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La Historia del Museo Universitario de Antropología Forense, Paleopatología y Criminalística de la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid comienza con la creación en el año 1980 del Laboratorio de Antropología Forense en la Escuela de Medicina Legal de la Facultad de Medicina.

Con medios muy modestos, hicimos el primer Laboratorio dedicado exclusivamente a la Antropología Forense en España, con la aprobación entusiasta del entonces Decano de la Facultad de Medicina, Dr. Vicente Moya Pueyo y todo el personal docente de la Cátedra de Medicina Legal, que poco después me elegían como Director del Departamento de Medicina Legal, Toxicología y Legislación Sanitaria, cargo que desempeñé hasta mi jubilación.

Pronto comenzaron a llegar desde diversos Juzgados de Madrid y numerosos puntos de toda España restos humanos óseos, cadavéricos, de casos criminales para su estudio desde el punto de vista de la Antropología Forense lo que resultó ser fundamental para su identificación.

Pronto se pudo ver el valor de este tipo de investigaciones, al conseguir en complicados casos la identificación de las víctimas a través de los restos óseos, primer paso para llevar a cabo una eficaz investigación policial.

Algunas de las piezas más demostrativas con lesiones causantes de la muerte violenta fueron dejadas en depósito a disposición del Juzgado remitente. Al cabo de los dos primeros años había conseguido archivar un buen número de evidencias, objetos y efectos judiciales, cráneos y aún esqueletos completos.

La extensión de los estudios antropológico-forenses al campo de la Paleopatología aumentó notablemente el archivo de piezas patológicas, lesiones sobre todo medievales y las no menos interesantes procedentes de incineraciones del primer milenio a.C. de diversas poblaciones de la Península Ibérica. Remitido por Arqueólogos y Prehistoriadores llegaba un abundante material, al que se sumó el procedente de diversos osarios de los s. IX al XVI.

Todo aquel material era de un valor histórico y didáctico de primer orden. Se hacía ya imprescindible mostrarlo no sólo a los alumnos de nuestros cursos sino a todo aquel que tuviera interés en el conocimiento de la Patología del pasado y a todos aquellos procedentes de otras disciplinas afines a la Medicina Legal como Jueces, Abogados penalistas, Criminólogos, Policía Judicial, etcétera.

Y la mejor forma de mostrar aquella que ya comenzaba a ser valiosa colección, era la creación de un Museo. Existía un precedente parecido, la Colección judicial de la Escuela de Medicina Legal de la Facultad de Medicina de San Carlos, donde yo estudié. Dirigía por entonces la Escuela y la Cátedra uno de mis mejores y siempre recordados maestros, el Prof. D. Antonio Piga. Por aquel entonces ya había numerosas piezas valiosas almacenadas en la Facultad de Medicina de San Carlos.

¿Dónde han ido a parar todas aquellas colecciones, tanto de huesos, como de armas homicidas de los casos históricos de principios de siglo? Es un misterio. Recuerdo que había en aquella colección varios esqueletos articulados. También han desaparecido en los traslados que sufrió la Escuela de San Carlos a la Ciudad Universitaria. Sólo sé que a mi regreso de América, después de 18 años de ausencia, tan sólo había algunos huesos desperdigados en los estabularios del Pabellón núm. 7 de la Facultad y unas momias putrefactas plagadas de voraces insectos, arácnidos y hongos que habían acabado con la mayor parte de los órganos internos y el resto de las partes blandas. La restauración de alguna de estas momias me llevó más de un año de trabajo.

Había que comenzar desde cero. El espacio se consiguió utilizando mi despacho y una sala adjunta y más tarde con otros espacios adyacentes. Las primeras vitrinas fueron obtenidas gracias a pequeños presupuestos que me fueron consiguiendo el Rector Gustavo Villapalos, el Decano Vicente Moya y el Consejo Económico y Social de la Universidad. La Colección de cráneos medievales y el Archivo Judicial pudieron ser debidamente acomodados. Las colecciones fueron sensiblemente creciendo hasta hacer necesaria una ampliación del Museo, cosa que logramos gracias a espacios que por medio de la obra civil correspondiente fueron preparados adecuadamente con instalaciones eléctricas y otros medios auxiliares.

Dos empresas privadas acudieron en nuestra ayuda en forma desinteresada y fueron construídas una serie de modernas vitrinas, dotadas con iluminación y plataformas con movimiento giratorio para la mejor presentación de determinadas piezas.

Lo que comenzó siendo un simple despacho dotado de vitrinas, se ha convertido en estos años en un Museo con cinco salas en las que el aprovechamiento del espacio ha llegado ya al máximo. Estamos haciendo las diligencias para transformar otro espacio que queda, en la sexta sala con lo que ganaríamos unos 72-74 metros cuadrados. Así las primeras vitrinas se convirtieron en 21, luego en 33 y más tarde en 46.

El Museo adquiere caracter oficial por Decreto Universitario de 11 de julio de 1994, siendo nombrado Director Honorario el que suscribe.

Dr. J.M. Reverte Coma