra forma no hubiera podido. El Hombre de la Chapelle-aux-Saints, presenta una poliartritis deformante, con lesiones severas en toda la columna, así como en las articulaciones témporo-maxilares. Lesión similar presenta el Hombre de la Ferrassie y la mandíbula de la Quina. El Homo 8 de Olduvai (Tanzania) (1.8 Ma) presenta artrosis del pie, como el Hombre de Kiik-Koba que además tenía otra lesión artrósica en la rodilla. El Hombre de Cromagnon presenta artrosis vertebral y pelviana. Otro capítulo importante de la patología en la antigüedad son las alteraciones dentarias. El Hombre de Lantian presenta agenesia de los terceros molares. La mandíbula de Malarnaud, agenesia de los incisivos laterales. Las pérdidas dentarias debieron ser frecuentes, con la correspondiente atrofia alveolar y desplazamiento de los dientes vecinos. Los dientes neandertales examinados hasta ahora no muestran huellas de caries, pero en cambio tienen fuertes abrasiones, debido sin duda a la dieta que hacían. Los Hombres de Lagoa Santa, estudiados por mí, unos en el propio yacimiento epónimo, la Cova de Sumidouro en Brasil y otros en Copenhague, donde fueron llevados por Peter Lund, su descubridor, tampoco presentan caries, pero tienen extensas abrasiones dentales. Se les ha atribuido una antigüedad de más de 10.000 años.

Desde el Pleistoceno inferior se conoce la extracción dental y el limado de los dientes. L. S. B. LEAKEY (1932) obtuvo en Kanam una mandíbula humana del Pleistoceno inferior con los dientes limados.

El Hombre de Olduvai presenta dientes limados exactamente como hacen los indios guaimíes de Panamá con los que he convivido por años y otras tribus de Colombia y Venezuela. Al preguntarles sobre la razón de aquella mutilación, las respuestas variaban. Unos decían que para estar más bellos, otros para parecerse al caimán (teriomorfismo) y otras (las jóvenes) para evitar las caries dentales tan frecuentes entre ellos debido a comer mangos y caña de azúcar. La ablación dentaria debe haber sido uno de los ritos más primitivos.

He tenido la oportunidad de estudiar de cerca los restos del Hombre de Monte Carmelo en el Museo Rockefeller de Tel Aviv, hallados en una de las muchas cuevas al Sur de Belén, en Mugharet-el-Uad. Por su parecido con los restos hallados en Uad-en-Natuf, se han llamado natufienses. Como todos los natufienses tienen en común (sólo las mujeres) el haber sufrido en su adolescencia (posible rito de paso puberal), la extracción de uno o dos incisivos centrales superiores. La atrofia de los alvéolos superiores que sigue a esta extracción deja amplio espacio y los dientes del maxilar inferior crecen más. Por todo el Neolítico se extendió esta práctica que aún conservan muchas tribus de primitivos actuales en todo el mundo. La costumbre ha existido entre los indios del Occidente de Panamá, desde hace por lo menos 2.000 años. Se ha encontrado una vasija junto a un esqueleto, llena de incisivos y caninos humanos jóvenes, que sin duda iba guardando el chamán-dentista, producto de las ablaciones realizadas en vida por él.

El Homo erectus ER-1808 del Lago Rodolfo presenta una hipervitaminosis A en el esqueleto, se cree que debido al consumo de hígado crudo. El Homo erectus KNMER 730-731, así como los Sinántropos y el H. de Ehringsdorf y el de La Chapelle-aux-Saints sufrían de parodontosis.

El único hombre fósil que aparentemente presenta caries dentales es el Hombre de Broken Hill (Rhodesia). Casi todos los dientes de la arcada superior (no hay mandíbula) están careados. Además sufrió múltiples infecciones peri-radiculares con supuración. Algún Pitecántropus tiene también algunos dientes con caries.

La Mujer de la Ferrassie, tiene una lesión osteomielítica en el peroné. Esta misma lesión se ve en una tibia del yacimiento de La Montade. El Homo 39 de Olduvai (1 M) presenta atrofia del fémur y de la tibia. El H. de la Chapelle-aux-Saints, padecía luxación congénita de cadera. El Niño de Starocelje era hidrocéfalo. La mujer de La Ferrassie sufría de luxación de rodilla.

El viejo del abrigo de Cromagnon, presenta lesiones en frontal, coxales, fémur y otra más intensa en mandíbula. Se ha creído que se trata de una actinomicosis producida por el Actinomyces israelí que vive en las gramíneas y que penetra en el cuerpo al ingerirlas (IVES COPPENS). Tumores se ven pocos en los hombres primitivos. La mandíbula de Kanam (500.000 años) presenta una lesión sinfisaria interpretada como osteosarcoma por unos, mientras otros creen que se trata de un osteoma benigno. El parietal del Niño de la Cueva de Lazaret (200.000 años) presenta un adelgazamiento como el que producen las compresiones por meningiomas.

La amputación (quizás ritual o sacrificial) debió existir como hoy se ve en los bosquimanos, hindúes, indios de Estados Unidos entre los que como manifestación de dolor (por ejemplo, por la muerte de un familiar) existe la costumbre de amputarse dedos o falanges. En las cuevas paleolíticas donde se suelen ver manos pintadas en negativo en las paredes (cueva de las Mil manos, cuevas del Tassili en el Sahara, cuevas del Castillo y La Pasiega en Santander, caverna de Gargas en Haute Garonne y otras muchas) se puede ver cómo faltan dedos y falanges. Las manos que sirvieron de modelo, habían sido mutiladas. Al Hombre de Neandertal de Shanidar I, le falta una mano posiblemente a consecuencia de una lesión extensa o de enfermedad.

La habilidad del hombre prehistórico, le llevó a paracticar una intervención aparentemente tan arriesgada como la trepanación craneal. Uno de los cráneos trepanados más antiguos conocidos es el de la necrópolis de Taforalt. COPPENS ha descrito en él un orificio de pequeñas dimensiones, trepanación bien cicatrizada con larga supervivencia, hecha sin duda por mano hábil.

La trepanación preventiva practicada por las madres de algunas islas de Oceanía a sus hijos de escasos meses, con un diente de tiburón, puede ser una práctica muy arcaica llegada hasta nuestros días. SANKALIA (1946) halló en el Mesolítico de la India (5.000 años) dos esqueletos, uno de hombre y otro de mujer. El cráneo femenino presentaba una trepanación cicatrizada practicada años antes de la muerte (se trataba de una joven de 18-20 años de 1,54 m. de estatura). BROCA, que al principio negaba toda finalidad terapéutica a la trepanación, después de estudiar muchos cráneos trepanados, consideró que la técnica comportaba una combinación de ideas mágicas, terapéuticas y religiosas. Ya hemos indicado anteriormente cómo el primitivo no hace distingos entre magia, terapéutica y religión. BROCA, con la experiencia que le dieron los años de observación, se hizo más razonable y si hubiese convivido con tribus primitivas aún lo habría tenido más claro.

Por mucha magia que queramos poner en las manos de los trepanadores pre-incaicos, es indudable que su mayor indicación para trepanar eran las fracturas con hundimiento de cráneo, aunque no las únicas. Extraían secuestros óseos, evacuaban hematomas, practicaban cierto tipo de compresión y hemostasia y colocaban auténticas prótesis de oro para evitar la hernia cerebral. El traumatismo craneal era la regla y no la excepción en sus constantes luchas tribales. He visto cráneos con la marca de la cachiporra de forma estrellada que hundían la bóveda craneal dejando su molde perfecto en la superficie.

Los neolíticos europeos parecen haber respondido a otras formas terapéuticas, quizás locura, epilepsia, jaquecas. Trepanaban y lo hacían bien. Había largas supervivencias y quizás mejorías debidas a descompresión.

Lo cierto es que el trepanado que sobrevivía debía de adquirir un notable grado de “santidad”, de manera que su cráneo era objeto de mutilaciones post-mortem para extraer de él las ´rondellesª halladas en diversos lugares, por ejemplo en La Lozère (Garonne), que luego servían de amuletos o protectores para llevarlos colgados al cuello como demuestran los orificios practicados en ellas, y evitar así la enfermedad adquiriendo mágicamente, por contacto, las cualidades del difunto trepanado. Se ha hablado de trepanación post-mortem, pero en estos casos al menos, se debía de llamar mutilación post-mortem. He estudiado muchas de estas rondelles en el Musée de l’Homme de París en la Colección Broca. Algunas de ellas presentan en uno de sus bordes una pequeña parte del orificio trepanado en vida y cicatrizado. De una u otra forma, está implícita en toda trepanación la intención terapéutica, tanto si se considera la causa de la enfermedad como un espíritu maligno encerrado en el cráneo, o bien un secuestro óseo posterior a un traumatismo o un hematoma consecutivo al mismo. Otra mutilación neolítica es la T sincipital, cauterización en forma de T o Y que practicaron los guanches sobre las suturas craneales del vivo. Las cauterizaciones han sido y son practicadas por los árabes y musulmanes en general. Basta darse una vuelta por las puertas de la muralla de Fez en Marruecos donde se sitúan los expertos en esta técnica, parecida a la moxa china. Los cirujanos de Alejandría practicaron escarificaciones profundas en el cráneo en el tratamiento de las enfermedades de los ojos.

Condiciones sanitarias del Madrid Medieval.

Durante la primera parte de la Edad Media existía una Medicina eclesiástica combinada con una paralela, no oficial sino supersticiosa, ejercida por curanderos, algebristas, santiguadores y ensalmadores. La Medicina medieval no pudo, en general, desprenderse de la etapa mágica y por ello fue, en parte, empírica y muy poco racional. En 1348 se establece una serie de prescripciones sobre las cualidades, obligaciones y derechos médicos y no será hasta la creación del Tribunal de Protomédicos, el Protomedicato, por Juan II, cuando realmente se moralice y dignifique el ejercicio de la profesión médica.

No existe mucha documentación que pueda permitirnos saber con precisión cómo era Madrid en los tiempos medievales y menos aún sobró sus condiciones sanitarias.

Sin embargo, basándonos en datos dispersos en las fuentes escasas de épocas posteriores y en los restos óseos hallados en excavaciones o hallazgos accidentales y extrapolando lo que era en general en aquellos siglos, podemos imaginarnos cuáles eran el estado y las condiciones sanitarias en medio de las cuales tuvieron que vivir los habitantes de entonces.

Dividiré este breve estudio en los siguientes apartados:

1. Condiciones urbanísticas y sanidad, climatología, Demografía.

2. Enfermedades más frecuentes. Morbilidad, epidemias.

3. El ejercicio de la Medicina. Higiene pública. Hacia la racionalización del ejercicio de la medicina.

4. Médicos y curanderos.

5. Atención médica hospitalaria. Hospitales. Tratamientos médicos

6. Alimentación.

7. Cementerios. Tanatopraxis.

1.- Condiciones urbanísticas. Sanidad, Climatología y Demografía.

El primitivo Madrid del cual aún conservamos bastantes restos, era una serie de estrechas callejas, de trazado tortuoso, al estilo musulmán, que tenia por finalidad contrarrestar los efectos del calor del sol y los elementos atmosféricos. Construido el pequeño núcleo sobre una colina, las calles eran en pendiente, sin pavimentación alguna, lo que producía grandes lodazales cuando llovía y de espesa capa de polvo en época seca.

El régimen de lluvias debió ser más intenso que el actual, debido a que el primitivo Madrid musulmán y el cristiano, estaba rodeado por bosques y praderas por todas partes como los Montes del Pardo la Casa de Campo y otros. Había mucho más arbolado que en la actualidad. El caminar por aquellas calles tortuosas y empinadas debía ser un ejercicio gimnástico constante.

El paso persistente de caballerías durante la época seca debía levantar polvo en tal cantidad, que la atmósfera se hacia irrespirable. Los excrementos de animales, asnos caballos mulas perros y cerdos y los vertidos o residuos que se lanzaban por las ventanas, seguramente producían un olor y aspecto semejante al que hoy puede verse y respirarse por los viejos barrios de la ciudad de Fez, corazón religioso del Magreb, por poner un ejemplo cercano. Los moros resolvieron desde la primera época de la creación de Madrid el problema de la traída de agua.

Fuentes no faltaban y seguramente te pozos y aljibes. El agua de lluvia y los residuos humanos y animales mezclados con el barro debían de correr hacia las partes declives de la ciudad de manera que cuento más bajo nos situásemos, el estancamiento de aguas negras y lodazales debía de producir una extraordinaria pestilencia.

El Madrid medieval debió ser todo menos una ciudad limpia e higiénica.

Es de imaginar la presencia de gatos y perros que producirían las escenas típicas descritas por algunos de nuestros poetas y escritores de épocas posteriores. Las ratas debían reproducirse en grandes cantidades. Los mosquitos y las moscas que no nos han abandonado todavía, debían encontrar excelente pábulo nutritivo para su multiplicación y supervivencia. Todo ello unido a la ausencia de alumbrado en las calles, salvo el débil reflejo de los candiles a través de las estrechas ventanas completan la escena nocturna.

No muy distinto debió de ser el panorama después de la ocupación de Fernando II en 1162. Se daba más importancia a las obras de defensa militar que a la creación de una ciudad cómoda y agradable. Las inundaciones de las partes bajas de la ciudad tuvieron que ser ¡frecuente pesadilla! y aún se ha visto en algunas excavaciones. Con motivo de la construcción de viviendas actuales, las capas depositadas sobre el terreno. No se ha hecho una valoración científica de estos estratos, pero creo que merecería la pena estudiarlos no sólo midiendo su potencia, sino analizándolos desde un punto de vista palinológico y microbiológico. El hallazgo de una posible letrina o pozo negro de tiempos remotos es para el paleopatólogo, fuente de importante información.

En antiguos coprolitos se puede estudiar al cano de los siglos, la presencia de huevecillos de parásitos intestinales que debieron ser muy frecuentes en aquellas épocas así como de substancias fibrosas vegetales, cáscaras, etc. que pueden darnos una pista sobre el tipo de alimentación y digestión de los alimentos.

La costumbre de la época era y si no había corrales en la casa, grito de ¡Agua va! que caía sobre el desprevenido viandante ante el aviso. Para evitarlo, los tenderos tenían la costumbre de colocar sobre sus negocios una manta a manera de toldo que recogía en parte tales desperdicios o inconfesables inmundicias. Cuando los Reyes Católicos entraron en Madrid, debía ser tan insoportable el olor y la presencia de basuras en las calles, que nada menos que en aquel medievo tardío tienen que dar órdenes severas de higienizar la ciudad, órdenes que como de costumbre eran acatadas pero no cumplidas.

Enrique IV en 1464 dió orden de ensanchar la Plaza de la Villa para lo cual tuvo que comprarse una serie de casas, propiedad de Doña Catalina Núñez viuda de Alvaro de Toledo y derribarlas pues estorbaban para dicha ampliación.

Hay noticias documentales de que en 1486 comenzó a empredar el !al pilar!, la puerta de Guadalajara.

En 1487, la calle de San Salvador.
En 1489, la calle de las Estelas.
En 1492, Puerta Cerrada.
En 1483, el Barranco de Hontanilla.
En 1494 se limpia el muladar junto a la puerta de Valnadú y la calle hasta Alzapierna, sugestivo nombre comenzó a empedrar parece darnos una idea de cómo debía estar la calle.
En 1495, Los Reyes Católicos en 1494 dictan normas sobre ordenación urbana, limpieza de calles, circulación de carruajes, altura y anchura de puertas y ventanas.

Hay noticia de que comienzan a imponerse sanciones a los que lanzaban inmundicias por las ventanas, pero esto no llega hasta 1530. La Higiene personal debía ir de la mano con la urbanística. Sin embargo hay noticias de que era costumbre entre muchas personas el bajar hasta el Río Manzanares para bañarse al atardecer en el verano.

En la calle de Segovia hubo unos baños públicos que se suprimieron más tarde. Los moros han sido muy aficionados a los baños públicos y por eso los tuvieron también en Madrid en la época musulmana. Alfonso X el Sabio los restauró por Real Cédula.

El Madrid medieval, constreñido por sus murallas, no tenia otra fórmula que estrechar cada vez más las calles y amontonar las casas. Cuando se llegó a la saturación, se comenzó a construir extramuros. Los mercados se hacían también extramuros como aún hoy he podido ver en muchas ciudades musulmanas, aparte de sus zocos.

Hay una provisión de 1503 en el Archivo de la Villa por la que se ordena trasladar a otro sitio el Matadero que se hallaba junto al Hospital de La Latina. En el Madrid cristiano medieval, los cerdos deambulaban por las calles buscando cuanto sirviese para su alimentación. Esta escena aún puede presenciarse en muchos pequeños pueblos de España.

En el Archivo de la Villa hay una Real Cédula (8 abril 1512) por la que los Reyes Católicos conceden a Madrid licencia para echar sisa hasta 15.000 maravedís con el fin de hacer un Humilladero en la Puerta de la Vega y empedrar los dos caminos que a ella conducían.

También hay en el Archivo de la Villa documentos por los que puede verse que en 23 de septiembre de 1551, el Ayuntamiento decide empedrar la calle Mayor o de Guadalajara por el sistema de poner una parte el Ayuntamiento y las otras dos terceras partes los vecinos.

Coincide este acuerdo con la llegada de la Corte a Madrid, lo que creó serios problemas de abastecimiento, construcciones, alojamientos, encarecimiento de la vida y de la mano de obra, transportes, orden público, peligros de incendio por lo que se trata de prevenirlos con el sistema de aguatochas o bombas para elevar el agua.

Madrid fué creciendo desordenadamente.

CLIMATOLOGÍA

El clima de Madrid no ha sido siempre igual y el lugar fué elegido para construir una ciudad porque se consideraba sano. Pero ya en el medievo se aprecia que el clima madrileño es extremo. Muy frío en invierno y extremadamente caluroso en verano, pero a pesar de todo mucho más suave que el de Toledo y esta fué una de las razones del traslado de la capitalidad a finales del medievo.

Se ha dicho siempre que quien resiste el clima de Madrid, es capaz de aguantar cualquier otro y es conocida la frase de que el viento de Guadarrama es capaz de matar a un hombre y sin embargo no logra apagar un candil.

León Pinelo cita en 1258 grandes inundaciones a causa de las persistentes y abundantes lluvias que durante seis meses seguidos se abatieron sobre Madrid, de junio a diciembre, causando muchos daños. El mismo autor menciona en 1434, grandes lluvias y nieve, lo que ocasionó una verdadera epidemia de hambre, inundaciones. No se molía harina en los molinos. Fué otra catástrofe.

Las nevadas en invierno eran copiosas y duraderas.

DEMOGRAFÍA

La población de Madrid en la Edad Media, nunca fué muy grande y cuando crecía era inmediatamente reducida por alguna de las frecuentes epidemias que se presentaban. La población del último tercio del s.XIV crecía a razón del 4% al año y al comenzar el siglo XV disminuyó en un 30%.

La mortalidad infantil era muy elevada, muriendo el 50% delos recién nacidos. A fínale del s. XV la población de Madrid alcanzó los 30.000 habitantes con 4.600 viviendas.

La ciudad estaba dividida en parroquias: Santa Cruz con 800 casas y 5.000 vecinos; San Miguel con 8 casas y 500 vecinos; San Ginés con 700 casas y 4.000 vecinos, San Martín, San Justo, San Sebastián y San Salvador completaban el conjunto en 1498.

Antes de que se instalara la Corte, Madrid fué una villa eminente mente rural. En el s. XIV no pasaba de 15.000 á 20.000 habitantes, muchos de los cuales tenían sus fincas y campos de labranza en las afueras.

Se suele poner como ejemplo a Juan de Vargas que fué el patrón de San Isidro. El hecho de que San Isidro, hombre de campos labrador, fuese elegido como patrono de Madrid, parece confirmar este carácter rural de la villa.

2. ENFERMEDADES MAS FRECUENTES MORBILIDAD

Epidemias.

Los restos óseos estudiados por nosotros, unos proporcionados por arqueólogos, otros accidentalmente hallados en excavaciones a causa de obras, o los estudiados procedentes de antiguos osarios de la villas nos indican claramente los serios padecimientos que sufrían los habitantes de la villa.

Las muertes por parto fueron muy frecuentes. La mitad de los niños morían al nacer como ya dijimos.

Fueron constantes plagas, la viruela que a quien no mataba dejaba marcado para siempre, la alferecía, gota coral, y epilepsía o mal caduco llamado también “ira de Dios”, es mencionado por diversas fuentes.

La falta de higiene, especialmente: entre los abundantes mendigos que recorrían las calles impetrando la caridad pública, producía numero casos de sarna, micosis, tricoficias, tiñas, usagre, transmitido por los numerosos gatos y perros que debieron estar como sus amos. La mentagra o empeines y los impétigos, las legañas y toda clase de piojos, liendres y ladillas.

Debió ser frecuente el ver ciegos por calles y mendigos con pelambrera (alopecias y pelarelas), postemas y rijas (fístulas lagrimales). Tracoma y verrugas eran también frecuentes. Gota serena o ceguera era la consecuencia del tracoma.

En los huesos examinados por nosotros, hemos hallado mal de Pott o tuberculosis de la columna vertebral precedida o acompañada de tuberculosis pulmonar seguramente y escrófulas. Los típicos jorobados fueron espectáculo diario debido a lesiones de la columna vertebral.

Osteoartrosis y osteoartritis del tipo de la enfermedad de Strümpell-FtarieBetcherew o espondiloartrosis anouilopoyética lesiones degenerativas de diversas articulaciones, especialmente de las coxofemorales lo que debió dar un porcentaje alto de cojeras, así como fracturas mal consolidadas que no eran reducidas y curaban con acortamiento del miembro afecta Cribra orbitalia hemos encontrado lo que demuestra la existencia de anemias hipocrómicas, talasemias, muchas de ellas producidas por paludismos crónicos o anemias por parasitosis intestinal (poliparasitosis).

Algún caso de trepanación craneal indica que ésta se practicaba por los cirujanos, siendo las indicaciones la epilepsia, las jaquecas violentas, la locura o los traumatismos craneales. Otro tipo de trepanaciones como las realizadas para extraer la llamada “piedra de la locura” están bien documentadas en el medievo, incluso representadas en pinturas y lienzos que hoy se guardan en las pinacotecas de Europa.

No debió ser extraña en Madrid la presencia de estos charlatanes que iban de pueblo en pueblo practicando esta técnica mágico-qirúrgicas.

El hallazgo de frecuentes osteomielitis y osteítis en extremidades superiores e inferiores, indica que los traumatismos fueron frecuentemente seguidos de periostitis infecciosas de los huesos que mantenían supuraciones extensas y prolongadas hasta la muerte, probablemente a causa de septicemias de los pacientes. El carbunco, las cataratas también debieron ser cosa común.

En los niños que resistían el primer mes de nacidos se presentaba la alfombrllla, el sarampión o morbido, la varicela, y el garrotillo o difteria del que pocos escaparían.

Las complicaciones en la piel como impétigos debieron ser frecuentes así como las encefalitis como consecuencia de fiebres eruptivas infantiles.

El alcoholismo fué muy frecuente. Los autores medievales nos han permitido documentar esta toxicomanía. Hechos decían ya por entonces: “Viva la Mancha, que da vino en lugar de agua”.

Fueron frecuentes también el fuego sagrado (erisipela), el mal de la yjada, cólica, pasacólica, mal de piedra y cólico miserere, proceso en el que se debieron incluir desde cólicos nefríticos y biliares, hasta lesiones pancreáticas e intestinales.

Los romadizos, corizas o corrimiento da narices eran comunes en primavera, otoño e invierno, así como el dolor de costado (neumonía) que debió producir constantes bajas, la esquinancia o anginas (amigdalitis aguda) la citan diversos autores.

El fuego de San Antonio o Fuego da San Marcial, estiómeno, herpetismo, pruna, pérsico, nolimetangere eran un cajón de sastre al que iban a parar diversas enfermedades de la piel, acompañadas de picor, fiebre y erupciones cutáneas. Nacidos, lobanillos, golondrinos y melicer eran cosa común. El fuego de San Antonio era producido por el cornezuelo de centeno (ergotismo) aunque entonces no se sabia la causa de esta enfermedad. Se producía por harinas contaminadas con las que se hacia pan Los sabañones en invierno o friera.

La abundancia de mosquitos debió ser causa de hepatitis frecuentes y así los autoras medievales hablan de ictericias o tiricias, tirias, aliacán y tiracla, que unidos al alcoholismo fueron causa da cirrosis hepática con el acompañamiento de hidropesía. Y por supuesto las frecuente tercianas y cuartanas debieron ser la regla. Las moscas fueron responsables de la transmisión de enfermedades des epidémicas, unido a la suciedad, como las oftalmías o taraxis, vallicatio, chynosis o alquadamesí.

Los piojos originaron epidemias de tabardete o tabardillo (tifus exantemático) y las aguas contaminadas o los vegetales regados con esas aguas ocasionaron la endemia que siempre tuvo Madrid de fiebre tifoidea. Pulgas y chinches debieron hacer su agosto en aquellas poblaciones y no menos las garrapatas que afectaban a perros y ganado.

La calle de Toledo era la de las mancebías o prostíbulos. Las enfermedades venéreas fueron frecuentes, la gonorrea o almerocha, las flores blancas o flujos blancos y seguramente otros procesos incluí en la denominación de lupias, verrugas genitales, landres, encordios y si aceptamos que la sífilis o mal de las bubas vino a aparecer después del descubrimiento de América, mal gálico o mal francés, está confirmado al menos en la etapa posterior al descubrimiento por la presencia de lesiones óseas gomosas sifilíticas, halladas en las proximidades del antiguo Hospital de Antón Martín y en los frecuentes casos de demencia y parálisis producidas por lesiones sifilíticas del sistema nervioso central, aunque otras lo fueran por esclerosis del cerebro y sus arterias.

Los perros abundantes transmitieron la rabia o hidrofobia. El paso de caballerías por las calles no pavimentadas debió producir frecuentes casos de tétanos en les heridas contaminadas con tierra.

En los cráneos y dentaduras hallados y estudiados por nosotros hemos observado la frecuencia de la abrasión dental, las caries, los abscesos alvéolodentarios, la pérdida temprana de dientes, las grandes cantidades de sarro dentario o toba, el sapillo o moniliasis de la cavidad bucal de los niños, el neguijón o coloración negra de los dientes, la piorrea alvéolodentaria, flemones, fístulas y en general sepsis bucales que debieron producir junto con la dieta, constantes halitosis.

El aliento de las gentes de le Edad Media debió ser francamente desagradable.

Las aguas contaminadas fueron motivo de frecuentes diarreas, cámaras, correncia o disenterías, así como los alimentos descompuestos, especialmente en el verano.

La gota de los pies o podagra y la gota de las manos o guiragra están bien documentadas en los huesos hablados.

Las hernias o potras fueron frecuentes, originando la existencia de “especialistas” llamados sacapotras que las curaban.

Las heridas por arma blanca fueron uno de los traumatismos más constantes, que más dieron que hacer a los cirujanos medievales.

Los ictus apopiectiformes o las intoxicaciones por alimentos producían en la época frecuentes paroxismos o parasismos, pérdidas prolongadas del sentido con aspecto de muerte aparente y los casos de enterramientos de vivos fueron tan frecuentes que en los testamentos de la época se solía poner una cláusula por la cual, ante el temor de ser enterrados vivos, como última voluntad se pedía que abriesen al supuesto o presunto cadáver, las venas y se asegurasen de que no iban a echarles la tierra encima estando vivos.

Los pasmos o parálisis faciales, la pechuguera o catarros bronquiales a causa de los contagios, los enfriamientos y el polvo de las calles contaminadas son con la perlesía diagnósticos de aquel tiempo.

La scurria o micción involuntaria y la suria o detención patológica de la orina también son citadas.

Los vértigos por retención biliar o lesiones de oído por infecciones post-catarrales y los zaratanes o postemas el seno de las mujeres, el mal de madre e histerismo, la mirachia que era un estado depresivo o melancolía, la mola matriz que se confundía con el embarazo afectaban a las mujeres.

El abandono de niños a la puerta de las Iglesias era constante.

La edad media de vida era de 40 42 años según algunas fuentes pero consideramos por debajo de esta cifra la verdadera.

EPIDEMIAS, HIGIENE PUBLICA

Hay algunas epidemias citadas por autores como León Pinelo.

En 447 y en 746 hubo pestilencia y epidemia de hambre.
En 1213 hubo otra epidemia de hambre.
En 1268 se presentó una epidemia desconocida hasta entonces que asoló Madrid. Las gentes iban tranquilamente por la calle y de pronto se echaban las manos al cuello, se congestionaban y calan fulminados, muriendo poco después. Aquello provocó casi el despoblamiento de Madrid huyendo cuantos pudieron, abandonando los cadáveres pudriéndose al sol. Hubo un sistemático saqueo de la ciudad por los desaprensivos que debieron ser numerosos y las ratas y perros se dieron un banquete.

En 1348-1350 la peste negra asoló a Europa, llegando también a Madrid. Después hubo brotes periódicos de esta pandemia. Las epidemias de gripe fueron la regla, llevándose al 30 ó 40% de los afectados. Las calles del Madrid medieval se veían llenas de tullidos, y el mendigo que no tenia una llaga natural, se la provocaba con alguna planta cáustica o vesicante para implorar la caridad pública (Véase nuestro trabajo “Breve Historia de la simulación” EL MEDICO Nº 265, 4-10 marzo 1988 pág, 72-82). El panorama debió ser dantesco.

En 1438 se presentó “la peste”. León Pinelo la califica de cruel y rigurosa. Fué de abril a noviembre, muriendo más de 5.000 personas y quedando afectadas más de 6.000 en una población de 20.000 habitantes. Hubo que habilitar urgentemente un Hospital para los apestad que no daba a basto, en la Puerta del Sol. En 1455 nuevamente la peste diezma a la población de Madrid.

1507 fué otro año de gran peste en toda Castilla, Madrid incluido.

Se puede considerar como endémico-epidémico el llamado “cólico de Madrid” que durante muchos años azotó a la villa. Era costumbre ya en el Madrid medieval conservar la provisión de vinagres el escabeche de pimientos, las aceitunas y otros productos alimentarios en tinajas de barro vidriadas.

El vidriado se hacía con plomo. El baño se disolvía en el vinagre por la acción ácida de este y el resultado era la producción de azúcar de Saturno que empapaba los alimentos y los hacia muy tóxicos. A su vez este vinagre era usado en ensaladas, gas gachos, etc, con el objeto de aderezarlos y el resultado esa el cólico saturnino.

También se cocía la leche en vasijas de barro vidriado o se calentaban en ellas alimentos diversos. El resultado era el cólico saturnino o cólico pictónico o metálico. Las vasijas de barro vidriado venían a Madrid de Toledo, Silva Villaseca, Talavera, El Puentes Segovia, Alcorcón y villa Feliche. Vasijas de barro sin vidriar venían de Salvatierra, Alcalá, Villa del Campo, Navalmoral. Las alcarrazas venían de Ocaña y Andújar. Las tinajas eran traídas de Colmenar, El Toboso, Chinchón, Santorcaz y Villarrobledo.

Para el vidriado, después de cocidas las piezas, se barnizaban con “alcohol pulverizado grues mente”, desleído en agua, dándole consistencia con harina de trigo. Se mezclaba bien y se extendía con una brocha sobre la superficie externa e interna recociendo la pieza en el mismo horno. La vitrificación era imperfecta a causa de la escasa temperatura de los hornos, calentados con retama par falta de leña. Cuando comenzaron a llegar piezas de peltre inglés y holandés no varió el problema pues este peltre contenía mucho plomo.

Otra causa de cólicos eran los utensilio de cobre de la época. A veces se estañaban y el estaño tenia una buena mezcla de plomo. Los caldereros eran los responsables. Pero de por si el cobre producía el temible cardenillo que se formaba por oxidación en la superficie de las vasijas. Hasta las nodrizas cocían las papillas de los niños en cacerolas de cobre o azófar donde además, las guardaban. Los niños morían en medio de intensas convulsiones.

Así pues había no sólo verdaderas epidemias de cólicos, enteritis, y diarreas, cámaras y pasacólica, sino que era un problema endémico de la villa la intoxicación por plomo y cobre.

La lepra o mal de San Lázaro estuvo muy extendida en el medievo, hasta el punto de tener que construir una leprosería que existió al final de la Cuesta de la Vega desde la época musulmana.

Seria de enorme interés realizar excavaciones sistemáticas allí en busca de la necrópolis donde los restos óseos podrían contarnos mucho de la Historia de la enfermedad de aquellos tiempos en que dentro del rótulo de lepra, se incluían gran numero de enfermedades y lesiones de la piel y los huesos, la sífilis incluida.

Un capítulo que no puede pasar desapercibido y que está en relación con las supersticiones de la época que aún perduran, era el aojamiento o mal de ojo fascinación así como la existencia de endemoniados.

Y las epidemias de modorra, probablemente una encefalitis a virus, de la que se sabe que fue exportada a América. La expedición de Pedrarias al llegar al Istmo de Panamá sufrió una violenta eídemia de esta encefalitis letárgica o modorra, que diezmó a los recién llegados.

3.- El ejercicio de la Medicina en el Madrid medieval

Durante la primera parte de la Edad Media sabemos que la Medicina estuvo en manos de médicos moros y judíos. Ya antes de la conquista de Madrid por Alfonso VI había médicos judíos, moros, curanderos y charlatanes vagabundos.

En cuanto a la Medicina cristiana antes de 1215 hubo una Medicina monacal o eclesiástica en los monasterios que se iban creando. En 1460 se fundó a orillas del Manzanares el Monasterio de San Jerónimo del Paso donde se atendían enfermos, aunque más bien se dedicaba a repartir comida ya que la Medicina monástica había sido prohibida a partir de 1215. Mas como el sitio no era muy sano y los monjes enfermaban con frecuencia se trasladó el año 1502 al lugar que ocupaba el Buen Retiro, con el nombre de San Jerónimo aprovechando para su construcción los materiales del antiguo monasterio construído a la orilla del Manzanares.

En la primera etapa, en los monasterios había farmacias donde se preparaban los productos medicinales. Generalmente actuaban como dispensarios.

Los frailes no solían hacer visitas a domicilio, sino que los pacientes acudían a ellos. También era costumbre de los primeros tiempos que los propios médicos preparasen los productos que administraban.

Combinada con esta Medicina que podíamos llamar oficial, existía una paramedicina o Medicina paralela compuesta por curanderos, algebristas, santiguadores, ensalmadores, una Medicina supersticiosa.

Se utilizaban (y ha llegado hasta nuestro siglo) las llamadas nóminas que eran una especie de amuletos consistentes en bolsitas cerradas, dentro de las cuales se colocaban escrituras o nombres de santos. Otras veces usaban unas bolsitas con un colmillo de perro dentro, lo que se consideraba buen remedio para prevenir la mordedura de perros rabiosos.

Las nóminas se hacían también con los signos del Zodiaco o con oraciones o fragmentos del Evangelio. Otra forma supersticiosa de curar era por medio de ensalmos y aplicación empírica de diversas medicinas.

La Medicina medieval en general no pudo desprenderse de la etapa mágica, y por ello fue en parte, mágica, en parte, empírica y muy poco racional. Curanderos y exorcistas hacían su agosto. El mal de ojo era su enfermedad preferida, así como la posesión diabólica.

Es conocido el caso de Martín Perdomo o Perdomes, que se hizo rico en la Ribera de Curtidores por sus conversaciones con el demonio que le contaba cómo curar las enfermedades. Sólo aceptaba como pago de sus curaciones oro o plata.

Con la expulsión de los judíos se resintió el estado sanitario de Madrid, ya que la Medicina hasta 1492 estaba en general en manos de judíos, médicos famosos como Don Hudá y su hijo Maestre Zulema o Çulema.

Desde la era cristiana de Madrid, los judíos tenían que vivir en su ghetto o aljama y llevar un distintivo especial que los distinguía de los demás. Fue muy famoso Rabí Jacob o Jacó. Se sabe que pidió permiso para residir fuera de la aljama para poder asistir a domicilio a sus pacientes. La villa de Madrid le pagaba 5.000 mrs anuales. A su muerte le sucedió su hijo Rabí Oçe o José, el año 1488.

Las Cortes de Madrigal de 1476 y las de Toledo de 1480 fueron las que dispusieron que los judíos viviesen en su aljama, en torno a la ÇxingaÈ o sinagoga y los moros junto a su almagil o mezquita.

El contacto con reliquias de santos fue una forma de curar muy propia de la época.

San Isidro hizo así muchas curaciones después de muerto, bien cuando se ponía en contacto con sus restos a los enfermos o bien bebiendo del agua de la Fuente del Santo. Cuenta la leyenda que llegando al lugar donde araba San Isidro en pleno día caluroso, su amo Juan de Vargas le pidió un trago de agua. San Isidro había dado toda la que tenía en su botijo a unos caminantes.

Pero San Isidro sin dudarlo se dirigió a unas rocas y exclamó: ÇCuando Dios quería, aquí agua habíaÈ con lo que inmediatamente brotó agua fresca y cristalina que bebió el amo asombrado. Esta fue desde entonces la Fuente del Santo y a ella acudió el propio Emperador Carlos V para curarse ciertas tercianas que padecía consiguiendo apartar de sí la fiebre con lo que se dice que le tomó afecto a Madrid.

En el ÇLibro de la CetreríaÈ se habla de un noble que trajeron de Alcalá de Henares a Madrid para curarle una luxación de hombro, cosa que hizo cierto médico del Hospital u Hospedería del Santuario de Nuestra Señora de Atocha.

La fuente de San Isidro tiene una lápida de piedra en la que dice: Ç…que si con fe la bebieres y calentura trujeres, volverás sin calenturaÈ.

Había otras fuentes curativas como la de Santa Apolonia, de aguas bicarbonatado sódicas y ferruginosas, reputadas como muy curativas para males de estómago, mal de la piedra y riñones según cita Quintana.

Estaba en los atochares o campos de esparto cerca de donde más tarde se construiría el Santuario de la Virgen de Atocha. El sitio exacto era el pie del cerrillo de San Blas, donde años más tarde, muchos años más tarde, se construyó el Instituto Cajal de Investigaciones Científicas.

Había también cirujanos especializados en curar el mal de piedra.

Los médicos judíos ejercían sólo la Medicina clínica o Medicina interna, mientras los médicos moros eran además astrónomos, naturalistas, matemáticos y cosmógrafos. Gran caudal de conocimientos y de documentación sobre la Historia de Madrid medieval y de la España de aquellos tiempos se llevaron consigo al ser expulsados. Aún se encuentran tesoros de esta documentación en los lugares más inusitados del mundo. Yo he visto una gran biblioteca de manuscritos españoles de Toledo en el Seminario de estudios sefardíes de Nueva York, y otros en Fez, Constantinopla, Alejandría e Israel.

Los físicos (como se les llamaba a las médicos de entonces) del Monasterio de San Martín y del de San Francisco fueron con los físicos judíos los más famosos, además de algunos moros. Ya avanzado el período medieval, Madrid tenía dos físicos y un cirujano dependientes del Concejo para asistir a los vecinos, con nombramiento a perpetuidad y hereditario de padres a hijos.

Existía un cargo de Físico Jefe del Concejo Municipal que se nombraba entre los que hubieran ejercido en la villa durante 10 años con residencia en la misma. Los citados Rabí Oçe y Rabí Jacó, ostentaban este cargo y se les eximió de llevar la señal infamante o distintivo judío. Cuando tuvo lugar la expulsión, fueron varios los médicos judíos que aceptaron la religión cristiana, convirtiéndose y continuando así el ejercicio de su profesión.

Maeses se llamaba a los barberos cuya misión principal era practicar sangrías.

Los Mestres o Maestros eran los cirujanos.

Sacapotras eran los que curaban hernias y quebraduras

Algebristas los que arreglaban huesos luxados o rotos.

Es difícil saber cuántos médicos titulados en Universidad pudo haber en el Madrid medieval. Por entonces la Universidad de Salamanca, Padua, Montpellier, París y Bolonia entre Ootras eran las que funcionaban bien.

Durante los s. XIII y XIV en las Universidades de Montpellier y París se exigía a los futuros médicos en sus planes de estudio, varios grados: estudios filosóficos, por los menos 4 ó 5 años de Medicina, Bachillerato, Licenciatura y Doctorado. Más tarde se exigió una práctica de 6 meses en un Hospital.

Las autopsias eran escasas. En París se hacían 4 al año. No será hasta mediados del s. XV cuando comenzarán a funcionar algunos Teatros Anatómicos.

Asistencia Médica. Laín señala tres modos de asistencia médica: para poderosos estaban los médicos de cámara, graduados en las Universidades más importantes, que acompañaban a la Corte que por entonces era trashumante y cobraban honorarios elevados. Había otros médicos para artesanos y burgueses y una asistencia médica para pobres, en manos de curanderos y barberos.

4.- Médicos y curanderos.

Entre los médicos famosos madrileños cuyos nombres han llegado hasta nosotros, además de los arriba citados, podemos mencionar los que citan Chinchilla y Morejón:

Ali Ben Almagerethi: Nació en 1150, graduándose en Córdoba y Granada, donde practicó con los médicos más famosos del Islam. Poseía una gran biblioteca y fue quien impulsó los baños públicos. Escribió una obra famosa: ÇDe animalium generationesÈ que se encuentra en la Biblioteca de El Escorial.

Mohaladis Jebth: Nació en el viejo barrio de la Morería de Madrid, cerca de la Plaza de la Paja. Vivió en el siglo XII y tuvo gran renombre como persona de gran cultura, y famoso cosmógrafo. Alguna de sus obras son: ÇDescripción y uso de la AstrologíaÈ, escrita en colaboración con el matemático Moslam ben-Ahmed y ÇCuadrante astronómico y cuadrante de los paralelosÈ, además de otra serie de obras de Astrología, Geometría, Medicina y Dioptrometría.

Agmer-Ben-Abdala: Nació en Toledo en 1154. Vivió en Madrid muchos años ejerciendo su profesión de médico. Su fama se acrecentó al curar la gota que padecía el Califa de Cuenca, Abu-Amcer-el Ugartín. Tuvo gran conocimiento de las propiedades medicinales de las aguas minerales. Su más famosa es Ç”Tratado de las aguas medicinales de Salam-bir”.

Jacob-Ben-Jehudah ben Castell: Nació en Alca Henares en 1445. Estudió Medicina junto a otro médico hebreo en Alcalá de Henares y se examinó al Protomedicato trasladándose a Madrid, donde se muy conocido y famoso como médico de los nobles. En la Biblioteca del Vaticano hay un bello ejemplar de su traducción de la Cirugía de Bunen, del latín al hebreo.

Ben-Jehudah-Mosca: Nació en Toledo en 1220 donde estudió Medicina. Fue llamado el Catón pequeño. Fue médico de Alfonso X el Sabio. Vino a ejercer su profesión a Madrid, dedicándose también al estudio de la Botánica y haciendo numerosas traducciones de textos mahometanos al latín y otros del caldeo como el ÇLibro de las 300 piedras y sus propiedadesÈ. Tradujo también al castellano la obra ÇMedicina y CosmografíaÈ de Ali-aben-Ragel-ben Adresdri.

Quesgas-Vidal de Quisland. Médico y escritor judío nacido en Madrid en 1327 donde ejerció. En 1350 estudió en Toledo la carrera de Medicina. En Madrid asistió a la famosa Escueta de Astronomía. Fue médico y astrónomo. Conoció perfectamente la obra de Hipócrates. Cuenta Chinchilla que tradujo en lengua hebrea el Libro de medicina compuesto en latín por Arnau de Vilanova llamándolo “Hann-gagh HaberiathÈ” (Régimen de la Sanidad), uno de cuyos ejemplares se encuentra en la Biblioteca del Vaticano en Roma.

Sahagol Manteun: Nacido en Madrid en 1490 y muerto en 1550. Ejerció siempre en Madrid como médico, jurista, metafísico y talmudista. Sus aciertos clínicos le dieron fama en Madrid. Hizo versiones y traducciones de los libros clásicos de la Medicina como el Canon de Avicena, especialmente dedicada a la sangría y las enfermedades del tórax. Tradujo también a Averroes y Aristóteles.

Ya a finales del medievo fueron famosos los doctores Fernando López de Escoriaza y el doctor Pedro Frías, que fueron incluso llamados a consultas en Inglaterra y Flandes. El doctor Frías está enterrado en la iglesia de San Ginés. Murió el 14 de septiembre de 1535.

El doctor Francisco de Villalobos, fue un gran pediatra de Madrid anterior a la capitalidad.

El doctor Pedro Fernández de Legar fue médico del Hospital del Buen Suceso. Murió en 1533.

Médicos del Hospital de La Latina fueron Cristóbal de Vega, López Madero, Miguel de Heredia Capdevila, García Suelto, Fourquet y Ortiz de Lanzagorta.
Protomedicato.

Fernando III había dotado en 1240 una Cátedra de Anatomía dedicada a la Cirugía en la Universidad de Palencia, que luego fue trasladada a Salamanca por Alfonso X el Sabio.

La anatomía de cadáveres se hacía en las afueras de la ciudad, en la misma ermita en que se enterraba.

Las Cortes de Monzón de Aragón en 1283 habían creado la figura de los Prohombres que celaban el arte de curar, castigando y multando a quienes ejerciesen sin haber sido previamente examinados por un Tribunal adecuado.

En España, desde ÇLas I PartidasÈ, en 1348, se establecen una serie de prescripciones sobre las cualidades, obligaciones y derechos médicos. Además se prohibió el ejercicio de la Medicina a los eclesiásticos. Tras el periodo de crisis posterior a la prohibición de ejercer la Medicina monástica y más tarde con la expulsión de los judíos, hay una reacción en la organización de la Medicina y su ejercicio.

Las ordenanzas de Juan I creando el cuerpo de examinadores a los que llamó AIcaldes y cuya misión era dictaminar la aptitud de los que se dedicaban a la Medicina y a la Cirugía, fueron un gran paso en el desarrollo sanitario.

Enrique IIl que sucede a Juan I, mantuvo la institución de los Alcaldes examinadores.

Más tarde Juan II consolidó la Legislación de su padre, creando el Tribunal de Protomédicos, el Protomedicato, que estaba formado por los médicos del Rey. Esto moralizó el ejercicio de la profesión, dignificó la profesión médica con la repercusión lógica sobre la mejor atención al enfermo.

Juan II nombró al Maestre Chirino, físico, y al Licenciado Briviesca, examinadores y a Fernán Gomez, llamado el Bachiller de Ciudad Real, cronista del Reino. La Cédula Real de 30 de marzo de 1477, promulgada por los Reyes Católicos dio efectividad a esta Institución (Ley 1», Tit. 15, Lib. 3,¡ Recopilación).

Fernando el Católico otorgará el privilegio perpetuo a la Cofradía de San Cosme y San Damián para que los médicos y cirujanos del Hospital de Santa María de Gracia pudieran abrir y anatomizar cuerpos humanos. Además prohibió que se expidiese receta que no fuera ordenada por dicha cofradía.

La Universidad de Alcalá de Henares es fundada por Fray Francisco Jiménez de Cisneros el año de 1500. Felipe II, por la Pragmática de 1588, Ley 7» T, ratificó todo lo hecho por sus predecesores sobre el Protomedicato y creó además el Tribunal especial del mismo y la Administración de Justicia. Formado el Tribunal por tres médicos de Cámara, 3 auditores (médicos de la Casa de Borgoña), Alcaldes, Asesor, Fiscal y Alguaciles, juzgaban las demandas y acusaciones contra médicos y cirujanos. Castigaban los abusos y el intrusismo.

5.- Tratamientos médicos.

Sería largo de resumir la Farmacopea y técnicas utilizadas por los médicos del medievo.Hay un refrán que las resume muy bien: ÇSangrías, lavativas, purgas y ventosas y siempre las mismas cosasÈ.

La sangría, la purga y la sudoración, las purgas y las ventosas fueron los puntales de la clínica diaria.

Se utilizaban remedios tan peregrinos como la triaca magna, especie de panacea, el polvo de momia, la piedra bezoar, diversos alexifármacos y entre las técnicas quirúrgicas, la trepanación craneal, la cauterización, las amputaciones, las curas de las heridas tan frecuentes entonces.

Las fuentes fue un método terapéutico del que se llegó a abusar. Consistía en hacer una incisión en una o las dos piernas, los brazos o las nalgas, por donde se realizaba una sangría. Se colocaba entre los labios de la herida, estopa hervida o un objeto metálico que impedía la cicatrización por tiempo indefinido, de modo que se formaba una fístula que cada día producía cierta cantidad de secreción. Se creía que con esto salían los malos humores y el organismo se purificaba.

Los sedales eran heridas profundas que se hacían en pleno tejido muscular con fines parecidos a las fuentes.

Era común y corriente el uso de hilas o hebras sacadas de un trozo de lienzo con las que, embebidas en líquidos cicatrizantes, se cubrían las heridas, heridas que se curaban con sal para cicatrizarlas.

Se usaban las bizmas o emplastos para confortar, hechos con estopa de lino o0 cáñamo, aguardiente, incienso, mirra y otras substancias, etc., etc.

Hospitales medievales de Madrid.

No hay noticias fidedignas, documentales, de Hospitales hechos por el Islam en los primeros tiempos de Madrid, pero debieron existir, ya que era costumbre entre los musulmanes fundar casas para desvalidos o enfermos, los llamados bimaristanes, o casas de enfermos.

Los Hospitales del Madrid medieval corresponden a los Pandokheion (albergue de peregrinos), Xenodochium (albergue de forasteros) y Nosocomium (casa de enfermos) de Oriente.

Será en la Baja Edad Media cuando ya respondan a un criterio más moderno de tratamiento médico-quirúrgico, aunque siguen siendo obras de beneficiencia. Avanzado el periodo medieval, Madrid tenía dos fisicos y un cirujano dependientes del Concejo para asistir a los vecinos,con nombramiento a perpetuidad y hereditario de padres a hijos

En algunos de ellos se reconoce la Çtriada comnénicaÈ (tumba, monasterio, hospital) como el de Antón Martín o Los Trinitarios. Los hermanos o frailes viven en comunidad, atienden la enfermería externa e interna, tienen camas con enfermos hospitalizados a los que tratan y cuando mueren los entierran en el patio de la iglesia.

El Hospital más antiguo de la época cristiana parece ser el del camino de Atocha. En el camino hacia Madrid estaba el Santuario de la Virgen de Atocha donde se hizo una hospedería para peregrinos. Corresponde a una época en la que se llevaban bien los tres grupos religiosos. El Hospital era usado tanto por cristianos como por moriscos y algunos de sus médicos eran judíos. Su origen está probablemente en el momento de la llegada de Alfonso VI, que junto al santuario crea el Hospital de Peregrinos.

En 1523 los dominicos, que se habían hecho cargo de él, lo trasladan a la calle Imperial cerca de San Ginés y lo llaman Hospital de los Caballeros de San Ginés. Dice León Pinelo que en 1168 ya había un Hospital General de pobres. Es probable que ya existiese una Leprosería en la época musulmana, que bajo la dominación cristiana se llamaría Hospital de San Lázaro.

Alfonso X el Sabio amplió el Hospital de San Lázaro en la Cuesta de la Vega. León Pinelo dice que su fundación era muy antigua. El Hospital de San Lázaro en la Cuesta de la Vega desaparecería cuando Felipe II llevó a cabo la reducción, incorporándolo al del Amor de Dios o Antón Martín en l580.

En Las Partidas de Alfonso X el Sabio (Ley I, tít. XI, Partida II), se dice: ÇE deven otrosí mandar fazer hospitales en las villas do se recojan los ornmes, que non hayan de yacer en las calles por mengua de posadas… porque son obras de piedadÈ.

Ya en 1217 cuando llegó San Francisco a Madrid, eligió el santo para fundar el lugar donde estaría después el convento de Jesús y María que estaba cerca de Puerta de Moros. Había una pequeña fuente entre dos álamos. Levantó allí una humilde choza a la que llamaron ÇQuarto ViejoÈ y a la fuente se llamó ÇFuente de San FranciscoÈ, cuyas aguas cuenta la tradición que sanaban muchas enfermedades. No fué construiído con la idea de Hospital pero sí actuó como dispensario al estilo de la época.

Se cree que fue Alfonso VI el que fundó el Monasterio de San Martín de frailes benitos, que disponía de un extenso territorio lindando con Hortaleza. Actuó como dispensario, con una buena farmacia atendiendo a pobres.

También se debe a Alfonso VI el primer Hospital fundado para tísicos, poco antes de las conquista de Madrid o coincidiendo con ella. Estuvo situado en lo que hoy se llama calle de la Paz, esquina a la Plaza de la Leña. Se llamó primero de San Ricardo y años más tarde en tiempos de Felipe II, Hospital de la Paz, nombre debido a la Reina Isabel de Valois, a quien se conocía como Isabel de la Paz (Alvarez Sierra, o.c.).

Hospital de Agonizantes. En tiempos de Juan II se creó en la calle que iba de los Estudios a Embajadores, luego calle de San Dámaso, la Congregación de Padres Agonizantes. En 1400 se trasladaron a la calle de Hortaleza. Junto al convento se construyó un Hospital que recibía a los enfermos en grave peligro de muerte. Si morían, la Congregación les pagaba el entierro.

Hospital de Campo del Rey o de La Merced (1478-20). De 1418 a 1420 se funda dentro de los muros de Madrid, cerca de las actuales Caballerizas Reales, según León Pinelo, el Hospital de Campo deI Rey o de La Merced, cerca de la Puerta de Segovia, en la actual Plaza de la Armería, en el lugar llamado entonces Campo del Rey. Fue su fundador Don Garcí Alvarez de Toledo y Mendoza, obispo de Astorga, contador mayor de Juan II y luego de Enrique IV. Era de mujeres, con 12 camas.

Más tarde se instaló allí la Hermandad de Nuestra Señora de la Caridad cuya misión era enterrar a los muertos que se hallaban por las calles y a los ajusticiados.

Hospital de Pestosos. En 1438 bajo el Reinado de Juan II, dice León Pinelo que después de las Cortes que celebró, hubo gran temporal de aguas y nieves seguido de cruel y rigurosa peste. Entonces se dispone la creación de un Hospital para acoger a los enfermos de peste, que se instaló en la casa de recreo que tenía el infante don Tello, hijo bastardo de Alfonso XI, donde comenzaban los caños de Alcalá, no lejos de una ermita llamada de San Andrés o de Santa Bárbara en la calle de Hortaleza que entonces eran las afueras de Madrid. El lugar preciso estaba situado entre las actuales calles de Alcalá y Carrera de San Jerónimo, cara a la Puerta del Sol. Era un lugar ventilado en aquella época, considerado como saludable y aislado. Luego, pasada la epidemia quedaría como lazareto. Los que morían eran enterrados en el corralón que tleníta el edificio.

Años más larde se construiría allí el Convento de Mercedarios y los huesos hallados se depositaron en la bóveda. Según Alvarez de Baena ya existía este Hospital desde que lo levantó Enrique IV.

En la colección Pellicer de la Real Academia de la Historia, según refiere el doctor Alvarez Sierra, algo desviado de la Puerta de Guadalajara había un Humilladero (x), construido quizás con ocasión de la peste.

(x) Humilladero: Lugar devoto en el que hay colocada alguna imagen de Cristo Señor Nuestro, de Nuestra Señora, de algún Santo o de la Santa Cruz, el cual suele estar en lo caminos, o en los extremos de los lugares. Diósele este nombre porque allí se postran los pasajeros para hacer oración.

El Diccionario de Autoridades menciona el hecho de que Madrid tenía tres ermitas y dos humilladeros: Ermita de San Isidro Labrador, Ermita del Angel y Ermita de San Blas, y Humilladeros de San Francisco y Humilladero de Atocha.

Se fundó en él el Hospital de Apestados, para que se atendiesen allí tales enfermos.

Más tarde sería el Hospital de San Andrés el Real de la Corte en 1529 y Hospital del Buen Suceso.

Parece ser que en 1520, con motivo de los problemas creados por las Comunidades de Castilla y para evitar que bandidos y comuneros entrasen por allí en Madrid, se construyó un foso por la parte del Hospital y un castillo orientado al Oriente, pintándose sobre él un sol. Este castillo servía de entrada y aduana a Madrid. Una vez pasado el peligro de los comuneros, se derribó aquella puerta o entrada estrecha para ensanchar la salida, quedando el nombre de Puerta del Sol que hoy lleva toda la Plaza.

Los Reyes Católicos, en 1484, habían creado un Hospital de campaña, el primero de su género, desmontable, que les acompañaba en su peregrinar constante por la geografía del país y en el que se atendían a los enfermos o heridos de sus servidores.

Se le llamaba Hospital Real de la Corte. Hernán Pérez del Pulgar lo llama Hospital de la Reina porque fue idea de la Reina Isabel la Católica.

Un refrán resume la farmacopea y el tratamiento médico de la época medieval: “sangrías, lavativas, purgas y ventosas, y siempre las mismas cosas”.

En 1529, Carlos V que no era tan trashumante como sus abuelos, situó el Hospital de la Corte en el antiguo edificio del Hospital de los Apestadas, con la misma finalidad de atender allí a los servidores de la Corte que enfermasen. En este mismo Hospital años más tarde fundaría el Hermano Bernardino de Obregón la Mínima Congregación para asistencia hospitalaria, más conocida por los Obregones. Y años más tarde se le llamaría Hospital del Buen Suceso y sería trasladado a la Plaza de las Descalzas.

Hospital de Santa Catalina de los Donados. En 1440 según Madoz y en 1460 según León Pinelo, Pedro Fernández de Lorca, secretario de Juan II y Enrique 1V, fundó en un palacio y viña de su propiedad al final de la calle del Arenal, frente a las Fuentes del Peral, un Hospital para 12 hombres honrados, viejos, que no pudiesen trabajar, dedicado a Santa Catalina, virgen y mártir, llamándolo Hospital de Sta. Catalina de los Donados. Se puso bajo el gobierno del prior de San Jerónimo el Real. Los asilados vestían mantos de paño pardo con caperuzas.

Más tarde, en 1502, el Concejo de Madrid acordó la cesión de una calleja para poder ensanchar este Hospital. Luego, la plaza adjunta sería la Plaza de Santa Catalina de los Donados.

Hospital de Santa Ana. Se fundó en el bajo medievo en lo que hoy se llama calle de San Bernardo según Quintana, que entonces era el Camino de Foncarral, junto al arroyo de Matalobos. Se trataba de un Hospital de Convalecientes perteneciente a una Hermandad formada por 33 sacerdotes y un abad, que recogían a los enfermos pobres convalecientes hasta que ya no podían trabajar.

Hospital de La Latina. Lo fundaron Francisco Ramírez y su esposa Beatriz Galindo, llamada ÇLa LatinaÈ por sus conocimientos en esta lengua, que había sido preceptora de la Reina Isabel la Católica. Fue abierto al público en 1499. Tenía de 8 a 10 camas. Lo construyó el arquitecto moro, Maese Hazán. Beatriz Galindo creó en el año 1500 otra institución benéfica con la finalidad de acompañar hasta el suplicio a los reos de muerte.

La Cofradía de la Caridad, creada por Juan II para enterrar a los muertos que encontraban por las calles y la Cofradía de la Paz fundada por Felipe II e Isabel de Valois, se fundirían formando la Cofradía de la Paz y la Caridad que se instaló en la Iglesia de Santa Cruz en 1587.

Hospital de San Juan de Dios, Amor de Dios o Antón Martín. En el año 1552 el venerable Antón Martín, de la Orden de San Juan de Dios, compra un terreno, propiedad de Fernando Somante y de su mujer Catalina Zapata, situado en la plaza que luego sería de Antón Martín, esquina a la calle de Atocha y funda un Hospital para enfermos infecciosos y Hospital de Unciones para curar los casos de sífilis, bubas, tiñas, y se le añaden los leprosos de la Leprosería de la Cuesta de la Vega. Esta fundación está ya fuera de la época medieval, pero muy cerca del final de ésta.

Los hospitales del Madrid medieval corresponden a los Pandokheion (albergue de peregrinos), Xenodochium (albergue de forasteros) y Nosocomium (casa de enfermos) de Oriente ríoÈ

6.- Alimentación.

La dieta en el Madrid medieval, consistía en carnes de vaca, carnero y cabrito, oveja, casquería, asaduras, cabezas y caza.
Hubo un matadero junto a lo que sería después el Hospital de La Latina del que sabemos porque se solicita su traslado a otro lugar más adecuado. Hubo en Madrid una sola carnicería en la Plaza Mayor. Los nobles se abastecían de carne en sus propiedades, lo mismo que los conventos según dice Bravo Morata.

Se consumía mucho pescado en salazón y ÇremojadoÈ, pescado cecial o amojamado (tollo, besugo, sardinas, pescados salados y pulpo). Los maragatos han tenido desde tiempo inmemorial el asiento de pescado en los mercados madrileños. Es probable que ya se encargasen de traerlo a Madrid desde la costa del Norte.

Ya por entonces circulaba el refrán de Çpescado cecial, no hace ni bien ni malÈ. En 1486 había en Madrid 12 tabernas. El consumo del vino debió ser grande.

También había refranes ya por aquel tiempo sobre el tema para señalar la calidad más apreciada: ÇVino que salte, queso que llore y pan que canteÈ, ÇViva la Mancha que da vino en lugar de aguaÈ.

El negocio de la harina estuvo en manos de judíos en Madrid medieval. En 1490 Jacob Lerma Çes arrendador de la renta del pan en grano e harinaÈ (Bravo Morata).

Carne de cerdo se comió, al menos por parte de la comunidad cristiana y también se decía: ÇPuerco fresco y vino nuevo, cristianillo al cementerioÈ.

Los mudéjares tenían el comercio del hierro. Eran herreros, caldereros, y también carpinteros, comerciantes y alarifes.
Los traperos y especieros eran judíos. Había aguadores que acarreaban el agua a las casas.

Fuentes famosas fueron la del Berro, la del Espíritu Santo, la Mariblanca, la de Santa Apolonia, la de San Isidro, la de San Francisco, etc.

El pan se cocía y vendía en hornos particulares, pero el Concejo vigilaba su elaboración y los precios.

Siempre hubo conflictos porque los panaderos querían subir los precios del pan. Hay una provisión de Don Fernando, Don Felipe, Doña Juana y Señores de Concejo, para la venta libre de pan en Madrid siempre que no pasare de 3 mrs la libra.

En los alrededores de Madrid había muchos olivares y de ellos venía parte del aceite que consumía la villa. Había una almazara o molino de aceite cerca de la Puerta de Valnadú. También venía aceite de la Alcarria, de Baeza, Ubeda y Ecija.

Había gente encargada del trajín de la sal y salinas de Espartinos.

En cuanto a sebo y cera había un gremio de candeleros y cereros.

También hubo muchas colmenas y quienes las trabajaban por la parte de Atocha.

7.- Cementerios.

En el Madrid medieval, los cementerios estaban situados en las iglesias, fuera y dentro. Desde el s. XI se generalizó la costumbre de enterrar a los fieles en su propia parroquia. Las Partidas determinan una distancia desde la iglesia de 30 a 40 pasadas. Cuando se llenaban las sepulturas y pasaba un tiempo tal que nadie reclamaba la relación familiar, los párrocos recurrían a la limpieza y reutilización de las mismas.

A esto llamaban ÇmondasÈ y los huesos obtenidos se mezclaban y colocaban en un espacio habilitado al efecto llamado ÇhuesaÈ o bien ÇosarioÈ que es hoy para nosotros como el Archivo de la Patología en aquel tiempo.

La reutilización de las tumbas se hacía otras veces simplemente arrinconando en el propio sepulcro los huesos descarnados que ocupaban poco espacio y colocando allí otro cadáver probablemente familiar del anterior.

Siglos más tarde, el 9 de diciembre de 1786, el Consejo de Castilla aprobaba un Decreto, publicado el 3 de abril de 1787, prohibiendo los enterramientos en las iglesias y creando cementerios fuera de las poblaciones.

Sin duda el olor filtrado a través de las losas de piedra, de la descomposición de los cadáveres debió llegar a ser una pesadilla para los fieles que asistían al templo a los que ni el constante incienso quemado podría aplacar su repugnancia, especialmente en verano.

Se dio muchas veces la circunstancia de que los cuerpos no se descomponían, bien porque se trataba de sujetos muy emaciados por la enfermedad terminal, muy caquécticos, secos, casi sin grasa ni partes blandas, en cuyo caso la momificación natural o espontánea era el resultado. En otras ocasiones, especialmente si había mucha humedad en el terreno, se transformaban en cuerpos incorruptos o adipociras.

Traslado de la Corte a Madrid.

Y termina la Edad Media, en lo sanitario para nosotros con el traslado de la Corte a Madrid el 19 de septiembre de 1560. Quintana dice que fue en 1563. Otros que las primeras gestiones tuvieron lugar el 10 de junio de 1561. Algunas fuentes dan la fecha de 15 de junio de 1561 como el momento oficial en que la villa de Madrid se transforma en Villa y Corte. No vamos a entrar aquí en esta discusión que dejamos para los que acaben encontrando los documentos que nunca se han hallado sobre este traslado oficial.

Mientras algunos autores señalan la cifra de 12.000 a 15.000 habitantes por entonces, otros la hacen llegar a 30.000.

Es probable que Carlos V que le tomó mucho afecto a Madrid por haber mejorado de su paludismo al haber bebido el agua de la Fuente de San Isidro, tuviese quizás ya la idea de colocar la capital en el centro geográfico o yema de España, pero sería su hijo, Felipe II, quien diera este paso que produjo no pocos problemas.

Las Fuentes del Berro y del Espíritu Santo, la de San Isidro, la abundante vegetación, el arbolado que rodeaba Madrid, la abundante caza mayor y menor en los alrededores de la villa, la cercanía de Aranjuez, La Granja y la Sierra de Guadarrama, el clima mejor que el de Toledo, y otras razones debieron ser motivos numerosos para que se decidiera llevar la Corte de Toledo a Madrid.

Al morir Felipe II Madrid habría va alcanzado la cifra de 300.000 habitantes con 12.000 casas. El crecimiento en tan breve espacio de tiempo desbordó todos los cálculos. Pero así como los descubrimientos de América hicieron unos trazados geométricos de las ciudades que fundaban con amplios espacios para plazas y calles, en cambio Madrid siguió creciendo desordenadamente y las consecuencias aún las estamos padeciendo.

Mal de amor.

Una curiosa epidemia tuvo lugar a mediados del s.XVII que afectaba solamente a las mujeres, especialmente a las jóvenes y bellas: el “mal de amor”. Al parecer, los tratamientos habituales de la época usados por los médicos no surtían ningún efecto. Las mejores noticias de este mal han llegado hasta nuestros días, a través de las obras de los más famosos pintores de la época, especialmente de Holanda y Flandes, donde al parecer atacó este mal con la mayor intensidad. La escuela de Frans Hals y de Rembrandt, formada por Gerard Dow, Van Hoogstraten, Metzu,Van Mieris, Netscher, Ten Borch, Juan Stegu y otros fueron los que más se dedicaron a reflejar en sus telas el aspecto físico y psíquico de aquellas jóvenes enfermas

Los cuadros de Jan Steen recogen en imágenes la sintomatología polimorfa, variada, pero siempre constante de esta enfermedad, el mal de amor. Languidez, tristeza, ganas frecuentes de llorar, palidez del semblante y de los labios, dolores de cabeza, desgana de hacer nada excepto pasarse el tiempo tendida en un diván, un lecho o una butaca con almohadas en posiciones que variaban desde recostar la cabeza a cambiar de postura continuamente.

El “mal de amor” existe y ha existido en todo tiempo y en todos los países. El mal es físico y psíquico. A la inapetencia por los alimentos se añadía una desgana por la vida. A la enferma le faltaba la alegría de vivir, de cantar, de trajinar en la casa, de hacer y emprender cualquier tarea por pequeña que fuese. La paciente se dejaba morir poco a poco.

Hay una obra muy curiosa escrita por el Dr. Grasset. Se trata de la biografía de un famoso médico de Montpellier, que vivió en el siglo XVIII, llamado Boissier de Sauvages. La obra se titula “Le médecin de l’amour au temps de Marivaux”(Etudes sur Boissier de Sauvages, d’après des documents inédits”, Paris, Masson, 1896.

Boissier de Sauvages fué conocido en su tiempo por este sobrenombre de “médico del amor” y pronto veremos por qué. Realmente fué un gran botánico, clínico eminente y gran profesor, amigo de Boerhave y de Linné.

En 1724, François Boissier de Sauvages, presentó su tesis doctoral titulada: “Disertatio medica atque ludrica de amore, etc.” en la que alterna las opiniones sobre el amor de los antiguos poetas con notables consideraciones científicas. Henry Meige le ha considerado como precursor de los psicólogos modernos con su concepto de “mal de amor”. Identificaba esta afección con una serie de trastornos psico-fisiológicos que constituían entre sí un verdadero síndrome, una afección mórbida en la que estudia su etiología, sintomatología, complicaciones, patogenia, diagnóstico y terapéutica.

Definía el amor desde un punto de vista patológico como “enfermedad que se presenta entre los jóvenes de ambos sexos, con delirio en relación con el objeto amado y un vivo deseo de unión íntima honesta”. Consideraba ese “delirio” como una forma psicopática especial, en la que existen una serie de síntomas psíquicos y otros físicos.

En cuanto al “mal de amor” es descrito así por Boissier de Sauvages: “Estado de febrícula variable o continua que se manifiesta con palidez, inapetencia, melancolía y deseo de soledad. Se le llama fiebre blanca a causa del color de los enfermos, fiebre amorosa o fiebre de las jóvenes porque afecta sobre todo a las jóvenes enamoradas y se acompaña de palpitaciones, síncopes, etc.”

Esta enfermedad ha recibido también el nombre de clorosis, que era definida como “anemia de la pubertad, espontánea, favorecida por una tara hereditaria de alteraciones de la nutrición, sea latente o expresada por hipoplasias orgánicas, anemia con pérdida de hemoglobina de tal intensidad que los glóbulos rojos neoformados son incapaces de adquirir la resistencia y talla de los glóbulos rojos normales”.

La clorosis y el mal de amor son nosologías que se han superpuesto con frecuencia.

En escritos antiguos ya se habla de una febris amatoria o icterus amantium como enfermedad producida generalmente por el amor contrariado. A veces las enfermedades son las mismas pero los nombres y su sintomatología varía con los tiempos.

Más tarde Sauvages hablará de una “clorosis por amor”. Estos conceptos se encuentran ya en HIPOCRATES. La febris amatoria de los antiguos atribuye los síntomas en su mayor parte a trastornos del aparato genital. La retención de sangre en la matriz, los trastornos menstruales, la coloración verdosa de los tegumentos y los demás síntomas son parte de la misma enfermedad.

HIPOCRATES y GALENO ya hablaban de ellos. AMBROSIO PARE lo creía a pie juntillas. MEIGE cita a autores como Varandal, Lafare Rivière, Sennert y otros que atribuían la patogenia de la clorosis a trastornos menstruales. Durante los s. XVII y XVIII otros nombres aparecen para definir la clorosis: “color pálido”, “enfermedad virginal”. AVICENA ya había mencionado la obstructio virginum y ARQUIGENES a la “febris alba”, “tristeza amorosa” o “pasión contrariada”.

Otros autores se contentan con llamar a la enfermedad “melancolía”, que se caracteriza por “ensuelos acompañados de tristeza” y que atribuían a “perversión de los espíritus animales”, a vapores que se desprendían de todo el cuerpo, del corazón, de los hipocondrios o de la matriz. La melancolía hipocondriaca y la “melancolía de amor” tenían como fundamento una pasión desmedida por el objeto amado. Se hablaba también de una “melancolía uterina” que se atribuía a la obstrucción de los vasos sanguíneos periuterinos lo que provocaba la suspensión de la regla. Su grado máximo era la “sofocación uterina”, que se atribuía a la corrupción de la sangre menstrual lo que producía vapores malignos que invadían todo el cuerpo.

HIPOCRATES describió estos signos como parte de lo que en siglos posteriores se llamaría histeria, de histeros, útero. La palidez y la neurosis estaban asociadas. SYDENHAM consideraba a la clorosis como una especie de histeria.

MEIGE señala que Jean Varandal fué el “padrino” de la clorosis. Decía en una de sus obras:

“Hay una enfermedad propia del temperamento femenino, que es más húmedo y más frío que el de los hombres, y es la que actualmente vemos desarrollarse en estas regiones de una forma casi endémica o epidémica, especialmente en las jóvenes más nobles y bellas, en las viudas u otras que viven en la abstinencia de todo trato sexual. Se la califica con el nombre de “fiebre de amor” o “enfermedad virginal”. Nosotros la llamamos “clorosis” como HIPOCRATES”.

Así, la clorosis que ya se conocía desde la antigüedad fué descrita con detalle por Varandal, Rivières, Senner y Sauvages.

El síntoma más aparente era la palidez casi lechosa de la piel de la enferma. Los alemanes llamaban a esta enfermedad “milchfarbe” (color de leche) y era un color algo así como el de la cera vieja, un color y aspecto céreo, casi transparente, a veces verdoso. Ese tono fué muy bien captado por Samuel van Hoogstraten en sus lienzos, pero en realidad sólo se presenta con esta intensidad en los casos más severos. Por ello a esta fase de la enfermedad se la llamaba “morbus viridis”. En Inglaterra se llamaba “green sickness”.

Un hecho notable era que las enfermas de “mal de amor”, a pesar de su extremada palidez, nunca se adelgazaban, al contrario, parecían estar turgentes. Nunca se las veía emaciadas, sino con un turgor vitalis o lymphaticus, edematosas, lo que daba la sensación de que tenían un buen revestimiento adiposo.

En el cuello, los “collares de Venus” se acentuaban aumentando debido a una hiperplasia tiroidea que era casi constante. En las extremidades había edemas verdaderos, los llamados edemas cloróticos. Sus rostros daban la sensación de máscaras de alabastro con una expresión muy particular en los ojos, con la esclerótica azulada y las ojeras muy marcadas. Los ojos tenían una expresión de languidez y de tristeza muy peculiar.

La paciente suspiraba y lloraba con frecuencia, se apartaba de la sociedad de los demás con signos de melancolía que llegaba en ocasiones a la alienación mental. Gran apatía y desgana por todo trabajo intelectual o físico, ansiedad, tristeza, depresión y una laxitud que parecía paralizar a estas víctimas de “mal de amor”.

Los pintores flamencos nos han dejado muy claramente expresado el hecho de cómo buscaban con almohadas una postura de reposo que nunca encontraban. Las enfermas no hablaban, parecían estar pasmadas, no hacían caso de lo que se les decía, parecía como si no entendiesen lo que oían. Eran frecuentes las lipotimias, desvanecimientos por anemia cerebral, síntoma inseparable de la clorosis.

Los trastornos cardiovasculares eran otro signo constante, caracterizados por palpitaciones que se presentaban por accesos y que las dejaban sin aliento. BOUILLAUD señalaba que el corazón latía en completa anarquía, presentado una verdadera “locura cordis”, que se acompañaba de disnea o anélitos. La enferma, al sentir estas molestias, llevaba la mano al pecho como queriendo sostener el corazón que parecía querer escapar al exterior.

Esta agitación del corazón se transmitía a todo el sistema vascular, lo que notaban en el pulso que se aceleraba, aumentando notablemente su frecuencia.

Meige que estudió con detalle este síndrome decía que “la emoción amorosa se traducía por trastornos cardiovasculares y fenómenos vasomotores.

Las cefaleas eran frecuentes, así como las neuralgias de localizaciones muy diversas, pero sobre todo, las migrañas. En algunos cuadros de la época se puede ver cómo la paciente tiene un emplasto aplicado sobre la cabeza, las sienes o la frente, lo que constituía el remedio universal en estos casos.

Los dolores de muelas eran también frecuentes. En España tenemos un refrán que hace referencia a esta relación entre dolor de muelas y amor: “dolor de muelas, mal de amores”. En estos casos se usaban los emplastos de mastic.

Los trastornos digestivos eran constantes: anorexia, inapetencia. También se presentaba perversión del apetito, la llamada “pica” o “malacia”, con especial predilección por las bebidas ácidas, el limón especialmente. El organismo, sabiamente, pedía lo que le faltaba, vitamina C.

Trastornos del aparato genital, trastornos menstruales eran constantes.

En cuanto al tratamiento, decía Sauvages, que hay ciertas plantas cuya virtud es funesta al amor, como la ruda (Ruta graveolens) que se utilizó mucho y aún se usa en muchas partes de Europa y América contra las crisis de histeria así como abortivo peligroso y el alcanfor (Laurus camphora) utilizado como cardiocinético. A pesar de ello, creía Sauvages que “el amor se cura con hierbas” (Amor est curabilis herbis).

Como tratamiento prescribía “un régimen sobrio y refrescante de lacticinios, tisana de cebada, raíces de nenúfar, semillas de Agnus castus, ejercicios corporales, distracciones sanas y viajes”. Prohibía todo cuanto podía agravar el mal, tal como las carnes, los vinos generosos, los alimentos con especias.

Pero, el mejor remedio era…el matrimonio. Como dice el aforismo hipocrático “Nubat illa et malum effugiet”. El matrimonio y sobre todo, el embarazo, que ejercía una influencia muy beneficiosa en las clorosis.

Meige menciona el párrafo de Molière en su obra teatral “Le medecin malgré lui” que dice en el acto segundo: “Todos estos médicos no harán nada mejor que el agua clara y vuestra hija necesita algo mejor que el ruibarbo o el sen y es que un marido será el mejor emplasto que cure todos los males de esta joven”. Probablemente por estas razones se llamó a la clorosis “santa enfermedad” porque se presentaba solamente en las vírgenes. Era más frecuente en los países húmedos y fríos como es el caso de los Países Bajos.

Otro signo de clorosis era la constipación o estreñimiento. En aquella época se usaban los clísteres que estaban en su apogeo como terapéutica y los laxantes. Y como de costumbre se sangraba a las pobres pacientes, lo que por regla general empeoraba el mal, empobreciéndolas más en glóbulos rojos, bien escasos ya en las clorosis con anemia ferropénica. Además el médico inspeccionaba de visu et odoratu el aspecto de los humores que salían de la enferma.

En los Museos de Amsterdam, Londres, Munich, Moscú, Viena y San Petersburgo, pueden verse hoy día bellas obras de arte, generalmente como dijimos de la Escuela flamenca y holandesa, que representan con variantes el “mal de amor” con gran realismo. Algunos de los pintores como es el caso de Jean Steen, no una vez sino repetidas veces tomó como motivo de sus lienzos esta enfermedad.

MARAÑON dedicó su atención en varias ocasiones al estudio de la clorosis. En uno de sus escritos dedica un buen párrafo a esta enfermedad. Decía el gran maestro de la Medicina : “La clorosis es un ejemplo único en la Historia de la Medicina; el de una enfermedad de inmensa extensión, no sólo entre los médicos , sino entre el vulgo, que de repente, desaparece casi en absoluto”. Y no fué una extinción porque se haya llevado a cabo una lucha específica contra ella, como ha ocurrido con la viruela, la fiebre amarilla u otras. La clorosis ha desaparecido “mágicamente”.

Seguía diciendo MARAÑON: “Esta enfermedad ha figurado en millones de diagnósticos de los médicos clásicos. Ha influído mucho en la vida de la mujer -y por tanto del hombre- durante varios siglos, ha enriquecido a tantos farmacéuticos y propietarios de aguas minerales, ha hecho exhalar tantos suspiros a tantos jóvenes enamorados y movido la inspiración de poetas…¿pero, ha existido realmente?”

Citada ya por HIPOCRATES, “será en el s. XVII cuando VARANDAL o VARANDAEUS, de Montpellier, la bautiza en 1620 con el nombre de clorosis”. Todos los libros de Patología han dedicado muchas páginas a esta enfermedad que se presenta en las jóvenes vírgenes y que desaparece al casarse o madurar.

Sin embargo, la civilización moderna terminó con la enfermedad. Los grandes clínicos del s. XX están de acuerdo en afirmar que ya no se encuentran casos de esta enfermedad, y que para enterarse de lo que era hay que buscar en los libros antiguos. Todavía se veían casos en la primera decena del s. XX. MARAÑON, PITTALUGA y otros hematólogos, encontraron esta enfermedad diagnosticada muchas veces a través de anemias hipocrómicas asociadas con trastornos menstruales. Sin embargo, no tenían todas las características descritas por los clásicos, por lo que comenzaron a llamarla “seudoclorosis”. Posteriormente, cuando los medios de diagnóstico mejoraron, los diagnósticos fueron más precisos, haciéndose aparentes diversas infecciones latentes que actuaban sobre el sistema hematopoyético, especialmente sobre el metabolismo de la hemoglobina. Ejemplo de esto fué la tuberculosis. Así es muy probable que muchas de las enfermedades calificadas de cloróticas fuesen tuberculosis con sus febrículas vespertinas que eran diagnosticadas de “fiebres cloróticas” por WUNDERLICH, al decir de Marañón. Se hablaba incluso de una “tos clorótica” que no era más que la tos de los tuberculosos, todo lo cual se acompañaba de síntomas neurovegetativos. Estudios minuciosos demostraron que la tuberculosis afectaba con mucha frecuencia al aparato genital, especialmente a los ovarios.

MARAÑON cita una experiencia dolorosa de los comienzos de su vida profesional en relación con esta enfermedad: “Yo no podré olvidar nunca, dice, el caso de una muchacha de l6 años, hermana de un compañero de estudios, a la que ví apenas terminados aquéllos, con el entusiasmo de las primeras experiencias profesionales. Estaba anémica, con el tono alabastrino típico. Su menstruación era escasa. Apenas tosía un poco. Entonces, todavía no se hacía el examen radioscópico sistemático del tórax, que seguramente nos hubiera descubierto lesiones que no denunciaba la exploración clínica a nuestro oído aún poco experto. Tenía una anemia hipocrómica que decidió nuestro diagnóstico de clorosis. Pocos meses después, esta clorótica, llena de interés y de belleza, moría de una granulia. En el pesar que me produjo este fracaso, está tal vez, el germen del estudio de hoy, hostil, creo que justamente a la clorosis”.

Otras muchas cloróticas encerraban focos de croniosepticemia (en amígdalas, oídos, dientes, sinusitis), de endocrinopatías (insuficiencias ováricas o disfunciones ováricas de diversos grados) muy relacionadas con la anemia hipocrómica.

MARAÑON relaciona la frialdad de las manos de las cloróticas descritas por los médicos de su tiempo con la mano hipogenital o acrocianosis.

También las afecciones del tiroides podían ocasionar sintomatología clorótica por su relación con el metabolismo de la hemoglobina, como las alteraciones de las cápsulas suprarrenales (hipofunciones corticales), que se acompañan de pigmentaciones anormales, discromías. Por supuesto, la alimentación deficiente o incorrecta podía ocasionar alteraciones cloróticas.

Por todo lo expuesto, MARAÑON negaba a la clorosis la calidad de entidad nosológica que durante siglos se le dió. Para él no existió nunca la “clorosis verdadera” a pesar de lo que habían dicho NOTHNAGEL, v. NOORDEN, HAYEM, LACHE, PITTALUGA, AUBERTIN y MORAWITZ. “La clorosis, dice tajantemente Marañón, fué una verdadera invención literaria, netamente romántica, un ente fantástico en la Patología”. De febris amativa morían Raquel y la Julia de Lamartine, la Mimí de La Bohemia. La palidez de la mujer se interpretaba como virginidad que volvía locos de amor a los hombres.

Recuerda Marañón la comedia de Lope de Vega, “El acero de Madrid” y la canción en la que se repite aquello de: “Niña del color quebrado, o tienes amor o comes barro”. Las jóvenes cloróticas acudían por las mañanas a beber de la fuente ferruginosa de la Casa de Campo de Madrid.

Así, la clorosis y su origen o consecuencia podemos hoy incluirlos en la mitología de la Patología Médica, entre los objetos de Museo.

Y eso a pesar de que haya sido motivo de inspiración para tantos poetas y especialmente pintores que reflejaron en sus lienzos, no las enfermas de “mal de amor” sino a las tuberculosas de su tiempo que también tuvieron derecho a enamorarse de amores imposibles. A pesar de todo todavía existe el “mal de amor”. Como se dice de las brujas en Galicia, “haberlo, haylo”.

Las Leyes del Toro y la medicina.

ANTECEDENTES HISTORICOS

Las Leyes de Toro son un notable documento de la Legislación española que se conserva en la Sección de Pergaminos del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid.

Constituyeron en su tiempo una Reforma de las Leyes que refunde las numerosas disposiciones existentes en Pragmáticas, Ordenamientos y Fueros, aclarando muchos puntos oscuros y permitiendo a los legisladores decidir en los numerosos casos que se presentaban y en los que se planteaban interpretaciones contradictorias.

La Reina Doña Juana emite una Real Cédula en la Ciudad de Toro el 7 de marzo de 1505 en la que explica las razones que le han movido a poner en vigor esta reforma.

En Valladolid, el 9 de abril de 1505, durante la Sesión de Cortes que se celebraba, presentóse Pedro de Pascua, vecino de Salamanca, quien mostró a los reunidos una Cédula del Rey D. Fernando, firmada de su puño y letra, y refrendada por su Secretario Fernando de Zafra, acompañada de «un Cuaderno de Leyes».

En esta Cédula el Rey D. Fernando el Católico mandaba al Presidente y Oidores encuadernar y sellar con plomo, publicar, pregonar y archivar estas Leyes.

Todo se hizo como pedía Don Fernando.

En la parte final de la presentación de las Leyes de Toro hay un párrafo que alude a la enfermedad y muerte de la Reina Doña Isabel la Católica: «A causa del absencia del dicho Señor Rey mi Padre destos Reynos de Castilla, e después por la dolencia e muerte de la Reyna mi señora madre, que aya santa gloria, no oyo lugar de se publicar como estava por ellos acordado».

Los grandes problemas creados de un lado por la diversidad de legislación que se traducían por una variada interpretación de los temas planteados, son la razón de que después de un estudio minucioso se llegase a la redacción de estas Leyes de Toro.

Se toman como base indiscutible las Leyes de las Siete Partidas, que el Rey Don Alfonso en 1.386 dictara y que constituyen uno de los monumentos de la Historia del Derecho.

Fueron, como dice el propio texto de Toro, “sacados e tomados de los dichos de los Santos Padres e de los derechos e dichos de muchos sabios antiguos, e de fueros e costumbres antiguas d´España”.

Además, seguían vigentes los fueros municipales que cada ciudad o lugar tuviere, siempre que no fueran contrarios a las Leyes nuevas y a las Partidas.

Quedaron sin embargo derogadas las Leyes dictadas por la propia Doña Juana en Madrid unos años antes, en 1499, siendo substituidas por estas Leyes de Toro.

Se han realizado múltiples estudios sobre las Leyes de Toro, pero siempre tomando en cuenta dos de sus características: el aspecto jurídico y el crítico-diplomático.

El primer trabajo publicado fue el de Diego del Castillo titulado «Comentaria in Leges Taurinas» (Burgos, 1527) y «Las Leyes de Toro glosadas, utilis et Glosa super Leges Tauri (Medina del Campo, 1533), siguiéndole la obra de Miguel de Cifuentes titulada «Nova lectura sive declaratio Legum Taurinarum (Salamanca, 1536) y su «Glosa al Cuaderno de las Leyes Nuevas de Toro (1546).

Por su parte, Alfonso Pérez de Vivero publica en Salamanca los «Comentarios a las Leyes de Toro» (1545), que habían sido escritos por su padre el doctor Juan López de Palacios Rubios, «Glosemata ad Leyes Tauri ».

Fernán Gómez Arias publica en Alcalá de Henares (1542 y 1546) su obra «Subtilissimas, subtiles et necessarias ac quotidianas Leges Tauri», y Antonio Gómez publica a su vez en Salamanca (1555), «In Leges Tauri commentarius absolutissimos», muy importante obra por la solidez de su doctrina y su gran repercusión sobre la práctica forense.

Felipe II hace publicar la «Nueva Recopilación en 1567, qué pone al día de nuevo la Legislación e incluye en ella las Leyes de Toro.

Marcos Salón de Paz o Burgos de Paz, publica su obra “Ad Leges Taurinas insignes Commentarii” en Valladolid (1578).

Le siguen Luis Velázquez de Avendaño en 1588, con su «Glossa Legum Taurinarum a Ferdinando et Joanna regibus Hispaniarum foelices recordations utilissima glossa» (Toledo, 1588), Juan Guillén (o Guillermo) de Cervantes, que publica en Sevilla otro Comentario titulado «Prima Pars commentarium in Leges Tauri (1594).

Tello Fernández Messía publica a finales del siglo XVI en Madrid (1595) y Granada (1596) su obra «In Primas commentariorum XXXVIII Leges Tauri» y Diego Gómez Cornejo otra en 1598 en Salamanca.

Ya en el siglo XVII se publican otros Comentarios como los de Juan Pérez Villamil y Pedro Nolasco de Llano quien compendiaba en 1577 las Leyes de Toro en su obra Comentarios a las leyes de Toro.

Don Juan Alvarez Posadilla publica a finales del siglo XVIII (1796) su obra «Comentarios a las Leyes de Toro según su espíritu y el de la Legislación de España.

No será hasta 1827 que se publique en Madrid el más completo, extenso y detallado estudio que se conoce sobre las Leyes de Toro, que es la obra de Sancho Llamas y Molina, titulada «Comentario crítico jurídico literal a las 83 Leyes de Toro», que llega a alcanzar cinco ediciones.

Más tarde Joaquín Francisco Pacheco publica en Madrid (1862) su “comentario histórico-crítico y jurídico a las Leyes de Toro”, que completa José González Serrano en 1876.

Aún poco después, Domingo Alcalde Prieto da a luz otro comentario: «Las Leyes de Toro, con notas e indicaciones de las dudas y cuestiones más notables de su solución» (Valladolid, 1880).

Observaciones histórico-médicas

Estudiaremos varios aspectos que nos sugiere la lectura del texto de las «Leyes de Toro y que pueden dar un matiz médico-histórico y médico-legal a los repetidos estudios jurídicos realizados».

Seguiremos para ello la siguiente pauta:

1. Lo que el texto significa históricamente dentro del contexto vital de la época en que fue escrito. Cómo actuó la Historia, el genio de la época, sobre quién o quiénes la redactaron (2).

2.Qué tiene el texto de nuevo y original en su época desde el punto de vista médico.

3. Qué ideas sugiere a la mente del lector de hoy día o al comentarista. Aplicando la terminología metodológica de la Antropología moderna, podemos ver el texto de las Leyes de Toro desde un punto de vista etic y emic, vale decir, desde el punto de vista de quienes lo escribieron y desde el punto de vista del comentador.

La primera observación sugiere ya otra serie de preguntas, por ejemplo ¿por qué los Reyes Católicos emprendieron la tarea de crear este texto legal? ¿Cuáles eran los problemas existentes en la época que exigieron la creación de las Leyes de Toro?

Un estudio gramatical y filológico nos llevaría al estudio de nuestra lengua en el siglo XVI, lo que por su extensión rebasaría el objeto de este comentario. El texto responde a los problemas de su tiempo. La lectura atenta de cada una de estas Leyes nos va mostrando el panorama de la época: la muerte de la Reina Isabel la Católica, la viudedad del Rey Don Fernando, el reinado de su hija Doña Juana de Castilla, las reuniones periódicas que tenían lugar y en las que se daban cita los Procuradores y Señores del Reino, el problema eterno de los mayorazgos, los problemas planteados por los adulterios y los problemas sexuales con el sello de la época, la justicia que el marido ofendido hacía con las dos vertientes de tomarse la justicia por su mano o con el asentimiento que la propia Ley le confería desde tiempos remotos.

Vemos entre líneas, leyendo estas Leyes, a los moribundos haciendo testamento, dejando quizá miles de misas pagadas para asegurar su entrada en el cielo, rodeados por siete testigos quizá un tanto apresuradamente reclutados para el caso y un notario “firmando los que sabían” que no solían ser muchos, ya que casi siempre tenían que firmar unos por otros o “los que podían”, pues no debió ser infrecuente algún impedimento físico que las leyes atentamente contemplan. Nos imaginamos a un ciego haciendo testamento, rodeado en este caso especial de cinco testigos y notario, no pudiendo él mismo firmar por su mano, haciéndolo un familiar en su lugar. Una dama se queja de que su marido no sirve para la vida conyugal y el matrimonio se disuelve, recurriendo a todo cuanto tribunal pueden allegar, mientras otra hace votos y entra en un convento con objeto de librarse de las consecuencias de su vida licenciosa a espaldas del marido, lo que no le vale ante la Ley, pues el marido despechado la perseguirá hasta el claustro. En una celda de lóbrega prisión un condenado a muerte hace testamento, disponiendo de los bienes que no le fueron confiscados para dejarlos en herencia a algún hijo bastardo.

Exponiéndose a una multa de 10.000 maravedíes, un grupo de caballeros salen montados en briosos corceles a San Vicente de Avila, mientras otros se acercan al Cerrojo de Santa Agueda para prestar juramento sobre el altar para darle más solemnidad a su contrato.

En otro lugar se está preparando la ceremonia ordálica de la prueba del hierro candente para ver si aquella mujer es culpable o no del delito que se le imputa y en una ciudad cercana otro joven es sometido a la prueba del agua hirviendo, mientras en la plaza de Salamanca un pregonero lee con cantarina voz una tras otra las nuevas disposiciones legales que en un grupo de letra dos y escribanos del Reino se aprenden velozmente de memoria para poder ejercer su ministerio.

Y mientras tanto la noticia de la nueva legislación tan ansiada por unos y temida por otros se extiende por todos los rincones del Reino y los Infantes, Duques y Marqueses, Prelados y Ricos hombres, los Oidores de las Audiencias, los Alcaldes, Justicias y Oficiales, los Comendadores, Alcaides de los Castillos y Casas Fuertes, los Adelantados, Regidores, Caballeros y Escuderos, Oficiales y Omes buenos en unos u otros lugares escuchan la voz de los pregoneros que son la voz de la Ley.

«Las Leyes de Toro tienen la importancia de haber conseguido asentar el Derecho patrio sobre una base tan sólida que desde su vigencia, no puede dudarse ya de la independencia y unidad del Derecho Real», dice DE CASTRO (3).

Ya dijimos anteriormente en un primer esbozo, el valor que tuvieron en su tiempo las Leyes de Toro, pero es preciso insistir aquí en que confirmaron el Ordenamiento de Alcalá, elevaron las pragmáticas reales a fuentes jurídicas primordiales, limitaron el campo de la costumbre o el desuso, quitaron valor vinculante a los antiguos libros de Derecho que sólo servirían a partir de entonces como ilustración, derogaron las de 1499, facilitaron la aplicación de las Leyes, impusieron su estudio por los juristas, exigieron su difusión impresa, reforzaron la autoridad del Fuero Real refiriendo toda duda existente a la autoridad del Código de las Siete Partidas, y como dice CASTRO (o. c.), «mantienen celosamente el respeto a la personalidad incluso dentro de la familia, para el hijo y la mujer, dando más importancia que nunca al matrimonio y reconciliando las corrientes del derecho romano y germánico».

Al médico llaman la atención al leer las Leyes algunos detalles, como por ejemplo en la Ley 3, que se refiere a los testamentos nuncupatio (abiertos) e in escritis (cerrados), la frase “los cuales hayan de firmar encima de la escritura del dicho testamento, ellos y el testador, si supiesen o pudieren firmar”.

Supone dos aspectos: el que los testigos fueran iliteratos, analfabetos, cosa muy frecuente en la época y que no invalidaba a un testigo, y el que pudiesen estar impedidos físicamente para hacerlo fuese por herida en las manos, parálisis u otra causa mayor, lo que tampoco invalidaba a un testigo testamentario.

Ya tenemos aquí una sugerencia de enfermedad o lesión.

Un poco más adelante dice la misma Ley: «Y si el testador no pudiere firmar», que los unos firmen por los otros. Es otra referencia a la gravedad del enfermo o moribundo que debido a estado de inconsciencia o semi-inconsciencia o parálisis o lesión de las manos o extremidades superiores se halla incapacitado para firmar su propio testamento.

Naturalmente que no podría testar si no se encontrase en estado de conciencia, consciente, luego la referencia se entiende si estando consciente y pudiendo dictar sus últimas voluntades por el grado de debilidad u otra causa, sus manos no le permitieran firmar, otro lo podrá hacer por él, «que los unos firmen por los otros», termina diciendo el párrafo de la Ley 3.

El distingo es claro entre la «no sapiencia» y la «impotencia física» por parte de testador o los testigos.

No parece probable que se buscasen siete testigos analfabetos o incapacitados para poner su firma por lesiones, de manera que aunque alguno o algunos de ellos estuviesen en uno de estos dos casos, siempre los demás tenían la oportunidad de firmar por los que no podían hacerlo.

– Hay en esta Ley 3 otra alusión que atañe a la Medicina y es cuando se refiere como un caso especial al testamento de un ciego.

“E mandamos que en el testamento del ciego intervengan cinco testigos a lo menos”.
No dice que el ciego firme, sino se entiende que algún familiar o amigo lo hará por él.

Pero limita este caso a cinco testigos solamente y no siete como en los demás casos.

– La Ley 4 se refiere a los condenados a muerte civil o natural a causa de algún delito.

Hace el distingo entre muere civil y natural; la primera que no atañe a la medicina, se trata de una figura de derecho propia de la época.
Muerte civil sufrían los que se encerraban en un convento por ejemplo, o bien los que eran condenados a la privación de sus derechos ciudadanos.
Esta figura ha desaparecido del Derecho vigente.

Pero la muerte natural es aquí otra alusión que atañe a la medicina. Se entiende por muerte natural, la privación de la vida, bien como en este caso por mano del verdugo como ejecución de una sentencia o bien en otro caso por la extinción de la vida por enfermedad o accidente.

– La Ley 9 alude a la Sexología, al mencionar hijos bastardos o ilegítimos, naturales o espurios, al hacer alusión al dañado a pugnible ayuntamiento de parte de la madre», y se menciona el gran traumatismo que es la muerte, en vida o en muerte», al tiempo de su muerte».

Insiste de nuevo en «Y queremos y mandamos que entonces se entienda e diga dañado e pugnible ayuntamiento cuando la madre, por el tal ayuntamiento, incurriere en pena de muerte natural» y en el caso de los hijos de clérigos y monjas en que «por el tal ayuntamiento no incurra la madre en pena de muerte».

– La Ley 10 menciona alimentos» y en su vida o al tiempo de su muerte, hijos naturales» y de nuevo “en su vida o en su muerte”.

– La Ley 11 insiste de nuevo en los hijos naturales, explicando lo que son: e porque no se pueda dubdar quales son fijos naturales, ordenamos e mandamos que entonces se digan ser los hijos naturales, quando al tiempo que nacieren o fueren concebidos, sus padres podían casar con sus madres juntamente sin dispensación, con tanto quel padre lo reconozca por su fijo, puesto que no aya tenido la muger de quien lo ovo en su casa ni sea una sola. Ca concurriendo en el fijo las calidades susodichas mandamos que sea fijo natural».
Toda la Ley tiene un contenido fundamentalmente sexológico y médico-legal.

– La Ley 13 es indudablemente la que más problemas médico-legales plantea y más interesantes. Por evitar muchas dubdas que suelen ocurrir cerca de los fijos que mueren rezien nascidos, sobre si son naturalmente nascidos o si son abortivos, ordenamos e mandamos quel tal fijo se diga que naturalmente es nascido, e que no es abortivo, quando nasció bivo todo, e que a lo menos después de nascido bivió veynte e quatro oras naturales, e fué bautizado antes que moriese, e si de otra manera nascido, murió dentro del dicho término, o no fué bautizado, mandamos quel tal fijo sea avido por abortivo e que no pueda heredar a sus padres, ni a sus madres, ni a sus ascendientes; pero si por el absencia del marido, o por el tiempo del casamiento, claramente se provasse que nasció en tiempo que no podía bivir naturalmente, mandamos que aunque concurran en el dicho fijo las calidades susodichas que no sea avido por parto natural ni legítimo».

Esta Ley como vemos se refiere a los requisitos para que el hijo se entienda naturalmente nacido y no abortivo, que más tarde incorporará a su texto la Nueva Recopilación de Felipe II (Ley 2, tít. V, L. X).

Muchos problemas y discusiones ha creado la frase «quando nasció bivo todo» y muchas páginas se han dedicado a desentrañar su auténtico significado, siendo las interpretaciones variadas según los autores y la época.

Pero la Ley lo que quiere dejar bien sentado es si el hijo «es naturalmente nacido», no que sea hijo natural, legítimo o ilegítimo y exige tres premisas: que haya nacido todo vivo, que haya vivido 24 horas y que haya sido bautizado.

Si falta alguna de estas condiciones se reputa por abortivo el hijo.

Y claro que en este caso no es posible que herede, que es la finalidad también de esta Ley.

Estos párrafos de la Ley nos llevarían lejos en sus aspectos médico-legales si pensamos en el nacimiento de un monstruo por ejemplo, lo que ha creado problemas desde tiempo inmemorial y un capítulo extenso de la Patología como es la «Teratología.

No era nuevo exigir determinados requisitos para tener la seguridad de que el hijo era naturalmente nacido y no abortivo, por ejemplo Justiniano ya en sus Leves hace mención de si nace mudo o no, si es un prodigio por ejemplo RECESVINTO, el Rey godo, también estableció ciertas condiciones que son el antecedente de las Leyes de Toro, y así en el Fuero Juzgo (L. IV, tít. III, Ley 19) ya se decía que debía haber vivido un mínimo de 10 horas y haber sido bautizado. Lo de «bivo todo.

Serían los Reyes Católicos los que introdujeron lo de “enteramente bivo”, unido a ser bautizado y vivir 24 horas.

Otro problema que plantea la Ley, o mejor que trata de resolver, es el de los casos en que el hijo es póstumo, «si por ausencia del marido o por el tiempo del casamiento se probase claramente que nació en tiempo que no podía vivir naturalmente.

En este caso es declarado abortivo también, o sea, que el parto no es natural ni legítimo, es cosa de las Leyes de Toro.

Cree LLAMAS (4) que esta Ley se debió de insertar en el Fuero Juzgo cuando se tradujo al castellano, porque al parecer no estaba en los manuscritos latinos.

Por su parte el Fuero Real también exige que si muere después de bautizado pueda heredarlo la madre. No pone ningún plazo de vida.».

Los jurisconsultos de la época buscan la autoridad de los sabios de la antigüedad para ver qué opinaban ellos sobre el embarazo, tiempo de gestación, momento del parto, momento de la concepción, partos prematuros, posibilidad de nacer un feto viable dependiendo de los meses de gestación, problemas que planteaban los niños de 5, 6, 7 y 8 meses.

Poco a poco se fue creando todo un cuerpo de doctrina que parte de las opiniones autorizadas de HIPOCRATES, GALENO, ARISTÓTELES, PLINIO entre los científicos y el derecho romano, las leyes «De liberis et posthumis», «De suis et legitimis heredibus la Ley» «De posthumus heredibus instituendis de Justiniano».

Se apoyan los legistas en la autoridad de HIPOCRATES que dice que el tiempo más largo que una mujer puede traer en el vientre a su hijo es de diez meses. Si está más tiempo de éste el hijo no es legítimo, en ausencia del marido.

Lo mismo dice PLATON (Rep. 5). ARISTÓTELES (Hist. animales, 7, 14) decía que la naturaleza que ha prescrito para todos los animales determinado tiempo en su concepción, al hombre sin embargo no se lo ha señalado, y así hay mujeres que paren a los 7, 8, 9, 10 y aun a los 11 meses del embarazo. Mientras unos autores consideran que el mes a que se refieren es el lunar (de 28 días) otros piensan que se trata del mes solar (30 días) y de ahí la diferencia.

Discuten también la imposibilidad de conocer el mes de la concepción, el momento de la concepción y anotan el hecho de que muchas mujeres no saben en realidad llevar bien sus cuentas, y aún algunas siguen menstruando durante los dos y hasta tres meses primeros del embarazo.

LLAMAS (o. c.), el comentarista más completo de las Leyes de Toro, trae a colación la opinión y autoridad de Pablo Zaquías y su obra «Cuestiones médico-legales (L. I, tít. II, cuest. 6) para sostener lo de los meses lunares. También cita la obra «Sagrada Filosofía» del Divino Francisco Valles de Covarrubias, quien hace referencia al Libro de los Macabeos (II, 7, 27). La madre de éstos, después de haber presenciado el martirio de seis de sus hijos, dice al menor que aún quedaba con vida: «Hijo, ten compasión de mí que por nueve meses te llevé en mi seno.

Otra cita es la del «Libro de la Sabiduría» (7, 1-2), en que dice: «Y en el seno de mi madre se formó mi carne, consolidándose por unos 10 meses».

Ambos testimonios se combinan con la teoría de ARISTÓTELES que piensa que a veces puede retrasarse el parto hasta los 11 meses.

Conciliando todas las ideas, VALLES también opina que los meses a que se refieren unos autores son de 28 días (lunares) mientras que otros se refieren a meses solares (30 días), de modo que todos tienen razón en realidad.

Y sale a relucir entre los comentarios el caso citado por AULIO GELIO (Noches áticas, L. III, c. 16) de una mujer romana de honestas costumbres, nada sospechosa de liviandad o incontinencia que parió al 11° mes después de haber muerto el esposo, lo que hizo dudar de la legitimidad de este hijo.

El Emperador Adriano, consultando las opiniones de diversos filósofos y médicos, dictó un Decreto por el cual determinaba que podía ser legítimo a pesar de los 11 meses.

Los autores de la época admiten el embarazo de 11 meses y algún día, pero no de 11 meses y medio.

En estos casos ya no es aceptado como legítimo, lo que en cierto modo es una prueba indirecta de paternidad excluyente.

Mas si crea problemas el parto retardado, no menos lo hace el parto adelantado.

Y vuelven a buscar la opinión de HIPOCRATES, quien acepta el parto de siete meses como legítimo y naturalmente nacido.

Las PARTIDAS como las Leyes que las precedieron aceptan el parto de siete meses y el que nace antes de ese tiempo no se considera que nace «según el orden de la naturaleza», como decía Aulio Gelio, o «que no son legítimos ni vitales los que nacen antes del séptimo mes», según palabras de Zaquías.

De ahí el axioma de los legisladores de entonces: todo parto inmaduro es abortivo.

Se llega a afirmar, afinando mucho, que con 182 días el feto es legítimo y vital y se cita a GALENO que sólo vio un caso de 184 días.

Mas como nadie es capaz de saber con precisión el día de la concepción, no hay manera de contar esos 182 ó 184 días.

En otros lugares, como expresa el citado Llamas, se acepta el dictamen de GALENO que no tiene por vital al que no puede alimentarse por la boca. Es interesante la observación que anota el autor sobre el doctor Jerónimo Huerta, médico de cámara del Rey Felipe IV, autor y comentarista de Plinio, a quien tradujo.

Este médico había en alguna forma atendido a una niña que nació de cinco meses y que vivió hasta los 14 años a pesar de su notable debilidad, o el caso mencionado por Valles de otra niña que, nacida de cinco meses, vivió también hasta los 12 años, o el de Fortunio Liceti, que fue famoso médico, hijo de médico también, que a causa de un accidente sufrido por su madre al sexto mes de gestación nació prematuro.

Gracias a los extremos cuidados de sus padres, el doctor Liceti, y de su madre, pudo sobrevivir y aun llegar a una vejez avanzada.

Estos y otros casos traen los tratadistas y comentaristas para apoyar sus interpretaciones de la Ley 13 de Toro.

También se menciona en varias ocasiones a Foderé y su «Tratado de Medicina Legal», quien menciona varios casos de esta naturaleza.

Esta ley puede ser estudiada bajo muchos aspectos médicos, todos ellos en relación con el nacimiento, la gestación, el concepto de viable o inviable.

«El hambre existe desde la concepción», ésta es la teoría de la concepción para reconocer la personalidad y determinar el principio de existencia del individuo (Castán, 5).

Por su parte, la teoría del nacimiento se funda en que durante la concepción el feto no tiene vida independiente de la madre, exige como requisitos para dar por nacido que haya desprendimiento total del claustro materno, que nazca con vida y que tenga forma humana.

Esta es la teoría más aceptada por los tratadistas modernos.

Otra teoría es la ecléctica, que considera al feto como esperanza de hombre (spes hominis), al que hay que proteger y cuidar y que ya tiene un derecho que le será reconocido cuando cumpla todos los requisitos.

Para los jueces del siglo XVI, el problema que se solía plantear, como para los médicos de hoy, es la viabilidad, la capacidad de vivir.

El feto en el claustro materno vive, se forma, es una esperanza de hombre. Así, si para los godos los requisitos eran ser bautizados y vivir diez días, para el Fuero Real sólo bastaba el bautismo, mientras que para Las Partidas bastaba sólo tener forma humana.

Llegan las Leyes de Toro y exigen el triple requisito de nacer todo vivo, ser bautizado y vivir 24 horas.

Con el tiempo el requisito del bautismo desaparecerá de la legislación y sobrevivirán los de tener forma humana y vivir 24 horas separado de la madre.

Nuestro Código vigente, en su artículo 30, dirá: «Para los efectos civiles, sólo se reputará nacido el feto que tuviese figura humana y viviese 24 horas enteramente desprendido del seno materno».

El nacimiento para la ley no es la salida del nuevo ser, sino el momento inmediato a la sección del cordón umbilical, ya se trate de salida natural por el canal del parto o previa operación casera.

– En la Ley 51 hay una alusión a la esterilidad, cuando dice: “Si la mujer no oviere fijo del matrimonio”

– La Ley 52 hace mención a una antigua costumbre que duró mucho tiempo vigente: “el beso entre los contrayentes o futuros contrayentes del matrimonio”.

Se remonta a la época de Constantino esta costumbre del ósculo (año 356), estuvo en el Código Teodosiano y más tarde en el Breviario Aniano, de donde los Reyes godos tomaron lo que creyeron conveniente.

LLAMAS (o. c.) refiere la historia de una dama llamada doña Elvira, desposada con un caballero de quien había recibido ciertos paños y otras dádivas y por no haberse verificado el matrimonio el esposo pidió que se le restituyera lo que había dado a doña Elvira.

Como no se ponían de acuerdo, el juez, que era el Adelantado Diego López de Faro, resolvió que si doña Elvira aceptaba «que había besado y abrazado» al caballero, entonces que fuese todo suyo, y si no era así debía devolverlo todo.

Ella no quiso «otorgar», o sea, aceptar que había sido besada y abrazada y por ello devolvió todas las prendas.

También el Fuero Juzgo habla del requisito del ósculo.

Los comentaristas de las Leyes intervienen unos a favor y otros en contra del beso.

Así Castillo y Palacios Rubios afirma que el beso “no es cosa de esposos, sino de personas libres, y por lo tanto es ilícito y reprobado y más digno de castigo que de premios, y como premio tienen ellos el quedarse con las dádivas que compradas fueron por el beso”.

No digamos si además del beso ha tenido lugar la cópula antes del matrimonio, que «no es conyugal, sino ilícito y fornicaria».

Beso o cópula ambos van seguidos de lucro o adquisición de la mujer, lo que no les parece bien.

En tiempos de Constantino, la donación esponsalicia se llamaba sponsalitia largitas, y era lo que uno de los esposos daba al otro antes de contraer matrimonio con palabras de presente y con «esperanza de futuro matrimonio».

Además se aceptan los esponsales de futuro, de presente y matrimonio consumado.

Los primeros son los que el Derecho Canónico llamará rato, para distinguirlo del matrimonio consumado que es «el que recibe su complemento y perfección por la cópula carnal».

Dice LLAMAS (o. c.) por su parte, que «el beso por sí no es título legítimo y legal para adquirir, sino en fuerza de la virtud que le atribuye la ley cuando se verifica entre los esposos, por la mutua promesa que éstos se hacen de contraer matrimonio».

– La Ley 62 alude a un tema sexológico evidente al mencionar como excepción el caso de la mujer que «fuese conscidamente mala de su persona», es decir, que se dedica a la prostitución o es liviana, dando escándalo.

Aquí los comentaristas están casi todos de acuerdo en que este tipo de mujer se refiere a las solteras que viven lujuriosamente, haciendo excepción de las casadas por cuanto éstas si no son fieles al marido, tratándose de derecho privado y no público, no podían ser incluidas en esta Ley.

Pero según la Ley 80 de este mismo Código, permite al juez de oficio proceder contra la mujer casada por razón de escándalo.

– La Ley 67 plantea interesantes aspectos desde el punto de vista de la Antropología Médica.

Los Reyes Católicos por esta Ley eliminan en forma tajante la antigua costumbre de jurar sobre altar, cuerpos de santos, en San Vicente de Avila y en el Cerro de Sta. Agueda o en otra iglesia «juradera».

Hasta entonces era vieja costumbre la de jurar en los templos.

Baste recordar el juramento que El Cid exige a Don Alfonso el Rey en Santa Gadea, que era realmente un juicio de Dios u ordalía.

El Derecho Civil permitía que los juramentos se prestasen en las Iglesias u oratorios.

Las Partidas dicen (Partida III, tít. XI, 19 y 22) que “cuando las partes se aviniesen en que el pleito se libre por jura, deben avenir ante el juzgador a fazer esta jura en la Iglesia o sobre el altar”

Nos pone esta Ley 67 en las de Toro ante el interesante problema de la ordalía o juicio de Dios, tan extendido por todo el mundo desde tiempos muy remotos y que aún perdura en nuestro propio medio, así como entre muchos otros lugares del mundo civilizado actual y desde luego entre la inmensa mayoría de las tribus llamadas primitivas, culturas primitivas.

Naturalmente que se esperaba que quien jurase en falso recibiese de inmediato el castigo de Dios.

Era algo así como exigir a Dios que interviniese y decidiese en todos los casos planteados.

Los Reyes Católicos, con muy buen acuerdo y conociendo que no siempre el culpable era el que perdía en tales juicios y que no se podía ni se debía exigir de Dios que realizase constantes milagros, eliminaron con esta ley este tipo de ordalía. No vamos a extendernos aquí sobre el tema ordalía que  trataremos aparte en otra comunicación, pero sí hacemos mención a la opinión del famoso Obispo «El Testado», Alfonso, Obispo de Avila, a quien cita LLAMAS (o. c.) y que era de la opinión de que este tipo de juramento tenía dos aspectos, uno el de darle más realce a la ceremonia y otro el que los Reyes Católicos reprueban que era el juramento en espera de la respuesta inmediata exigida a Dios.

El primero era aceptable, el segundo, no.

El juramento que se hacía sobre el sepulcro de San Vicente, en Avila, era famoso. Y se cuenta que algún «fementido» que puso la mano para jurar en falso sobre el sepulcro, se le secó el brazo.

– La Ley 80 trata del adulterio, como la 81 y la 82. Es un tema eminentemente sexológico, pero por las implicaciones que tiene con el homicidio «legal», haremos un breve comentario.

La Ley 82, relacionada con la 80 y la 81, se refiere al caso del «marido que matare por su propia autoridad al adúltero o a la adúltera, aunque los tome in fraganti delito y sea justamente hecha la muerte».

Este no podrá ganar los bienes del que matare, “salvo si los matare o condenare por autoridad de nuestra justicia, que en tal caso mandamos que se guarde la ley de fuero de las leyes que en este caso disponen”.

¿Y qué dice la Ley de Fuero, que es la del Fuero Real?.

En el L. IV, tít. VII, Ley 1 dice: «Si la mujer casada ficiese adulterio, ella y el adulterador ambos sean en poder del marido e faga de ellos lo que quisiere é de cuanto an, así que no pueda matar al uno y dejar al otro». Sólo pone la excepción de que la mujer haya sido tomada por la fuerza.

Por su parte, el Ordenamiento de Alcalá (Ley 1ª, tít. XXI, Lib. VIII de la Recopilación) disponía que «si el marido coge in fraganti a los adúlteros ha de quitar la vida a los dos, no dejar a uno vivo».

En el caso de que dejase a uno de ellos vivo, era juzgado y ahorcado el propio esposo engañado.

El Fuero Juzgo exime de culpa al marido que ofendido quita la vida a la mujer y al engañador.

El marido es juez y ejecutor de la pena.

Podría haberse aplicado el dicho latino a estos casos: «Mors omnia solvit».

REFERENCIAS

(1) Leyes de Toro (ed. facsimilar y comentario, Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia Gáez, S.A., Madrid).

(2) LAIN ENTRALGO. P.: El comentario de un texto científico. (Madrid, páginas de la Revista de Educación, 1955).

(3) DE CASTRO Y BRAVO, F.: «Derecho civil de España» (Inst. de Estudios Políticos, Madrid, 1955, tomo I, p. 160, Parte General).

(4) LLAMAS Y MOLINA, S.: «Comentario críticojurídico-literal a las 83 Leyes de Toro» (2ª ed. 1852).

(5) CASTAN TOBEÑAS, J.: Derecho civil español, común y foral (Madrid, Reus, 1971).

La lepra en la historia.

Uno de los más discutidos capítulos de la historia de la Medicina es el de la lepra. Sobre él flota todavía el velo del misterio, de la duda, de la confusión, del temor, de la enfermedad-castigo o de la enfermedad-pecado.

ORIGEN DEL NOMBRE

El primer problema lo tenemos en el propio nombre de lepra, palabra griega utilizada por HIPOCRATES y los médicos de la Hélade la llamaban (           ) para designar las lesiones aparecidas en la piel con aspecto escamoso, lo que hoy conocemos con el nombre de psoriasis.

También llamaron al psoriasis léuki (          ), que significa lepra blanca.

El problema surge aparentemente a causa de las traducciones de la Biblia, por un lado, y de otro por las versiones al árabe de las obras griegas.

Así el término hebreo “tsara´ath”, con el que se designaban las lesiones blanquecinas de la piel, es traducido por la palabra griega lepra.

Con la palabra tsara´ath (        ) ha sucedido como con otros muchos términos bíblicos que designan enfermedades, que al no poder identificarlas han creado problemas insolubles de traducción.

Tsa ra´ath es palabra que se aplica genéricamente a todas las enfermedades de la piel en general.

MAIMONIDES ya lo interpretó así en su «Tumat ha-tsara´ath» (15,10), donde interpreta esta palabra como dermatitis o dermatosis.
Así se hace distingo entre néga ha-tsara´ath (sífilis primaria, frambuesia), tsara´ath or basar (ulcus durum), tsara´ath puráht (sífilis secundaria), tsara´ath noshénet (sífilis terciaria, frambesia), tsara´ath ha-rosh (tricoficia o tsara´ath de la cabeza), tsara´ath ha-báyit (saprofites, suciedad, contaminación).

Aunque tsara´ath se suele interpretar por lepra, tsara´ath ha-metsah es la lepra leonina.

El hecho de curar la tsara´ath en días o semanas indica que no siempre se trataba de lepra.

También se hace distinción en los textos bíblicos entre tsarúa (luético o bejel, frambesia o pinta) y metsorá (leproso).

Los griegos conocieron la verdadera lepra y la describieron con el nombre de elefantiasis (              ), debido a la deformación facial producida por esta enfermedad, cuyos nódulos o lepromas, al ir creciendo y confluyendo, recordaban el aspecto de la piel del elefante.

Luego, cuando los árabes comienzan a hacer traducciones de los autores griegos, surge la segunda confusión al interpretar la palabra elefantiasis por «Dal-Fil» que significa «pata de elefante».

De aquí que hayan surgido en la historia de la Medicina términos diferentes para designar a la verdadera enfermedad de Hansen: elefantiasis graecorum y elefantiasis arabum.

Los hebreos usan la palabra juzam para describir la elefantiasis griega o lepra moderna y juzam será traducida al latín por medio de la palabra griega lepra, la misma palabra usada por los antiguos griegos para designar una serie de diversas lesiones de la piel. LUCRECIO y CELSO harán el distingo entre elefantiasis graecorum o elefantiasis de los griegos y lepra graecorum, o sea psoriasis y enfermedades afines.

Poco a poco el sonoro nombre de lepra fue reemplazando al no menos sonoro, pero más largo de elefantiasis graecorum, y hoy tiene carta de naturaleza.

ANTIGUEDAD DE LA LEPRA

Estudiando los textos antiguos de las diversas culturas de Oriente, se ha podido observar y anotar descripciones de esta enfermedad ya en documentos tan antiguos como el Papiro Brugsch (2.400 a.C.).

Por su parte las obras de Susruta, en la India (Susruta Samhita), y Charaka, dos de los más famosos médicos hindúes (500-100 a.C.), ya mencionan una enfermedad infecciosa, una de cuyas variedades producía la «pérdida del sentido del tacto», clara alusión a la lepra anestésica.

En China se la menciona en varios Pen-tsaos y en los Anales de Confucio (600 a.c.). El antiguo Testamento (Pentateuco, Levítico) establece el concepto de leproso.

Tomando en cuenta la antigüedad de cada uno de los testimonios documentales, una primera impresión parece demostrar que desde tiempos muy remotos fue conocida en Egipto y Oriente (Mesopotamia e India), más tarde aparece por un lado en China y Japón y  el Occidente en Grecia, la Península Itálica y Norte de Africa, y ya en la Edad Media se extenderá por toda Europa.

Pero puntualicemos más detalladamente esta primera impresión.

Los Vedas de la India recogen ideas y tradiciones orales muy antiguas que se remontan hasta 6.000 a.C.

Ya en los Vedas se puede observar la idea de lepra, la idea de la existencia de esta enfermedad en Asia en tiempos muy remotos.

La medicina hindú conoció la lepra verdadera y su atención médica con métodos que podemos calificar de «modernos», esto en una época en que aún no se tenía noticia de ella en Grecia, o al menos no existe constancia documental, ya que no existen fuentes escritas con esa antigüedad en Europa.

En el ATARVA-VEDA y en el MANAVA DARMA CASTRA, se describen los síntomas de la lepra verdadera (1500 – 500 a.C.) recomendándose diversas medidas profilácticas contra esta enfermedad. En el Susruta Samhita  (600 – 100 a.C.) se cita la lepra con el nombre de Vat-Rakta, Vat-Shomita  y  Kushta, recomendándose para su curación el aceite de chaulmoogra.

En la India se conocía desde esa gran antigüedad la palabra kushta que englobaba una gran cantidad de enfermedades cutáneas entre las que predomina la enfermedad de Hansen.

En China existió desde tiempo muy antiguos un término, li  o  lai que englobaba lesiones de piel también muy variadas desde el psoriasis al prurigo y eczema, y posiblemente la lepra.

También en sánscrito existe la palabra kilasa con la que se designa la leucodermia.

En los viejos textos chinos como el Shan-Han-Lun  y  el Kun-Yin-Chen-Sien-Chuan se describe una enfermedad que cubre el cuerpo con úlceras con aspecto y olor repugnantes. No menos de 15 palabras chinas se han identificado para designar lesiones de la piel compatibles con lepra. Los más aparentemente  significativos son los citados términos  li  y lieh, lieh-Fang  y  Wu-chi, que aún siguen utilizándose para designar la lepra.

En los textos chinos, además de las descripciones de la lepra, se trata ésta con purgantes, diaforéticos y arsénico.

Se dice que uno de los discípulos de Confucio, de nombre Pe-Nieu, murió a causa de la lepra (MAJOR, 19541.

La crónica de la dinastía Chu contiene una detallada descripción de la lepra verdadera.

Hua-To, el famoso médico-cirujano chino que fue decapitado por uno de los emperadores chinos, que pensó que le quería matar al recomendarle para su curación una trepanación craneal, en el año 190 a.C., y en su obra «Remedios secretos completos», hace una descripción minuciosa de la lepra y sus formas, detalla las lesiones nodulares, la ronquera, la anestesia y la contagiosidad del mal, así como la influencia de la falta de higiene, la suciedad, la superpoblación, la promiscuidad y el contacto prolongado.

Entre malayos e indonesios, la palabra que designa a la lepra es kusta.

Es interesante hacer notar que esta palabra no es de origen malayo, sino un préstamo cultural hindú.

Con la invasión hindú y el hinduismo, penetró en estas islas también la lepra a la que se dio el nombre que ellos no tenían, el de kusta, que es la forma suavizada de kushta.

En Japón su antigüedad es de varios siglos y las fuentes documentales más antiguas ya la designan con el nombre de tsumí.

En Angkor (Cambodia) se han hallado bajorrelieves en las ruinas de algunos de los templos que representan evidentes lesiones mutilantes y deformantes de lepra.

En Mesopotamia, entre asirios, babilonios, acadios, elamitas y sumerios, se usó la palabra saharsubbu e isurbaa para significar «cuerpo cubierto de costras», plagado y también cubierto de polvo, pero además se conoció la palabra eqpu para designar una enfermedad que destruía cara y cuerpo, contaminaba al paciente y le hacía impuro y horrible a la vista de los demás, Era la lepra, el peor castigo que los dioses podían enviar al hombre.

La palabra bennu en Mesopotamia también se usó para designar la lepra.

Ya HERODOTO, el gran historiador y viajero, había observado durante sus viajes por Persia, que ciertas personas que sufrían esta enfermedad, que los llenaba de pústulas y les daba mal aspecto, eran aislados fuera de las ciudades.

Eran probablemente leprosos unas veces y otras enfermos de dermatosis o dermatopatías en general o infecciones cutáneas diversas.

HERODOTO, que escribe 170 años antes de Jesucristo, considera a la India como el lugar de donde procede la lepra.

Antes que él, CTESIAS, que fue también un gran viajero griego (s. V a.C.), sustenta esta misma teoría.

En Egipto, el papiro de Ebers (1300-1000 a.C.), además del de Brugsch citado, que recoge muy antiguos conocimientos de Egipto, describe la lepra en sus formas tuberculoide y lepromatosa, con los nombres de tumores de Chous y mutilaciones de Chous.

LA ENFERMEDAD-PECADO

Desde un punto de vista antropológico, el origen de la enfermedad, de las enfermedades en general, es atribuido por las diversas culturas a varias causas:

1. Ofensa a la divinidad.

2. Ofensa a los antepasados en cierto modo deificados.

3. hechicería o malas artes de una persona con poderes para ello.

4. Transgresión de un tabú o prohibición cultural.

5. Penetración de un cuerpo extraño, visible o invisible.

6. Rapto del alma.

7. Causas sobrenaturales en general.

8. Causas naturales.

En el Ayurveda se describen 18 variedades de lepra, considerando que una es de origen venéreo, otra por ser cruel por los animales, otra producida por haber ofendido a los padres, a los antepasados o a las divinidades, por causa de picaduras de animales venenosos, por avaricia, por gula o ingestión frecuente de alimentos.

Sea la transgresión de una ley o tabú, sea la ofensa a la divinidad, el culpable queda manchado, impuro, contaminado.

Se ha considerado como oriental este concepto, y decir oriental es algo muy vago, sobre todo después de haber observado, estudiando grupos étnicos en América, Africa, Oceanía y Asia, que todos los que llamamos primitivos tienen esta idea como elemento común entre sus tradiciones más arraigadas.

Entre los sintoístas del Japón, el pecado mancha el alma y el cuerpo.

Si aparece una enfermedad de la piel, y en especial tsumi o lepra, la impureza por el pecado acompaña al enfermo mientras le dure la enfermedad.

La misma actitud se manifiesta en el Tibet, Nepal, Indochina, Birmania, Siam y Corea: todo aquel que presenta una enfermedad repugnante de la piel es porque ha pecado.

La enfermedad-pecado, la enfermedad-culpa, la enfermedad-mancha, que requiere purificación, purga, limpieza, es un concepto arcaico, de los más arcaicos en la humanidad.

Probablemente el estudio y el conocimiento más antiguo de las costumbres de Oriente ha hecho que en la literatura antigua europea se haya atribuido a los orientales esta idea, pero después de conocer a los que llamamos «primitivos» en todos los continentes, podemos asegurar que esta idea está presente en la humanidad desde una etapa prehistórica y preliteraria.

No podía ser, por lo tanto, ajena a este concepto de enfermedad-impureza o enfermedad-castigo de Dios la tradición hebrea.

El estudio de esta tradición, contenido en el Antiguo Testamento, y su difusión no sólo entre el pueblo hebreo, sino después en las religiones derivadas, cristianismo e islamismo, hace que se manifieste con toda su fuerza esta idea de la enfermedad-castigo de Dios.

2.000 años a. de C. los hebreos salen de Ur, en Caldea, para atravesar por espacio de casi tres siglos el Medio Oriente. Seguramente llevan consigo la lepra y la idea de enfermedad-pecado, enfermedad impureza-castigo.

Lo demuestran los libros más antiguos de los israelitas.

Después de su cautiverio en Egipto se produce el éxodo, y aparece el Levítico, otro de sus libros de leyes, escrito por Moisés, en el que codifica y reúne cuantos conocimientos médicos habían adquirida en Egipto, preventivos, curativos y religiosos.

La suciedad a que forzosamente se vieron abocados los hebreos, por falta de agua al atravesar zonas desérticas, debió ser causa de múltiples y frecuentes enfermedades de la piel, y ésta fue la razón de que Moisés dedicase tan extenso capítulo a las afecciones cutáneas que agrupó bajo el denominador común de zara´ath o tsara´ath.

Menciona la lepra del hombre, la de los vestidos y la de las viviendas, y relaciona todas con el pecado (Lev XIII, 2-7, 9-17, 25).

La lepra ha de ser diagnosticada por el sacerdote que declara impuro al que la padece (Lev XIII, 28, 47-59, 35-36).

El significado religioso de la lepra continuará existiendo en Occidente a partir del conocimiento bíblico y propagado por el concepto levítico de impureza.

Del Antiguo Testamento pasará al Nuevo, en el que continúa la idea de que la lepra se purifica, aunque Jesús cura a los leprosos (Luc V, 12-16) separando por primera vez los conceptos curación del cuerpo y salud espiritual por la fe.

Así continuará este concepto de enfermedad religiosa en el cristianismo por muchos siglos.

PRIMERAS DESCRIPCIONES EN EUROPA

La palabra lepra, que como se dijo es griega, se encuentra ya en el «Corpus Hippocraticum» (Aforismos, III, 20; «De Usu humidorum» y «Epidemias», 21, pero asociado al psoriasis, eczema y otras dermopatías.

La verdadera lepra que es ya conocida por los griegos, se describe, como ya se dijo, con el nombre de elefantiasis.

En tiempos del emperador Augusto, CELSO hace una descripción clínica detallada de la verdadera lepra o «elefantiasis graecorum» (III, 251. Dice así CELSO: «Una enfermedad casi desconocida en Italia, pero muy extendida en ciertos países, es la que los griegos llaman elephantiasis”, que se cita entre las afecciones crónicas.

Afecta a toda la constitución física del paciente, a tal punto que incluso se alteran los huesos.

La superficie del cuerpo está sembrada de manchas y tumores numerosos, cuyo color rojo adquiere gradualmente un tono negruzco.

La piel se torna desigual, grasa, delgada, dura, blanda y como escamosa; el cuerpo adelgaza, la faz se hincha, así como las piernas y los pies.

Cuando la enfermedad ha adquirido cierta duración, los dedos de los pies y de las manos desaparecen en cierto modo bajo esta hinchazón».

Otra descripción es la que hace ARETEO DE CAPADOCIA de la enfermedad a la que llama leontiasis, que son las lesiones de la lepra verdadera en la cara que, además de adoptar un aspecto parecido a la cara de un león, sufre destrucciones de los huesos.

También la denomina satiriasis, por la piel apergaminada y el apetito sexual que se observa en los pacientes.

PLINIO, en su Historia Natural (XXVI, 51, señala que la elefantiasis era una enfermedad nueva en Italia, importada de Egipto en tiempos de Pompeyo el Grande (10-48 a.C.) (METTLER, 1947).

El árabe ABULCASIS describe cuatro variedades de lepra: leonina, elefantina, serpentina y vulpina.

Su descripción es minuciosa y exacta, anotando la destrucción de la nariz que tiene lugar en ocasiones, la alopecia o caída del cabello, la pérdida de la voz y la aparición de úlceras por todo el cuerpo, así como la lenta destrucción de las extremidades junto con el fetor oris.

Otra descripción clásica de la lepra se debe a GILBERTO ANGLICUS (1180-1250), famoso médico de la Escuela de Salerno, que participó en la III Cruzada, descripción que incluyó en su «Compendium medicinae».

GALENO no habla mucho de la lepra. Como dirá METTLER (o.c.) en su época comenzaba la confusión entre elefantiasis y liquen de los griegos.

En la Edad Media europea, la mejor descripción de la lepra será la que hace GUY DE CHAULIAC en su obra «Inventarium sive Collectorium Partis Chirurgicallis Medicinae», publicada en 1363, que fue el texto médico y quirúrgico por excelencia en Europa por mucho tiempo.

ETIOLOGIA

Históricamente debemos mencionar la creencia ya mencionada de enfermedad por castigo de los dioses ante una ofensa o transgresión de la ley.

ALBUCASIS pensaba que puede heredarse o adquirirse por la ingestión de alimentos corrompidos, como carne de vaca o cabra, y por medio de la respiración y el aliento.

SERAPION considera que la lepra se debe a trastornos del hígado y también que puede adquirirse por contagio sexual (esto nos hace sospechar que había confusión entre las lesiones leprosas y sifilíticas).

El médico salernitano ROGER o ROGERIUS también hizo hincapié en que la lepra se podía adquirir por el coito, y describe lesiones genitales (METTLER, o.c.), lo que sigue haciéndola sospechosa de sífilis.

Los médicos medievales en Europa pensarán que la causa de la lepra es el pescado y la leche. ENGELBRETH creía que la causante era la leche de cabra, en la idea de que la lepra era una variedad de la tuberculosis de la cabra.

No será hasta el siglo XIX que se piense en una especial susceptibilidad individual, y será descubierto el bacilo de Hansen, responsable directo de la enfermedad.

LA LEPRA EN LA BIBLIA

Aparte de la legislación sobre la lepra contenida en el Levítico, ya citada, y en Pentateuco, ya se dice también que «Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo» (Luc 4, 27).

Para el diagnóstico de la lepra, el Levítico da ciertas reglas a los sacerdotes. «Cuando uno tenga en su cuerpo alguna mancha escamosa o blanca, si los pelos se han vuelto blancos y la parte afectada está más hundida que el resto de la piel, es plaga de lepra», y por lo tanto el enfermo es considerado como impuro y por esta circunstancia tenía que vivir separado de los demás, fuera del campamento.

Las más notables citas de la Biblia en relación con la lepra son: La de MOISES (Ex 4, 61. “Le dijo Jehová a Moisés: Vuelve a meter tu mano en tu seno. Y él volvió a meter su mano en su seno; y cuando la sacó, he aquí que su mano estaba leprosa como la nieve».

Y dijo: «Vuelve a meter tu mano en tu seno. Y él volvió a meter su mano en su seno; y al sacarla de nuevo del seno, he aquí que se había vuelto como la otra carne».

Otro caso citado en la Biblia es el de María, la mujer de Aaron (Nm 12, 9 y ss.), que hablando con su marido había murmurado de Moisés. «La ira de Jehová se encendió contra ellos y la nube se apartó del Tabernáculo y he aquí que María estaba leprosa como la nieve; y miró Aarón a María y he aquí que estaba leprosa, y dijo Aarón a Moisés: ¡Ah, Señor mío, no pongas ahora sobre nosotros este pecado; porque locamente hemos actuado y hemos pecado. No quede ella ahora como el que nace muerto, que al salir del vientre de su madre tiene ya medio consumida su carne».

Moisés pide a Jehová que la sane y éste le responde que antes deberá permanecer fuera del campamento por siete días, después de los que volverá a la congregación. A1 cabo de ese tiempo, María se reúne con ellos, pero no nos dice la Biblia si regresó curada o no.

Otro caso de lepra bíblica es el de NAAMAN el sirio (2 R 5, 1-7), «General del ejército del rey de Siria, que era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso».

Una muchacha israelita, que tenía cautiva como sirvienta de su mujer, le aconsejó que llamase al profeta de Samaria y entonces «él lo sanaría de la lepra». Naamán, al saberlo, se lo comunicó a su señor y éste le dio licencia para que fuese a Israel y fuese curado, enviando cartas para el rey de los israelitas y dando a Naamán dinero y provisiones para el viaje.

En la carta decía: «Yo envío a ti mi siervo Naamán para que lo sanes de su lepra».

En Israel, Eliseo, el profeta, le ordena lavarse siete veces en el Jordán, «Y tu carne se te restaurará y serás limpio».

Esto no agradó mucho a Naamán, que esperaba que con el contacto de la mano del profeta de inmediato sanaría su enfermedad.

A pesar de su disgusto obedeció al profeta, “y su carne se volvió como la carne de un niño y quedó limpio».

A1 presentarse a Eliseo, éste le pone como condición final que sólo adorará a Jehová, el Dios de Israel.

En el mismo episodio bíblico, Giezi, el criado de Elías, al ver que éste no ha querido cobrarle nada por la curación, despertada su avaricia, por medio de un ardid, logra que Naamán le dé dos talentos de plata y dos vestidos nuevos.

Pero Elías descubrió su engaño y le castigó diciéndole: «La lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. Y salió de delante de él leproso, blanco como la nieve».

Este párrafo hace una clara alusión a la contagiosidad de la lepra y a la heredabilidad, aunque no se trate de lepra verdadera, cosa siempre dudosa en estos pasajes bíblicos en los que se dice que la piel se pone blanca, cosa que hace pensar en un psoriasis por ejemplo.

Otro caso es el del rey AZARIAS (2 Re, 15, 51, a quien «Jehová hirió con lepra, y estuvo leproso hasta el día de su muerte y habitó en casa separada, y Jotán, hijo del rey, tenía el cargo del palacio, gobernando al pueblo».

El rey Uzías u Ozías (Cr 26, 21-23) «fue leproso hasta el día de su muerte, y habitó leproso en una casa apartada, por lo cual fue excluido de la casa de Jehová». Este Uzías u Ozías, con nombre diferente es el mismo Azarías de 2 Re, que cuando se sintió poderoso «se rebeló contra Jehová». En Cr se llama Azarías al sacerdote del templo que critica al rey por haber quemado incienso en el templo, cosa que correspondía a los sacerdotes.

El rey Uzfas montó en cólera «y en su ira contra los sacerdotes, la lepra le brotó en la frente, delante de los sacerdotes en la casa de Jehová, junto al altar del incienso».

Le hicieron salir del templo y él «se dio también prisa en salir, porque Jehová lo había herido. Así el rey Uzías fue leproso hasta el día de su muerte y habitó leproso en una casa apartada, por lo cual fue excluido de la casa de Jehová; y Jotan, su hijo, tuvo cargo de la casa real, gobernando al pueblo de la tierra».

Hay también cuatro hombres innominados leprosos (2 Re 7, 3) en la puerta de Samaria. Llega un momento en que al parecer se cansan de vivir excluidos, fuera de la ciudad, y se dicen el uno al otro: «¿Para qué nos estamos aquí hasta que muramos? Si tratásemos de entrar en la ciudad, por el hambre que hay en ella, moriríamos también; y si nos quedamos aquí, también moriremos». Deciden marcharse al campamento de los sirios, donde prefieren arriesgarse a que los maten, ante la posibilidad de encontrar alimento.

La enfermedad de JOB pudo ser lepra, pero esta palabra no consta en las ediciones traducidas del hebreo.

Sin embargo, cuando Satanás dice a Jehová que le castigue en su propio cuerpo y «toque su hueso y su carne para probar su fe», Jehová le da permiso para que Satanás le pruebe.

E hirió a Job «con una sarna maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza», lo que le debió de producir mucho picor, pues Job llegó a tomar un tiesto para rascarse.

«Ando ennegrecido y no por el sol», dirá Job hablando de su enfermedad, y repite “mi piel se ha ennegrecido y se me cae, y mis huesos arden de calor».

En el Nuevo Testamento, Jesús sana a un leproso (Mt S, 1-41: “Y he aquí que vino un leproso y se postró ante él diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó diciendo: Quiero; sé limpio.

Y al instante su lepra desapareció. Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie, sino vé, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio de ellos».

Este mismo episodio lo cuentan Marcos (MC 1, 40-45) y Lucas (Luc 5, 12-161. En Mateo (Mt 11, 51 se dice que «los leprosos son limpiados por Jesús».

Por último, otro personaje en relación con nuestro tema es SIMON EL LEPROSO (Mt 26, 61 (Mc 14, 3).

Ambos textos bíblicos se refieren a que «estando Jesús en casa de Simón el leproso», en Betania, se le acercó una mujer llamada María y le ungió los pies. Es de suponer que, si fue leproso, quedó curado, de otra manera no podría haber permanecido en su casa, según la ley.

VIAS DE DISPERSIÓN DE LA LEPRA

Revisando los caminos de la historia, vemos que a veces coinciden con los caminos de la lepra. Así se considera que la lepra ha tenido varias grandes oportunidades de penetrar en Europa: con los soldados romanos que estuvieron en las campañas de Oriente y que luego llegaron hasta las Galias y las Islas Británicas y Germania, y naturalmente las penínsulas Itálica e Ibérica. Los soldados romanos probablemente extendieron las fronteras geográficas de la lepra.

Los vikingos llevarían la lepra desde Inglaterra hasta el Norte de Europa (Escandinavia).

Los egipcios llevaron a Grecia la lepra o, mejor, los griegos adquirieron la lepra en Egipto y la llevaron a Grecia. Las caravanas venidas de Oriente traían junto a sus productos comerciales, entre otras enfermedades, la lepra.

Judíos y gitanos, los primeros durante la diáspora que se produjo a la caída de Jerusalén, y los segundos en sus sucesivas y nomádicas migraciones, se instalaron en diversos puntos de Europa y todos procedían de regiones donde la lepra era endémica.

Por último, y no la última, se ha atribuido la gran extensión que alcanzó la lepra por toda Europa, a las Cruzadas. Los soldados que participaron en ellas adquirieron en Medio Oriente la lepra y, a su retorno, la extendieron por toda Europa.

La extensión de la lepra en América, donde no se conoció hasta el año 1492, se debió probablemente a los descubridores o a los esclavos negros llegados de Africa.

En Oceanía no se conocía, al parecer, tampoco hasta que no llegaron a ella los hindúes (importaron también el término kusta a las lenguas malaya e indonesio-filipinas) y los chinos, que la extendieron en época más tardía al resto de Polinesia (recuérdese que en Hawai, Tahití, se la llama enfermedad china, “mai pake”.

Sin embargo, este esquema aparentemente tan simple es mucho más complejo, dependiendo en primer lugar de que el diagnóstico de la lepra está viciado desde la antigüedad con la confusión existente entre las diversas dermatopatías de variada morfología y con la propia sífilis con la cual se ha confundido indudablemente.

Es posible que nunca se llegue a saber la absoluta verdad de lo que sucedió en aquellos remotos tiempos, y por ello tan sólo cábalas y suposiciones han sido emitidas.

La respuesta a muchas de las interrogantes sobre la extensión y antigüedad de la lepra está bajo tierra. Es un problema arqueológico y de interpretación paleopatológica. Esto no son conjeturas.

El hallazgo de esqueletos con lesiones leprosas en fosas nasales y extremidades en excavaciones de cementerios de Inglaterra procedentes de los s. IV-V a.C., como los cementerios romano-británicos de Poundbury Hill, en Dorset, en 1966-73 (RICHARDS, 1977), es la demostración de lo que puede hacerse. El pasado, la historia, está aún en gran parte escondida bajo tierra, conservada allí como en una antigua biblioteca.

Los estudios realizados por el danés MÜLLER-CHRISTENSEN en 1944, en las excavaciones del monasterio agustiniano de Aebelholt, 30 millas al norte de Copenhague, donde encontró su primer esqueleto leproso, y las que más tarde continuaría haciendo, son otra prueba evidente de lo que se puede llegar a hacer.

Entre los que consideran que la lepra se extendió con los cruzados por toda Europa tenemos a Ralph MAJOR (o.c.), quien asegura que era una enfermedad rara en Europa al comienzo de la Edad Media, mientras que era muy común en el Medio Oriente.

La lepra penetró en Europa, según estas ideas, en los siglos VII y VIII. ZAMBACO PACHA (1914) opinaba que fueron los fenicios los primeros agentes de propagación de la lepra a los países con los que comerciaban. Por eso hubo focos de endemia leprosa en todas aquellas colonias o puertos fenicios o que en otro tiempo fueron fenicios.

Los ejércitos de Alejandro Magno trajeron la lepra de Asia a Grecia, y los veteranos de Sila y Pompeyo fueron los que la llevaron a las Galias, España y Germania (TREVIEN, 1968).

LEPRA MEDIEVAL EN EUROPA

Se ha repetido insistentemente que la lepra fue traída a Europa, como se dijo anteriormente, por los cruzados.

Sin embargo, ya en Inglaterra existían hospitales de leprosos antes de que los marinos ingleses fueran a las Cruzadas en 1096 (RICHARDS, 1977).

Por ejemplo, el lazareto de Horbledown, cerca de Canterbury, fundado por el obispo Lanfranc en 1089.

El nombre islandés para la lepra (Likprar) derivado del anglosajón likprowere (sufrir), es antiquísimo, muy anterior a las Cruzadas. RICHARDS cita otro hospital para leprosos fundado en 1087, en Northampton: el hospital de San Leonardo.

MAJOR (1954) considera que la lepra penetró en Europa en los siglos VII y VIII, llegando a constituir una amenaza pública, como puede verse por los decretos del rey Rothari, de los Lombardos (644), los de Pipino, rey de los Francos (757), así como de Carlomagno (789), cuyos cartularios ponen en vigor las antiguas ordenanzas del concilio de Lyon (583).

En el siglo IV era muy frecuente la lepra en las Galias. En el siglo V ya había hospitales de leprosos en lo que sería Francia, y en el siglo VI los concilios de Orleáns (459) y de Lyon (583) decidieron que «en cada ciudad habrá un alojamiento separado para los leprosos, que serán alimentados y vestidos a expensas de la Iglesia para que no tengan que mendigar».

Ya por entonces la lepra era común en Galicia y en toda la Península Ibérica. Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, durante siglos, trajeron leprosos de toda Europa. Para ellos se habilitaron lazaretos o malaterías en muchos lugares del Camino de Santiago, junto a los monasterios, cerca de las iglesias y fuera de las ciudades.

Las invasiones árabes del siglo VII fueron otra vía de la lepra en Europa, y no olvidemos la que fue probablemente más importante vía de penetración: las invasiones de los Hunnos, que traen consigo la lepra; los judíos, durante la diáspora, y los gitanos, que venían de la India seguramente contaminados.

La lepra explosiva, pandémica, posterior a las Cruzadas, que alcanza su punto culminante en el siglo XIII, probablemente no fue lepra, sino sífilis, según muchos autores.

Esto también se ha discutido mucho si la sífilis vino de América con el descubrimiento, o ya existía en Europa, Asia y Africa.

La primera Cruzada tuvo lugar el año 1096, la segunda en 1147, la tercera de 1189-1192, la cuarta de 1202-1204, la quinta de 1217-1221, la sexta de 1227-1229, la séptima de 1248-1254 y la octava en 1270, último esfuerzo por reconquistar los Santos Lugares.

Hay suficiente testimonio para demostrar que la lepra estaba ya bien arraigada en Europa hasta el último confin, mucho antes de la primera Cruzada. Pero en los siglos XII y XIII aparece una pandemia que se califica de «lepra».

Una combinación de superstición religiosa (masa de fieles incultos, conocimiento confuso de la infección hanseniana, el propio concepto de leproso y el hambre que se hizo crónica en el mundo occidental), todo se unió para producir un verdadero terror, al que los cruzados darían la puntilla y, según los partidarios de esta teoría, «abrieron las puertas de Europa al B. de Hansen» (BOURGES, 1968).

En un ambiente de celo religioso, de ansias de santidad, de demonios y ángeles, de pecado y culpa, no es extraño que se considerase como un «síndrome religioso» y que la lepra fuese producto de la cólera divina para aquellas gentes, proyectando sobre el Creador la idea antropocentrista del malhumor, incompatible con la suma perfección de Dios.

Al investigador llama la atención una serie de hechos que, analizados uno por uno, y luego todos en conjunto, nos permiten extraer una serie de conclusiones que quizá permitan aclarar más el oscuro tema de la lepra en la historia.

Estos hechos son:

1. La existencia indiscutible de lepra verdadera en Europa por lo menos 500 años a. de C.

2. Posibles medios de difusión a partir de Oriente:

a) por el comercio fenicio y sus colonias.

b) las campañas de los griegos en Oriente (Alejandro).

c) las campañas de las legiones romanas en Medio Oriente y Egipto (Octavio y Pompeyo).

d) las invasiones musulmanas de España y sur de Francia.

e) la diáspora judía.

f) las invasiones de los hunos.

g) los gitanos procedentes de la India.

h) las expediciones de los vikingos.

i) las invasiones germánicas.

j) las Cruzadas.

k) otras.

3. La confusión bajo el nombre de lepra de otras enfermedades de etiología muy distinta, con evolución diferente, períodos de incubación muy distintos y características epidemiológicas en general muy polimorfas.

4. Los hallazgos paleopatológicos que confirman la existencia de lepra en Egipto en el Bajo Imperio (Nubia) (RUFFER, SMITH, DERRY). Hallazgos de lesiones leprosas en la momia de Tutmosis II (ZAMBACO PACHA, DAWSON, THORWALD). Descripciones de LUCRECIO de lepra en Egipto al principio de nuestra Era. Las descripciones de lepra en los papiros de Brugsh y Ebers (2.400 a.C.).

La mención de hospitales para leprosos (leprodochia) por Gregorio de Tours (en 560) (GARRISON, 1921). Las leproserías que alcanzarían

un número extraordinario.

6. Los factores atípicos que menciona METTLER (1947) como son el distinto grado de contagiosidad según las épocas, distinto de la teoría humoral de los griegos, que entonces era un axioma. El número de personas afectadas por la lepra en algunos períodos de la historia, así como la rapidez de curación de algunos de ellos y la casi desaparición de la lepra cuando surge la sífilis como entidad nosológica bien identificada.

7. El rápido incremento de la sífilis desde el comienzo de nuestra Era hasta el siglo XIII y la declinación hasta tener que cerrar los hospitales para leprosos o destinarlos a otros fines del siglo XIII en adelante.

En el Renacimiento, la lepra había casi desaparecido (SIGERIST, 1960).

8. El hecho de que el médico chino Huang Ti, 2.600 años a. de C., «curaba la lepra» con un tratamiento a base de mercurio. Sabemos que la lepra no se cura con mercurio, pero la sífilis sí.

Aclaremos algo más algunos de estos hechos.

La existencia de leprosos en Europa, de lepra verdadera, antes de la Era cristiana, es un hecho indiscutible.

La existencia de lepra en Oriente por lo menos 2.600 años a. de C., así como en Egipto y Medio Oriente, es otro hecho indiscutible, demostrado por los documentos y hallazgos arqueológicos y paleontológicos.

Las vías de difusión de la enfermedad son hipotéticas, pero lógicas, sin excluir otras posibles vías no detectadas aún.

La confusión existente sobre la lepra, su denominación y su identificación en la antigüedad, los problemas relacionados con la traducción de una lengua a otra, así como de la confusión con otras enfermedades de la piel, es otro hecho indiscutible.

La existencia de hospitales para leprosos en los primeros siglos de nuestra Era es otro hecho incuestionable ante los testimonios documentales existentes.

La existencia de un ambiente de superstición, de temor religioso, de falta de higiene y obras de saneamiento, de infraestructura en las ciudades, lo que predisponía para la extensión de cualquier enfermedad epidémica o mantenimiento de las endémicas, es otro hecho cierto.

Era costumbre de la época el tirar la basura a la calle, lanzar aguas sucias, excrementos y orines por las ventanas y deambular toda clase de animales por las calles, que se convertían en verdaderos muladares.

Lo que requiere una aclaración a la vista de estos hechos es la pandemia de lepra que tuvo lugar en la Edad Media.

Hay algo que no encaja con esta pandemia, y es la baja contagiosidad que sabemos tiene la lepra, el largo período de incubación que requiere para su aparición, para su desarrollo.

No parece estar de acuerdo el que vayan los Cruzados a Oriente, regresen contagiados y produzcan una rápida aparición de lepra en toda Europa. Esto se parecerla más a una epidemia de sífilis, por ejemplo, en aquellos tiempos en que no existía ningún tratamiento especifico para esta enfermedad. Pero esto está en oposición con la idea de que la sífilis vino de América, y hasta de que hubo una mutación genética del Espiroqueta, en su variedad americana, que se transformó en la variedad europea.

Y otro hecho aún más notable es la desaparición casi tan rápidamente como su aparición. Como vemos, hay algo que no encaja cuando se conoce la epidemiología de la lepra.

Algunos autores atribuyen a las medidas de aislamiento adoptadas con los «leprosos», siguiendo las ideas expresadas en el Antiguo Testamento, la detención de la lepra, pero hay otros autores que consideran otras razones más poderosas; por ejemplo, la «Muerte Negra», que asoló la Europa Medieval, produciendo una mortandad de 1/4 de la población: 25.000.000 de víctimas sólo en Europa en brevísimo espacio de tiempo. En total, en el mundo se calcula que hubo 60.000.000 de víctimas (GARRISON, 1929).

La «Muerte Negra» se presentó en Europa el año 1348, después de haber devastado Asia y Africa. Fue uno de los mayores horrores que ha sufrido la humanidad, almacenándose los muertos putrefactos en las calles y casas sin que nadie fuese capaz de enterrarlos.

La pestilencia y la desesperación eran generales. Manchas oscuras en la piel, hemorragias y destrucción gangrenosa de los pulmones, paralizando cuerpo y mente, eran los síntomas, así como lesiones ulceradas axilares e inguinales. CHALIN DE VINARIO describió con detalle la epidemia de 1382 en su libro «De Peste».

A partir de esta epidemia, repetida en 1403, se comenzó a practicar lo que desde entonces se llama cuarentena, porque los viajeros de los barcos debían permanecer aislados en un hospital por 40 días.

Además de la «Muerte Negra», se presentó en Europa la epidemia de hambre.

Todo esto y las muertes que se produjeron hizo disminuir notablemente la población y, al parecer, por su falta de resistencia a la epidemia, los primeros que fueron cayendo eran los leprosos.

A ello, pues, se atribuye el que la lepra casi desapareciera después de estas grandes pandemias.

Por otra parte, la mayoría de los autores que han tratado sobre el tema, están casi de acuerdo en reconocer que el aislamiento y los medios represivos tomados contra los leprosos han tenido el efecto contrario al deseado, pues la ocultación de la lepra tiene que haber sido grande ante el temor de ser separados de la familia y de sus hogares, lo que determinó un mayor contacto y más prolongado con el enfermo sin que nadie se diera cuenta de ello (SIGERIST, o.c.).

Además, es sabido, por otra parte, que un leproso puede vivir mucho tiempo con personas sanas sin contagiarlas.

La lepra se contrae en la juventud y se manifiesta en la edad adulta en muchos casos.

Lo cierto es que en el siglo XV, la lepra era vista rara vez por los médicos, y FRACASTORO podía decir en el siglo XVI: «La lepra es enfermedad rara vez vista entre nosotros».

LA LEPRA Y SUS NOMBRES

Aparte de los ya citados de elefantiasis de griegos y árabes, el de tsara’ath en hebreo, a la lepra se le llamó «mal de San Lázaro» o «enfermedad de San Lázaro» por Lázaro el mendigo, que en la parábola evangélica, cubierto el cuerpo de úlceras, tenía que disputar a los perros las sobras de la mesa del rico (Luc. 16, 19-311.

Pero otro hecho notable en la historia de las enfermedades es que este mendigo Lázaro es identificado no se sabe cuándo ni cómo con otro Lázaro evangélico, el Lázaro de Betania, el amigo de Jesús, hermano de Marta y María, al que resucita Jesús en otro pasaje evangélico (Ju 11, 1-44). De aquí que algún hospital de leprosos en Inglaterra como el de Sherburn, que fue muy famoso, se le llamara «Hospital de San Lázaro y sus hermanas María y Marta», y en otros lugares de Inglaterra, desaparece el nombre de San Lázaro para quedar sólo el de Marta y María, bajo cuya advocación se coloca a la mayoría de los leprosos y los hospitales de leprosos de la Inglaterra medieval.

Luego a María se la identifica con María Magdalena y desaparece el nombre de Marta y así surgen los hospitales de «La Magdalena» y «Mawedelyn» o «Maudlin», que en Francia serán «La Madeleine». Ejemplo el hospital de leprosos de Santa María Magdalena de Totnes en Devon (RICHARD, 19771.

En otros muchos lugares surge como defensor de los leprosos San Jorge, por aquello de la lanza y el dragón al que destruye. Se vió en esta escena alegórica la viva representación de lo que se quería hacer con la lepra, de la lucha contra la lepra. Será en los países nórdicos de Europa donde los hospitales de leprosos se ponen bajo la advocación de San Jorge y se le toma por patrón de los leprosos.

En España se llama a los enfermos del mal de San Lázaro, lazrados y también malatos, de donde lacería y malatería, nombres aplicados a los hospitales de leprosos o lazaretos.

• Gafo ha sido otra palabra muy usada para designar a los leprosos y gafedad a la lepra, por la mano gafa o en flexión forzada de los dedos sobre la palma, aunque no sólo este tipo de lesión se presenta en la lepra sino en otros procesos patológicos como el reumatismo crónico deformante.

La voz gafo y su derivado gafe, se utilizó como término despectivo y equivalente a persona que trae mala suerte. Ser gafe es como ser jetattore o ser malasombra.

• Quizás derivada o en relación con ésta es la voz cahot o cagot o cacot usada en Francia y Pirineos españoles para designar a los leprosos y por extensión a un grupo étnico, los agotes o agotak, grupo marginado, considerado como raza maldita durante mucho tiempo que habita en los valles profundos de los Pirineos. También se les llamó christiaas, cailluands, colliberts y caeths.

Durante mucho tiempo estuvieron bajo la protección de algún señor feudal, otros fueron siervos de la Iglesia, y se les solía colocar como distintivo especial una pata de ganso o de ánade (patt d’oie) en paño rojo cosido sobre la espalda izquierda, viviendo apartados de los demás y careciendo de derechos públicos o dedicándose al oficio de verdugos. Se ha pensado que este apartamiento tuvo lugar por ser sospechosos de padecer lepra.

• Los agotes españoles o gafos o cagots franceses, llamados también cabaneurs y nioleurs que habitaron los pantanos de Sévre y Lay tendrían una especial conformación del cráneo que los hace distintos antropológicamente a los demás habitantes de las regiones vecinas.

Lo de capotes o agotes vendría por haber sido cristianos fervientes en las épocas de las invasiones. Cap Gott (cabeza de Dios) por lo que también se les ha llamado christiaas.

También se ha creído que fueron en tiempos, Cruzados que vinieron contaminados de lepra y se aislaron en los profundos valles pirenaicos. En Francia se llamó también a los leprosos cacous, cagous, caquins, caqueus, colliberts, capots, cassots, caffots, gabets, crétins, ghésitains, gavaches (de ahí el nombre despectivo usado por los españoles de la Independencia aplicado a los franceses, gabachos), mesel, mezel, méseau o mesiaus, homines de lége, chretiens, crestats, crestiaas, kakods, gaffots,ladres (TREVIEN, 1968).

• También se ha llamado a la lepra, ladrérie, malum mortuum, malau, mal de loup, mezaelerie, mal de Saint Ladre, etc.

Se confundió a los judíos con los leprosos por ser muy frecuente que los judíos padeciesen lepra y así en Francia se puso a los leprosos un distintivo especial azul o rojo, como a los judíos se les puso en Francia en la Edad Media una rueda amarilla, o un casquete, gorro o sombrero amarillo.

El amarillo era el color más usado por los judíos.

Esto que en Francia se hizo durante la Edad Media, los alemanes lo harían en toda Europa durante la última guerra mundial, colocando a los judíos el distintivo amarillo que era la estrella de Sión con la palabra jude en su interior.

• En España se llamó a la lepra ladre, landre, alborozo, laceria, gafedad, mal de San Lázaro.

La palabra francesa cacou, se considera derivada del griego kakósis, mal o enfermedad.

También porque se les obligaba a llevar un barrilito donde la gente echaba sus limosnas o las mercancías compradas para que ellos no tocasen nada.

• A este tonelito se le llamaba precisamente caque.

También cagot se ha hecho derivar de canes goths o perros godos, injuria atribuida a los descendientes de visigodos (TREVIEN, 1968).

• Lai en China, tsumi en Japón, isurbaa y eqpu en Mesopotamia, kushta en India, Kusta entre malayos e indonesios y filipinos, likprar en Islandia, mai-pake (enfermedad china) en Hawai.

• En Portugal a la lepra se le ha llamado alvaraz, elefancia dos arabes, mal de San Lázaro, gangrena seca, Pida, figado, gafa, gafeira, gafem, guafem y gafidade. A los afectados por esta enfermedad se les llamaba elefantiacos, leprosos, gafos, lázaros, lazarinos y manetas, (DA SILVA CARVALHO, 1932).

• Gafedad y gafo son términos ya empleados en la ordenación de Alfonso el Sabio (1256) donde se dice que estos términos son antiquísimos cuyo origen se ignora (VILLALBA, Epidemiología española).

LOS HOSPITALES PARA LEPROSOS

Ya los menciona Gregorio de Tours el año 560 con el nombre de Leprodochia como ya dijimos, o leproserías. Su número fue aumentando probablemente a medida que la lepra se fue extendiendo y los casos eran más numerosos.

En Inglaterra y Escocia según GARRISON (o.c.) hubo hasta 200 de estos hospitales, en Francia la cifra llegó a 2.000 y en Alemania según VIRCHOW (1860) cada pueblo tenía su hospital para leprosos.

Es indudable que la construcción de leproserías constituyó una auténtica revolución desde un punto de vista social e higiénico y tanto si se mira desde un punto de vista de la profilaxis como desde el de la caridad humana en opinión de GARRISON (o.c.).

Pero cuando se estudian las crónicas de la época, sentimientos encontrados nos hacen dudar a veces de los verdaderos motivos que empujan a realizar el tratamiento del leproso.

Sabemos que tanto en Asia como entre los hebreos mismos, la aparición de un caso de lepra iba de inmediato seguida del decreto de separación y expulsión del enfermo fuera de los límites del poblado, campamento o ciudad.

En Oriente se sometieron a tratamiento con diversos productos, desde el mercurio al aceite de Chaulmoogra (China, India).

La separación de los leprosos de la gente sana era utilizada como medio de profilaxis o para que la impureza del afectado (castigado por los dioses) no llegara a los sanos.

Las personas sospechosas de padecer lepra eran denunciadas a las autoridades de la ciudad, que a través de un jurado, a veces municipal en la ciudad medieval. o los mismos sacerdotes en tiempos bíblicos, tenían que diagnosticar la condición, la veracidad de la denuncia y actuar en consecuencia.

El jurado fue eclesiástico en muchas regiones de Europa, en otros lugares se pedía el diagnóstico de un médico que debía de expedir un certificado al presunto enfermo.

En el occidente cristiano, se establecen los hospitales de leprosos que son simplemente depósitos de enfermos. En Inglaterra, en los siglos XIII y XIV había 200 hospitales de leprosos como se dijo entre los cuales fueron los más famosos Hanbledown cerca de Canterbury y Sherburn cerca de Durham, que albergaban a 100 y 65 leprosos respectivamente (RICHARDS, 1977).

La Iglesia se hace cargo de estos hospitales en los primeros tiempos. La mayoría de estos hospitales de leprosos tienen una capilla administrada por un cura y la capacidad de estos centros de aislamiento suele ser para 10 leprosos.

Se cree que en los siglos XIII y XIV, vivían hospitalizados no más de 2.000 leprosos para una población de 3.000.000 de habitantes en Inglaterra y en este país ya había tenido lugar la disminución de la lepra antes de la aparición de la «Muerte Negra».

La extensión de los hospitales al comienzo de la Edad Media, nos está indicando que la enfermedad existía por todas partes. Muchos de estos hospitales no pasan de ser una capilla fundada por un alma piadosa, capilla adscrita a una vivienda dispuesta para albergar a 10 ó 12 leprosos pobres, siendo administrada por un capellán que tenía a su cargo decir misas y rezar a perpetuidad por el alma del fundador.

Algo así como un seguro para alcanzar el cielo y que después de la muerte hubiese quienes pidieran por el alma de quien creó tal obra piadosa.

El dinero ganado en la tierra era así bien invertido para lograr la paz eterna.

Era común por aquel entonces que se añadiesen algunas cláusulas a los testamentos en las que se especifica que se dejaban cantidades «por la salvación de mi alma» y a veces «por la de mi alma y la de aquellos que me han precedido o que me sucederán».

A veces se acuerdan del rey los señores agradecidos y dedican una parte «para la salvación del rey y por su alma después de su muerte».

Así cree RICHARDS que los hospitales medievales «fueron esencialmente la expresión de la caridad engendrada por el deseo de alcanzar el cielo y no por el espíritu da defensa de la salud pública».

Los leprosos tenían que rezar por el alma del fundador. Era la condición por la que eran admitidos en aquellas instituciones.

En el siglo XV se siguieron multiplicando las leproserías en algunos países, pero su dirección pasó de las manos eclesiásticas a las manos de los civiles, los llamados «alcaldes de la lepra» (GARRISON, o.c. ).

MAJOR da la cifra de 19.000 leprosos en los países cristianos durante el siglo XIII. San Francisco de Asís y Santa Isabel de Hungría fueron los dos grandes defensores de los leprosos.

Nunca tuvieron temor a curarles con sus propias manos. Santa Isabel sería adoptada como patrona de los leprosos.

También la historia de los caballeros de la Orden de San Lázaro está muy estrechamente unida a la historia de la lepra.

Fundada en Jerusalem por los Cruzados en 1120 con el objeto de atender a los peregrinos y cuidar a los leprosos, el gran maestre de la Orden era un leproso.

A su marcha de Jerusalem, pasaron a Francia, donde obtuvieron tierras cerca de Orleans, otorgadas por el rey Luis VII. Continuaron en Francia su labor de asistencia a los leprosos. Durante la revolución francesa casi desaparecieron para hacerlo definitivamente bajo el reinado de Luis Felipe.

Las denuncias de los casos de lepra por parte de vecinos con el objeto de que fueran inmediatamente aislados los enfermos, se prestó a verdaderos abusos y fraudes.

BOURGES (1968) anota el hecho de que “herederos impacientes lanzaban el sambenito de leproso sobre el familiar al que se quería excluir de la sociedad para heredarle más rápidamente”.

La razón de esto es que el leproso, señalado oficialmente como tal era convertido en un muerto en vida. Hubo papas que los excomulgaron, otros les negaron los sacramentos. Algunos les permitieron que asistieran a los oficios, pero escondidos tras una celosía para que nadie pudiese verlos. Por eso, cuando alguna persona era reconocido como leproso era como sentenciarlo a muerte.

Surgen los rituales especiales para los leprosos, que tienen como base el enterramiento simbólico del enfermo (Ritual de Reims, Ritual de Saint Brieue de 1603, el de Rennes de 1541, el de San Julián, etc.).

Después que un jurado decidía la existencia de lesiones leprosas, el cura de la parroquia se hacía cargo del enfermo. La Iglesia debía asegurar la ejecución de la sentencia de separación. El enfermo tenía el derecho de recurrir de la decisión del tribunal. Algunos lograban obtener un certificado médico de no padecer lepra.

Los expertos de la época disponían de una serie de pruebas para asegurarse de que se trataba de lepra verdaderamente. Una de ellas consistía en extraer sangre del enfermo que pasaban a través de un tamiz o tela. En caso de lepra, quedaban sobre la tela después de filtrada la sangre, una serie de corpúsculos blancos y brillantes como granos de mijo.

Otra prueba consistía en extraer sangre al enfermo que se mezclaba con unas gotas de aceite. Si transcurrida una hora la sangre presentaba un aspecto «cocido», el enfermo era declarado leproso.

Otras pruebas como la de frotar sangre del supuesto enfermo sobre la palma de la mano para ver si daba la impresión de estar seca, en cuyo caso era positiva la prueba, fue uno de los métodos preferidos por médicos del siglo XIII y XIV como ARNAU DE VILLANOVA y GUY DE CHAULIAC.

Otra prueba famosa fue la de la piedra de mármol. Consistía en colocar acostado al supuesto enfermo sobre una gran losa de mármol. El frío de ésta acentuaba por vasoconstricción o cianosis las manchas leprosas o aumentaba la anestesia cutánea de las zonas afectadas.

La frase «pasar por la piedra» ha quedado desde entonces en el vocabulario popular, muchas veces sin saber de dónde procede.

Una vez que el jurado determinaba que un caso era lepra, pasaba a la jurisdicción eclesiástica. El cura del lugar anunciaba desde el púlpito el día de la ceremonia.

Según los rituales establecidos que diferían en poco unos de otros, el cura iba a buscar al leproso quien esperaba en su casa previamente advertido. Revestido el cura y precedido de cruz alzada, le dirigía unas palabras de consuelo para confortarle, diciéndole que su enfermedad del cuerpo le serviría para obtener la salvación del alma y alcanzar la vida eterna.

Luego, aspersión con agua bendita y acto seguido era conducido a la iglesia, precedido siempre por la cruz y el cura que iba cantando el «Libera me Domine». En la iglesia se había preparado delante del altar el paño mortuorio entre dos hachones. El leproso se arrodillaba y oía misa devotamente. Terminada ésta, se le rociaba de nuevo con agua bendita y precedido por la cruz, era conducido al lugar previsto donde debía de vivir en adelante. Antes se le decía: «Muere para el mundo, pero resucita para Dios».

A1 despedirse el cura, le leía las prohibiciones que debía de observar de allí en adelante como no entrar en la iglesia, mercados, molinos, ferias o reuniones, ni lavarse las manos en fuentes o riachuelos. Sólo podía beber agua en su propio vaso o en un barril propio. Debía llevar constantemente el hábito de leproso y no marchar con los pies descalzos.

No podía tocar los objetos, sino señalarlos con la punta de un bastón que debía llevar siempre consigo. No podía entrar ni en las tabernas ni en las casas. Si compraba alguna cosa, no podía tomarla con la mano sino que tenían que ponérsela en su barrilete que llevaría siempre colgado al cuello.

Debía llevar una esquila o una carraca para anunciar su paso, su presencia. No podía caminar por los caminos o senderos, sino fuera de ellos, para no encontrarse cara a cara con nadie. No podía tocar las pertenencias de la gente sana sin guantes.

No podía tocar jamás a los niños ni a los jóvenes ni darles nada que le perteneciese, ni comer ni hablar con nadie que no fuesen leprosos como él.

No podía al morir ser enterrado con los demás en cementerio común, sino junto a la leprosería. Debía de cubrirse la cabeza con un capuchón.

Tenía que vivir separado de la comunidad, bien en un hospital de leprosos si existía o bien en una casa aislada, en la que tuviese su propio pozo, su mesa, su silla, su cama y los utensilios que le fueran necesarios.

En caso de muerte, el cura debía atender al leproso, sin repugnancia de tocarle o acercarse a él “ya que esto es útil para la salvación de su alma” (la del cura). Se hacia especial hincapié en esto. Se prohibía a todo el mundo injuriar de palabra o de hecho al leproso. Los familiares eran exhortados a hacerle compañía por lo menos por 32 horas para que el cambio de vida y la soledad no le afectasen tanto.

Los hijos de los leprosos no podían ser bautizados en la misma pila común sino aparte.

El rito de pasar al leproso por el paño mortuorio (rito de paso de van Gennep) tenía el mismo sentido que para los religiosos de hoy día.

La misma advertencia se hace a los que profesan en una orden religiosa en nuestros días. Como una consagración religiosa se dice: «Muerto para el mundo, resucitado en Dios».

Si el leproso entraba en una leprosería era costumbre que llevase una cantidad de dinero consigo que debía de entregar para organizar una fiesta como celebración de su llegada.

El equipo del leproso constaba de: Lazarea, vestís o leprosería, vestís humilitatis, toga, stragula, que todos estos nombres se han dado al hábito pardo o grisáceo según el lugar, región o país.

Tunica el clamis, o vestido gris, Capucim camelini o capucha, de tejido hecho de pelo de cabra, mezclado con seda y lana, debidamente mezclado y teñido. Solutares, que eran unos zapatos adecuados, Chirotecae, los guantes.

Modiolus, una especie de barrilete colgado del cuello o en bandolera para depositar en él objetos o alimentos que le dieran.

Carraca o esquila o chanutella, para avisar de su presencia.

Sobre la esclavina debía llevar además una pieza de tela roja, que era una marca para identificarle, lo que parece querer decir en cierto modo que su uniforme no era muy distinto al que podían llevar los caminantes de aquellos tiempos o los propios frailes.

Unos llevaban la señal azul, otros roja, según la región. Otros la pata de ánade, como es el caso de Francia, donde esto fue signo de infamia durante mucho tiempo.

En ciertas épocas los leprosos andaban mendigando, en otras se les prohibió salir de las leproserías cuando éstas existían.

A veces sólo dos tenían permiso para ir a la ciudad a pedir. En ocasiones el permiso era para pedir en la puerta de la leprosería pero con absoluta prohibición de entrar en la ciudad.

Unas veces vivieron de la caridad pública, otras de la dotación que almas caritativas dejaban para atención de la leprosería. La mayor parte de las veces los leprosos allí alojados no estaban en disposición de trabajar.

Hubo entonces personas que por caridad unas veces, otras a sueldo, trabajaban para ellos, e incluso convivían en las leproserías. A veces fueron particulares, a veces órdenes religiosas, órdenes menores o voluntarios.

En algunas circunstancias se prohibía expresamente a los leprosos tener tierras propias que cultivar. En otros casos, por el contrario se les permitió disponer de sus propias tierras que en ocasiones hacían producir lo suficiente para abastecerles y aún sobrarles.

Había ciertos oficios que les estaban reservados permitiéndoles desempeñarlos como los llamados infamantes, tales el de sepultureros, el de recoger animales muertos, hacer cordeles para fabricar sogas que se usaban para los condenados a muerte o para las campanas de las iglesias, fabricaban campanas para las iglesias o cortaban la madera con la que se hacían los cadalsos.

La lepra fue en algunas épocas causa de disolución del matrimonio. Sin embargo San Gregorio consideró que esto iba contra los principios cristianos, y mientras el Concilio de Compiégne en 756 autorizó la disolución matrimonial, el Papa Alejandro III permitió incluso que los leprosos pudiesen casarse con una mujer sana si ésta le aceptaba, en cuyo caso el matrimonio era indisoluble.

Lo cierto es que la Iglesia nunca se opuso al matrimonio entre leprosos. En el Concilio de Letrán se dispuso que todo leproso podía libremente contraer matrimonio.

En cambio en algunas leproserías aun cuando marido y mujer fuesen leprosos, tenían que vivir separados y les estaba prohibido hacer vida en común. Sólo podían comer juntos los domingos.

Las mujeres no podían entrar en dormitorio de los hombres.

A partir del siglo XVII ya incluso la Iglesia permitió el bautismo de los hijos de leprosos en la pila común y enterrar a los leprosos en los cementerios comunes. Pero para llegar a esto hubo que vencer no pocas resistencias y costumbres establecidas por parte de la población.

En Bretaña, refiere TREVIEN que a pesar de que la Iglesia aceptó enterrar a los leprosos en el cementerio común, el pueblo no quería y en algún lugar como Pluvigner, fue llevado el cadáver de un leproso hasta la puerta de la iglesia según estaba estipulado.

Allí les esperaban los vecinos con piedras que lanzaron sobre el cortejo, que como pudo se refugió en la iglesia. El cura párroco fue alcanzado por una piedra. Tuvo que huir el cortejo de leprosos abandonando el ataúd que los rabiosos vecinos cargaron, tirándolo al camino de la leprosería. El féretro se abrió y el cadáver rodó por el suelo. Tuvieron que enterrarlo en la leprosería.

Pocos días después, calmados los ánimos hubo otro leproso muerto. El cura creyó que podía enterrarse. Así se hizo sin aparente peligro de ser apedreados, pero no contaban con los más rebeldes del pueblo. Un grupo de vecinos se presentó en el cementerio, desenterraron el cadáver y lo arrojaron al camino de la leprosería.

Los prejuicios estaban demasiado enraizados en el pueblo y no era fácil hacerles cambiar de parecer. A1 cabo del tiempo las cosas cambiaron y la gente llegó a ser convencida de que no había peligro para nadie.

El temor a la lepra fue tan grande en muchas épocas de la historia que una cláusula testamentaria corriente era: “que quienes no cumplan esta voluntad sean destrozados por la lepra”.

Y en carta que dirigía a San Luis, rey de Francia, el señor de Joinville le decía que prefería tener 30 pecados mortales que ser leproso.

Sin embargo las leproserías no eran siempre lugares sórdidos como se podía pensar por la mala prensa que ha tenido la lepra. Había leproserías que eran edificios bien dotados, confortables, en los que no sólo leprosos, sino personas de gran santidad eran admitidas y pedían terminar allí su vidas dedicadas a cuidar a los leprosos, dejando todos su bienes y pertenencias para la institución.

Sin embargo, es preciso señalar que las leproserías, durante siglos han sido en verdad depósitos, lugares de retiro y aislamiento y no centros clínicos hasta el siglo XVI en que aparecen los primeros hospitales generales o especializados en enfermedades venéreas, de la piel y lepra.

La circunstancia de que ciertos hospitales de leprosos que tenían sus reglas estrictas, llegasen a expulsar de su seno a pacientes que no las cumplían, parece demostrar que la razón de ser de algunos de estos centros, no fue la de prevenir la extensión de la infección como ya apuntamos, sino lugar de retiro más bien religioso.

Buena prueba es que se les exigía hacer votos como a los clérigos o frailes, tal el de obediencia por ejemplo. Se trataba pues, de verdaderas comunidades religiosas (RICHARDS, 1977).

Este autor al mencionar el hospital de Sheburn en Inglaterra, cuenta que el leproso tenía que rezar 16 paternosters a laudes o maitines, 14 a prima, 14 a nonas, 18 a vísperas y 14 a completas, más 25 por sus propios pecados y otros tantos por las almas de los obispos de Durham, en total 161 paternosters diarios.

Esto no era todo ya que a la muerte de un hermano de la comunidad, se tenían que rezar cada uno 300 paternosters a su memoria durante los siguientes 30 días. La cosa se complicaba cuando morían tres o cuatro leprosos, pues no daba tiempo a rezar los 1.200 paternosters extra.

En Dover eran aún más exigentes. Había la obligación de rezar 200 paternosters y avemarías diarios y otros tantos por la noche.

Y si alguno, sin causa justificada, olvidaba sus devociones era castigado teniendo que hacer pública confesión de su falta y como si fuera un niño de escuela cogido en falta de ortografía, rezar el doble de paternosters.

En el siglo XVI los hospitales de leprosos van pasando paulatinamente de la administración eclesiástica a la civil.

En España coincide el fin de siglo con la creación de hospitales generales, con la fusión de los pequeños hospitales que vivían una existencia lánguida o difícil a pesar de albergar sólo 10 ó 12 enfermos.

En Madrid, específicamente, el hospital de San Lázaro existente desde tiempos remotos en las afueras de Madrid, fuera de la muralla, al final de la cuesta de la Vega, pasará a integrarse en el de Antón Martín donde se atenderán desde entonces las enfermedades venéreas, de la piel y la lepra.

Esta es la época en que la lepra se va haciendo rara en Europa y los hospitales de leprosos van quedando vacíos. Se creyó por un tiempo que a medida que iba aumentando la tuberculosis iba disminuyendo la lepra.

Lo cierto es que la disminución hasta casi desaparecer, de la lepra, se hace patente en Inglaterra, donde en el citado hospital de Sheburn de 65 leprosos que había en 1434, baja a fines del siglo XV a 2 y a mediados del siglo XVI no quedaba ya ningún leproso, por lo que se dio albergue a pobres no leprosos.

En algunos hospitales que fueron para leprosos se llegó a olvidar el motivo por el que fueron fundados.

En Dinamarca se hizo tan rara la lepra que los hospitales de leprosos fueron destinados a albergar enfermos comunes y alguno para hospital psiquiátrico. En el norte de Europa desapareció de Suecia la lepra casi por completo quedando confinada en algunas regiones de Noruega.

De los 106 casos que había en Suecia en 1855, sólo quedaban 3 en 1955. Sin embargo revisando la literatura de la época se puede apreciar que hay un brote con aumento de los casos en el primer tercio del siglo XIX en algunas regiones de Europa.

Será en el siglo XIX, cuando VIRCHOW en 1865 señala que la lepra nodular puede identificarse por medio del hallazgo de los llamados nódulos leprosos en las biopsias y en ellas unas células específicas, las que luego se llamaron «células de VIRCHOW», epitelioides, de gran talla, con inclusiones citoplásmicas cargadas de un contenido con aspecto espumoso.

En 1874, Armauer HANSEN describe el Mycobacterium leprae como el agente responsable de la lepra verdadera. Seis años más tarde, el mismo HANSEN describirá la ácido-resistencia del bacilo.

La etapa posterior se caracteriza por el estudio y separación de las distintas clases de lepra: lepromatosa, tuberculoide, bordeline o dimorfa, anestésica.

Se descubre la lepromino-reacción con el antígeno de MITSUDA-HAYSAHI.

El Congreso de Río de Janeiro, de 1963, acepta la clasificación internacional adoptada en Madrid en el Congreso anterior, aunque algunos investigadores quieren incluir en ella las formas tuberculoide, máculo-anestésica y polineurítica.

TERAPÉUTICA DÉ LA LEPRA. OJEADA HISTÓRICA

Desde las antiguas prácticas y medidas de higiene y profilaxis por el aislamiento, el incendio de las casas donde hubiese habitado un leproso, hasta nuestros días, muchos y variados han sido los ensayos para tratar y curar la lepra.

En la antigua China se usó la acupuntura, así como diversas substancias minerales entre ellas el arsénico, para curar la lepra. En el siglo XIX se creyó que el caldo de culebra, en especial la majá o boa de Cuba era excelente remedio para la lepra, así como el caldo de tortuga.

En la India fue utilizado con éxito desde tiempos remotos el aceite de Chaulmoogra, que ya al parecer conoció Rama con el nombre de kalow, y con el cual según el Ramayana de Valmiki se curó a sí mismo la lepra contraída que le obligó a apartarse de los humanos y vivir por en medio de los bosques.

Éste kalow de Rama ha sido identificado con una planta de la familia de las Flacurtiáceas, el Taraktogenes kurzii. En Birmania se usaron los extractos de Hydrocarpus wightiana. Ambas plantas producen aceite de Chaulmoogra.

Parece extraño que a Europa llegasen las especies y no llegase sin embargo de Oriente el aceite de Chaulmoogra que se conocía desde tan remota antigüedad. Sólo en el siglo XIX y gracias a la observación hecha por el inglés MOUAT en 1854 otros dicen que ROXBURG en 1814 ya lo había observado, quien comprobó el efecto curativo de este tratamiento que los hindúes conocían nada menos que hacía 2.000 años.

Entonces se comenzó a usar en Europa. De allí en adelante comenzarán los múltiples ensayos con productos sintéticos, desde en Antileprol Bayer (1908) hasta las sulfonas, DDS, diaminodifenil-sulfona.

Unos debido a su toxicidad se abandonaron, siendo substituídos por nuevos productos y por nuevos ensayos. Derivados como las glucosulfonas sódicas (Promín y Promamide).

Aparecen los antileprosos no sulfónicos, miles de productos, lo que quiere decir que ninguno es el desideratum (Promina, Diasona, Diamidín, Sulfetrona, Soíapsona, Cinedrona, Recotrona, 1.087 MN, Ciloprina). Productos emparentados con el DDS como el DDSO sintetizado en 1937, es usado en Vietnam en forma masiva en 1953; los derivados de la Tiourea, las tiocarbamidas (Ciba-15.095-E, DPT, Summit-1906, el Thiccarbanilo), las sulfamidas retardadas (Madribón, Fanasil, L-B-014 o Velficina), los etilmercaptenos (E.T., ETIP), el Promizol, el Macrociclón…A pesar de todo, aún parece que hay en nuestros días 15.000.000 de leprosos, que esperan de nosotros la curación.

Quizás la esperanza en esta enfermedad está en la vacunación que se está viendo que al parecer es posible y algún día quizás permita decir como se ha dicho de la viruela recientemente por los organismos internacionales: «Enfermedad desaparecida. Sólo para historiadores de la Medicina».

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